El Inferno del aburrimiento: El traspiés de Dan Brown

Por Aglaia Berlutti el 06/10/2016

Lo admito sin vergüenza alguna: he leído todos los libros de Dan Brown. Más de una vez y me he divertido bastante con la mayoría de ellos. Y es que con el escritor estadounidense, las cosas están claras: desea entretener con sus novelas. Lo hace, por supuesto, utilizando esa capacidad suya para intrigar con misterios superfluos, tramas previsibles y muchas descripciones inútiles. Pero lo hace al fin y al cabo y en un mundo literario cada vez más ligero y adicto al best sellers, eso pareció ser suficiente. Por un tiempo al menos.

 
 

Y es que Brown es uno de esos escritores que producen emociones encontradas dentro del mundo lector: o lo amas o lo odias. Tal vez se deba a esa predilección suya de tocar temas aparentemente controvertidos en cada uno de sus libros o el simple hecho, que el debate que provocan sean tan inevitables como superfluos. Cual sea el caso, Brown vende y probablemente ese sea el motivo en que se haya convertido en un escritor que busca el éxito con una formula conocida. Brown ya sabe lo que le funciona y lo aplica con todo desparpajo. Ahora, el problema surge cuando la formula comienza a gastarse sin que el escritor parezca notarlo, que es probablemente uno de los problemas que hace de “Inferno” una novela que comete el peor de los errores para un best sellers: aburrir.

Por supuesto que, para la crítica especializada, el asunto siempre estuvo claro: Dan Brown es un escritor de historias sin otro valor que el de encantar a su fiel grupo de lectores. Y lo hace, desde luego: Si te gustó el Código Da Vinci – o al menos, no te molestó – Inferno probablemente te agradará por las mismas razones: Un drama con tintes históricos, protagonizado por héroe preferido de Brown, el profesor universitario Robert Langdon, que de nuevo se encontrará, sin saber como en medio de un misterio de proporciones épicas. Todo funciona muy bien, hasta que Brown intenta aumentar la dosis de sus ingredientes más habituales – la descripción de extraordinarios lugares históricos e ingeniosos enigmas – y termina convirtiendo la historia en algo tan pesado que abruma al lector. Y es que en “Inferno” las aventuras del profesor Langdon, quizás el personaje menos carismático de la historia literaria reciente, quedan aplastadas ante la necesidad de Brown de darle una improbable profundidad a una historia hueca, simplona y quizás la más antigua de todas: Un cientifico loco que amenaza al mundo con la ciencia.

De hecho, Inferno desconcierta por la cantidad de referencias históricas inútiles que Brown intercala, ralentizando y entorpeciendo una historia de por sí, inverosímil y torpe. Porque si en “Ángeles y Demonios” y “el Código Da Vinci”, la trama avanzaba con agilidad, “Inferno” padece de una lamentable pesadez, una atención desmesurada a detalles que solo logra diluir la atención del lector, que intenta desesperadamente encontrar sentido a lo que el autor cuenta, a veces sin lograrlo. Incluso el personaje de Robert Langdon parece agotar sus escasos recursos y confundirse en medio de los espléndidos escenarios de la Florencia de Dante Alighieri, que recorremos con prisa o una Venecia descrita con la misma pluma ligera que podría hacerlo un folleto turistico.

Pero debo admitir, que la novela incluso con todas sus tremendas fallas no termina de sucumbir a ellas: de alguna manera Brown logra de nuevo jugar con sus acostumbrados misterios y media afirmaciones y juega “con el tiempo, el sexo, la identidad, atracciones turísticas famosas y medicina futurista”, como afirmó la critica del New York Times Janet Maslin.

“Para gran alivio de cualquiera que disfrute con él, el señor Brown da cuerda con una serie de pistas sobre Dante (esto es el “Infierno”, después de todo), pero también jugando , escribió.

No obstante, el esfuerzo del escritor en el tramo final de la novela no es suficiente para recuperar el tiempo perdido: tal vez se deba al pobre manejo de las escenas, los personajes planos, sobre todo la nueva compañera de aventuras del Profesor Langdon, una niña prodigio venida a menos con aspecto de actriz hollywoodense, o la improbable participación de una organización de dudosas intenciones – otra más – en medio de una historia que se tambalea, pero la formula Brown no funciona esta vez. En algún momento la historia decae, se desploma y la trepidante acción del cierre no llegan a interesar de nuevo al esforzado lector, que sorteando el aburrimiento de las páginas anteriores, logró llegar al final de la narración.

De manera que, Brown comete el único pecado que no puede permitirse un escritor nacido de la simplicidad del best sellers más comercial: intentar brindar una cierta profundidad a su historia. Tal vez , el crítico del Financial Times AN Wilson, resuma mejor que nadie la opinión general sobre la nueva novela de Dan Brown: “historia sin sentido” cargada de “galimatías científicos” y que señala la repetitiva dependencia de Brown respecto a la fama de cada sitio histórico que Langdon cruza. Una tonteria bonita”.

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