El estudiante de Física y Matemáticas que venció el hambre robando

Por Uriel Ariza-Urbina el 14/01/2016

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A las 5 y 30 de la tarde *Luis entra por la puerta principal al almacén Éxito de la calle 170 con autopista, en Bogotá. Es la hora pico, un lapso donde todo va más aprisa y pone a prueba la resistencia y tolerancia de millones de habitantes a los problemas cotidianos del tráfico y la inseguridad de la ciudad.

Cientos de miles terminan sus labores y salen apurados rumbo a sus hogares. Luis parece uno de ellos, pero no lo es, aunque usa la vestimenta más común de los oficinistas: saco y pantalón azul turquí, camisa azul celeste, zapatos negros, corbata y rastros de un perfume de marca. Su figura se repite por todas partes a esta hora y bien temprano por las mañanas, como si fuera el horario de una promoción comercial o el paseo de los músicos de una orquesta sinfónica.

“Para llamar la atención uno se pone ropa escandalosa y se las da de sobrado, pero si desea pasar desapercibido debe parecerse a todo el mundo y actuar como todo el mundo”, dice este joven paisa de veintinueve años que salió huyendo del viejo Caldas en 2004, tras un conflicto entre pandillas que le costó la vida a su hermano menor. Llegó a Bogotá con cuarenta mil pesos, trabajó aquí y allá de manera honrada y entonces quiso estudiar… Hoy sobrevive a sus estudios de física y matemáticas en una universidad pública robando alimentos en los grandes supermercados.

No le molesta que use la palabra robar en su historia, porque es así como quiere recordarse con honestidad, como una persona marcada por la pobreza al igual que millones de colombianos que deben recurrir a los malabares y los milagros para hacerse un lugar en la vida. En su caso quiere concluir su carrera universitaria de casi ocho años, casarse, echar raíces en un hogar digno, y escribir ensayos sobre las complejas ecuaciones de los agujeros negros y el mundo invisible de las partículas subatómicas.

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Toma su canasto amarillo y camina entre la gente hacia el fondo. En el trayecto se va aflojando la corbata. Es clave. “Así das la sensación de venir del trabajo”, explica. Se para en el último corredor y mira como si buscara algún producto. Está divisando a los vigilantes, los que son evidentes y los que andan camuflados como personas comunes. “Primero detecto a los supervisores, porque si no los veo me siento vulnerable y no puedo hacer nada”.

Esta vez se cerciora de que no estén. Es la hora de cambio de turno y tiene un margen de quince a veinte minutos para maniobrar con más soltura. Su método es arriesgado: va tras los vigilantes y se mete las cosas junto a ellos. Pero hoy lo sigue alguien, aunque no le preocupa. El periodista que desea registrar su aventura. Ha prometido que será su última vez y quiere documentarlo antes de graduarse. “Por fin dejaré estas mañas”, dice sin remordimiento moral, pero con el suspiro resignado de la dicha perdida.

Saca un papelito de su saco. Es la lista de los productos que necesita. Lo hace con la inocencia deliberada de un soltero que todavía no se acostumbra a comprar cosas para la vida diaria. Su actitud transmite confianza y una señora aprueba con amabilidad la actitud de un joven que va por el buen camino. Una persona así provoca una reconfortante euforia emocional en una ciudad asolada por el miedo y la desconfianza ante la avalancha diaria de noticias de atracos, robos y asesinatos a manos de toda clase de personas, incluso las bien vestidas, como Luis.

Es huérfano desde niño y le tocó salir adelante a punta de esfuerzo, constancia y disciplina. Fue portero de edificio, recicló basuras, lavó carros y dice que se descarrió un par de veces como ‘gigoló’ en despedidas de solteras. Brillaba el auto de dos mujeres maduras y “una de ellas me dijo que si le podía lavar otro auto en su casa…”. Le pagaron bien y se divirtió, y con frecuencia lo llamaban para más servicios, pero el exceso lo desviaba de su propósito en la vida y decidió alejarse, aunque reconoce que “la tentación era tenaz”.

Ahorró varios años privándose de todo lo que no fuera útil para la vida. Así costeó su carrera, mientras era portero de noche y seguía reciclando basura. Para las cosas del estómago robó en los supermercados. Advierte que solo lo hizo en los supermercados, al creer que no lo hacía a una persona en particular. “Un supermercado no tiene rostro ni alma”, dice con sentido común. Se vistió con ropa usada de marca de las compraventas de la avenida Caracas con calle 51. “¡Como lo ven lo tratan, parce!”. El traje que lleva hoy es un discreto Arturo Calle modificado en su interior y que no ha lavado desde que lo compró por veinte mil pesos hace tres años, aunque dice estar impecable gracias a su constante cepillado.

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Luis traza un mapa mental antes de cada golpe y jamás se sale del libreto: las rutas, las cosas que cogerá -en su momento y su lugar-, y el tiempo justo para salir. Conoce al dedillo todos los grandes almacenes de cadena de la ciudad, pese a que tiene sus favoritos. El escenario de su último acto es su predilecto. Dice tener buenos puntos ciegos y se siente como en casa. Descarta los almacenes con malas energías que le quitan el ímpetu necesario para su labor.

Va a la sección de champús, lociones, cremas, vitaminas y hojas de afeitar. Toma los potes y los lee con aparente ignorancia, pero los conoce mejor que el fabricante. Solo está revisando que la tira metálica de seguridad esté en su lugar y no haya otra escondida. Una vez creyó haberla quitado y le pitó al salir. “Maldita sea, me agarraron”, se dijo. “Es muy feo, uno quiere que se lo trague la tierra”. Sin embargo, su gesto siempre relajado y la astucia de recordarle al vigilante que llevaba cosas de droguería, que a veces suenan por error, le salvó.

Al doblar la esquina sacó el frasquito y descubrió la tira de seguridad pegada al interior de la tapa. Desde entonces es precavido y estudia bien cada artículo. Para asegurarse aún más forraba sus bolsillos con papel de aluminio, y funcionó, aunque no le gusta. Echa varios productos en el canasto encima de una bolsa grande de papas fritas que usa como relleno para tener todo al alcance de la mano. Pasa a la sección de alimentos y enlatados. Toma mejillones, pulpos, atún en escabeche, caviar, jamón serrano, chocolates Hershey´s, arándanos y bolsas de pistachos desinfladas…, todo importado y costoso, pero dice que no es su intención.

“Lo que pasa es que lo más caro resulta ser lo más fácil de tumbar, y encima resulta nutritivo, ¡ehh, avemaría!, qué más puedo pedir compadre; aunque no todo me gusta pues”. El caviar le da asco. Cuenta que cierto día se lo dio a un perro callejero y salió despavorido a restregarse el hocico contra el césped. Probó con más perros y sucedió lo mismo. En cambio los gatos enloquecen con su fuerte olor y siempre les lleva a los de su vecindario estas caras y apetecidas huevas de esturión de los mares rusos.

Sigue su ruta por los pasillos como un comprador usual, con bajo perfil y simulando torpeza, para que todo siga su curso normal. Solo tiene media hora, el tiempo prudente para que una persona haga un mercado. Más allá se vuelve sospechoso, según él. Sigue caminando, se cuelga el canasto del brazo y con la otra mano va desbaratando con destreza empaques y arrancando la tira de seguridad de los productos mientras mira los estantes aquí y allá.

Luego deja los envoltorios vacíos en sitios claves que harán recaer las miradas en los empleados del almacén, ya que estos son los mayores ladrones de los supermercados, en opinión de los mismos establecimientos. Luis dice que tienen verdaderas mafias bien entrenadas y a diario sacan toda clase de cosas. Riega las tiras por el piso, las pega en los carritos y, en ocasiones, a la ropa de las personas con el fin de enloquecer a los vigilantes “que les encanta escuchar el pitico y atrapar a uno que otro despistado para justificar su trabajo”. En ocasiones se las adosa a quien esté delante de él en la fila de la caja, y luego la sigue para cruzar justo después que pite. “Así paso relajado, y cualquier sospecha queda descartada”, explica.

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De hecho, está confesando a un extraño lo que no debería confesar, porque en una ocasión fortuita fue visto infraganti por el periodista cuando se embutía dentro de su camisa un par de láminas de jamón serrano y unos sostenes. Asustado, el joven se perdió. Un vigilante, que había sospechado del individuo, me preguntó con discreción si había visto el hecho. Le dije que no. Minutos más tarde, y ya fuera del establecimiento, se me acercó aquel sujeto y con amistoso desparpajo paisa me agradeció por no haberlo delatado, porque también lo vio todo. Me presentó a su novia y acepté tomar un café con ellos.

Aseguró que no me hubiera buscado de no ser porque esa vez le había salvado de un mal rato. Llevaba tantas cosas que caminaba torcido y cojeando, ya que algo le hería la carne. Sus movimientos eran extraños y lo siguieron, pero en un santiamén se deshizo del botín. Lo abordaron y lo llevaron a una oficina, ante los reclamos insultantes de Luis que amenazó a la empresa con demandarla por injuria y calumnia. Al darse cuenta que se habían equivocado, le pidieron disculpas y retiraron del cargo a quien lo delató. En adelante lo trataban con respeto y le saludaban de “doctor”.

En la cafetería se revisa los bolsillos y se da cuenta que, sin querer, se ha quedado con una máquina de afeitar y me insiste para que la reciba, no tanto por compensación sino por puro agüero. Meses después recordó haber leído en internet la historia de un perro que se monta en Transmilenio y decidió localizarme para que contara sus aventuras. Sabe que no se hará famoso ni saldrá en ningún medio importante. Lo único que quiere, a manera de catarsis, es leer la historia de cómo resistió tanto tiempo al hambre y a las penurias. Quiso hacerlo el día de su última vez. Y conoce tanto de su viejo hábito, que con ingenuo descaro piensa escribir un libro con sus interminables anécdotas que solo caben en un libro.

Se sitúa en el lado ciego de las cámaras y va metiendo cada cosa en cada rincón de su saco, pantalón y las medias, y vacía algunos frascos de pastillas en sus bolsillos. Todo lo hace con una naturalidad que desconcierta: casi siempre cerca a los vigilantes, los auxiliares del almacén y las ‘impulsadoras’ de los productos. Su ropa está rediseñada para facilitarle la osada maniobra. Su saco es holgado y con compartimientos extras. La bolsa de su ancha camisa ya va llena de lonchitas de jamón serrano, pistachos y diminutos pantis para su novia. Todo se ajusta en el hueco de su estómago que aprendió a sumir y sostener al antojo.

Por un momento le preocupó un vigilante disfrazado de cliente, pero lo descartó. “Esos manes se delatan solos, no saben disimular”, dice. En realidad iba tras el periodista que se movía de manera inusual con un canasto y un maletincito negro. Es fácil comprobar lo que dice Luis, porque son ellos quienes se comportan como no lo harían los compradores habituales. Toman cosas de los estantes al azar y con desgano, y voltean con malicia. El que veo por mi cuenta viste el usual uniforme de los vigilantes, guardaespaldas y agentes secretos: de gris y con cabeza a medio rapar. No encaja con el mar de rostros del gigantesco almacén.

Saca de nuevo el papelito para no olvidar nada. Unos golpecitos con el dedo índice en su cabeza revelan que le falta algo importante. Pero se ha pasado del tiempo. Se dirige a la caja y hace la fila como otro comprador más. Detallándolo bien podría parecer un poco más lleno de carnes que cuando entró, pero es improbable que lo noten, a menos que lo hayan seguido desde su ingreso al almacén.

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El canasto rebosa de cosas. Lo único que comprará, si acaso, es un pan tajado largo que hace un bulto digno de un mercado de media hora. “Lo poco que gano lo dejo en el arriendo de la pieza, libros, ropa y en las tiendas de barrio y los mercados de los campesinos; en el súper nunca regalo los cien pesos para la tal fundación, cuando uno sabe que es para evitarse el pago de millonarios impuestos”, dice con una sensatez que parece tocarlo, y que en su adolescencia por poco lo arrastra a la guerrilla. Se calla y mira lejos, mientras tomamos sorbos de café con su novia. El resto de cosas que reposan en el canasto están destinadas a despistar la posible identidad del ladrón. Está lleno de parafernalias desordenadas de mujer vanidosa.

A pocos metros de llegar a la caja registradora toma su celular y simula hablar con su esposa, quien al parecer le dice que no compre nada pues ella ya lo hizo. Suelta el canasto con desagrado y desaprueba a su mujer con improperios. Se hace ver a sí mismo como un tonto. Nadie comparte con él ninguna emoción, pero por los rostros apretados más de la cuenta, se puede intuir que disfrutan por dentro el desplante que tal vez les recuerda a sus propias vidas. Lo que no saben es que aquel sujeto ridiculizado ha logrado su objetivo de sacar un festín de cosas sin pagar y que lo harán sentir un sentimiento parecido a la felicidad: le aliviarán el hambre.

Se oyen los pitos de alarma en las puertas del almacén con gente confundida y el lugar se congestiona. Es un sonido desagradable para el que roba y excitante para el que se deleita con morbo ante la cara de terror y miseria del desafortunado que cae con las manos en la masa. Para Luis, aquel ruido es agradable. Mientras más suene en el momento de salir, más tranquilo estará al cruzar esa invisible “línea mortal”, cuyo fugaz trayecto parece durar una eternidad y provoca que la sangre salga disparada hacia manos y piernas, recordándole al cuerpo que hay que escapar.

Luis domina esta inevitable respuesta biológica de huida a punta de la misma costumbre que le hizo domesticar el hambre y la adversidad de una vida demasiado dura, en una ciudad en la que supo enseguida que nadie iba a detenerse en la calle para tenderle la mano en sus momentos más difíciles, como cuando se le rompió una hernia discal y debió moler en solitario su dolor de mil demonios y su invalidez, hasta que pudo pararse siete días después, casi sin probar bocado.

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“Vea hermano, quien haya pasado por lo que yo pasé, sabe que esto no es robar, que es como quitarle un pelo a un gato. ¿Sabe qué es malo parce?, robarse la plata de la salud y la educación como lo hacen los políticos”, dice molesto en medio de una amena velada con más café y en la que cuenta sus historias como un niño inocente que se divierte haciendo algo que para los demás es malo y para él no lo es.

“Y quien diga que no ha robado en un supermercado, ¡ay papá! que tire la primera piedra”, exclama señalando jocosamente al periodista con la complicidad de su novia. Ambos saben que el invento de los americanos de llenar un lugar con las cosas necesarias para la vida, solo busca despertar el instinto del cazador que todos llevamos dentro y nos empuja a cazar a la presa y llevarla al hogar, un impulso que no logra atajar ninguna religión ni precepto filosófico.

Ahora espera que su invitado apruebe su tajante sentencia con la misma honestidad con la que ha confiado una historia que avergonzaría a la mayoría de las personas. No tiene que escuchar un sí. Saben muy bien que todos lo hemos hecho alguna vez, y varias veces… ”Hasta la gente de bien, las señoras encopetadas, los de cuello blanco; ¡y hasta los famosos!, mire que yo los he pillao, compa”.

Su novia, que estudia idiomas por las noches, confiesa sin ambages que también lo hizo. La pena le hace sonrojar su natural y dulce rostro de niña de pueblo. Nunca lo hicieron juntos, porque cada cual desaprueba los métodos del otro. Luis recuerda una anécdota irónica. La única vez que lo atraparon llevaba un champú de ginseng para detener la caída de pelo debido a la desnutrición y la preocupación. Lo detuvieron afuera del supermercado, pero enseguida desarmó al vigilante. Sacó los productos de su saco y también su palabrería paisa. Se culpó una y otra vez diciendo que lo lamentaba y que solo era una apuesta estúpida con un amigo. Ahora debía pagar por su deshonestidad. El señor no tuvo tiempo de decir nada y le acompañó a la caja para que pagara y se marchara cuanto antes.

Así lo hizo sin llamar la atención bajo la mirada del supervisor. Al pasar su tarjeta débito, la cajera le dice en tono desabrido que lo felicita porque la compra le ha salido gratis, y suena una alarma. Todos voltean a ver, como si reconocieran aquel sonido. A Luis se le vino el mundo encima. Se puso pálido, se le aflojaron las piernas y tuvo que agarrarse del mostrador. Pensó que aquello era una manera sarcástica y humillante para darle una lección frente a todos, y nunca pudiera olvidar. Estuvo a punto de perder el conocimiento, y respiró hondo…

Al volver en sí se dio cuenta que la cajera le estaba diciendo la verdad y no era ningún truco. No lo podía creer. Era una promoción de su tarjeta por cada cien clientes que la usaran. Miró al supervisor encogido de hombros con un implícito: “hermano, no es mi culpa”. El supervisor solo dijo: “Ah, no me crea tan… así no se puede”, y se retiró. Luis hizo desde ese día una especie de retiro espiritual para sobreponerse y volver a poner las cosas en su lugar. Fue la única vez que pasó un mes sin tumbarse algo en los almacenes.

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Luis atraviesa por fin la “línea mortal” sin nada en la mano, excepto su falso celular inteligente que siempre saca para disfrazarse de importante. Es un cascarón de iPhone. Su verdadero teléfono es un viejo Nokia que “hasta suena debajo del agua y en la Sierra Nevada de Santa Marta; no me cree hermano, eehh”, dice con la exageración paisa que a la final siempre se vuelve un chiste creíble.

Va al otro lado de la calle y abraza a su novia con un beso y le pide que no lo apriete porque no quiere lastimarse de nuevo. Ella viste casual y lleva un maletín deportivo en el que meterán las cosas. Quieren que termine de documentar la aventura con toda la franqueza y el valor que ha hecho posible un inusual y escabroso cubrimiento periodístico que quizás sea señalado de no ético, y con toda razón.

Pero este relato no es una apuesta a la moralidad, sino la respuesta al oficio de contar una historia humana con independencia, en un país en el que se cometen toda clase de crímenes justamente contra la moralidad y las buenas costumbres en nombre de partidos políticos, grupos armados, empresas prestigiosas, encumbrados organismos del estado, y a la final todo termina haciendo parte del inventario emocional de malas noticias que alimentan el temperamento de los colombianos.

Nos sentamos en una apacible cafetería y Luis apenas puede hacerlo sin reírse. Le duele todo por dentro y, más allá, en su corazón. Se le olvidó la vitamina E de su novia. Se derrumba molesto. Discuten sanamente como si se tratara de un suceso imperdonable. Luis dice más tarde que ahí está el secreto. Lo que hizo durante años nunca lo vio como algo malo sino como otra forma de sacarle provecho a la realidad sin hacerle daño a nadie, hasta terminar sus estudios. Y lo logró. Pronto recibirá su título y piensa irse a los Estados Unidos, gracias a una beca por su brillantez matemática.

Va sacando las cosas y ella las guarda con mesura en el maletín. El aroma del café, que siempre persigue a esta pareja, envuelve el lugar y crea un ambiente que inspira al buen ánimo y al perdón. Afectado saca enlatados, aspirinas, omega 3, aminoácidos, desodorantes, cuchillas de afeitar, audífonos, cremas, arándanos, pistachos… Hoy tiene para comprar las vitaminas de su novia, pero no es cuestión de comprarlas o no. El reto es regresar al supermercado. Es el riesgo y el arrojo de hacerlo para ella lo que le da el verdadero valor a su regalo, no lo que cuesta. “Eso es lo de menos”, dice sin darle importancia.

Se para sin más, y dice con algo de tensión: “Ya regreso, usted disculpe hermano, solo serán unos minutos, no se vaya compa”. Ella bordea con sus dedos la taza humeante y ladea su rostro con la mirada perdida en el inocente juego erótico que ignora. El cazador primitivo cruza raudo la avenida armado de valor y va por última vez tras la presa, aunque esta vez parezca que lo hace por amor.

*Luis es el nombre real del padre del protagonista de esta historia, quien desea honrarlo tras su fallecimiento días después de nuestro último encuentro.

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