El escritor latinoamericano que se las arregló para ser oficialista toda su vida

Por redaccionnyl el 15/01/2017

En 1933 Ernesto Sabato fue nombrado secretario de la juventud del Partido Comunista Argentino, por entonces bajo la órbita del estalinismo, pero en 1935 abandonó su cargo poco antes de iniciar un viaje por la Unión Soviética.

 
 

Vivió en París y fue amigo de los surrealistas, y comenzó a escribir “El túnel” en un período de angustia que lo llevó a fantasear con la idea del suicidio; según Sabato, durante aquellos años solía quemar lo que escribía, y fue su mujer la que salvó el manuscrito de Sobre héroes y tumbas.

Excepto por un breve período en el que se opuso al presidente electo Juan Domingo Perón, Sabato siempre se las arregló para ser oficialista, un dato sorprendente si se tiene en cuenta que eso le llevó a ser, alternativamente, nacionalista católico, liberal, conservador, demócrata cristiano y neoliberal, en una trayectoria que lo llevó a simpatizar ineludiblemente con los golpes militares que caracterizaron la historia argentina en el período comprendido entre 1955 y 1983.

Nunca hizo público su apoyo a los grupos y movimientos que lucharon en ese período (en particular entre 1955 y 1973) por el retorno a la democracia y el fin de la proscripción política (por el contrario, en 1955 aceptó el cargo de interventor de la revista Mundo Argentino que le ofreció la dictadura) y sus periódicos rechazos a los regímenes y gobiernos a los que apoyaba públicamente cuando llegaban al poder coincidieron en su mayoría con sus momentos de mayor descrédito y la constatación de que se encontraban cerca de su final.

El miércoles 19 de mayo de 1976, menos de dos meses después del Golpe de Estado más sangriento de una historia repleta de golpes de Estado sangrientos como la argentina, Sabato, Jorge Luis Borges y otros escritores almorzaron con el dictador Jorge Rafael Videla; Sabato fue el más enfático en sus elogios al militar: “El general Videla me dio una excelente impresión”, declaró. “Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la cultura del presidente”. Dos años después, y mientras los exiliados argentinos denunciaban en Europa la existencia de campos de concentración en el país, Sabato salió en defensa de la dictadura argentina en una entrevista para la revista alemana Geo:

“La inmensa mayoría de los argentinos rogaba casi por favor que las Fuerzas Armadas tomaran el poder. Todos nosotros deseábamos que se terminara ese vergonzoso gobierno de mafiosos [El gobierno elegido democráticamente de Juan Domingo Perón y, tras su muerte, de su viuda, María Isabel Martínez de Perón]. […] Desgraciadamente, ocurrió que el desorden general, el crimen y el desastre económico eran tan grandes que los nuevos mandatarios no alcanzaban ya a superarlos con los medios de un Estado de derecho [ya que] los extremistas de izquierda habían llevado a cabo los más infames secuestros y los crímenes monstruosos más repugnantes. Sin duda alguna, en los últimos meses, muchas cosas han mejorado en nuestro país: las bandas terroristas han sido puestas en gran parte bajo control”.

Unos años después, y ante las señales de agotamiento de la dictadura, Sabato cambió una vez más de bando y procuró instalarse como un defensor de los derechos humanos; por sorprendente que parezca, el asunto funcionó, y en 1984 el presidente democrático Raúl Alfonsín le otorgó la presidencia de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep). Sabato coordinó las tareas de la comisión y prologó la obra que realizaba el inventario de los crímenes de la dictadura que el escritor había celebrado; durante años, en cada una de sus comparecencias públicas, fue habitual ver a Sabato firmando ejemplares del Nunca más como si este fuese un libro escrito completamente por él y él fuese el único autor de su contenido. Los testimonios y documentos reunidos en el Nunca más fueron utilizados para procesar y condenar a los máximos responsables de la dictadura, pero estos fueron liberados poco más tarde como resultado de los indultos y los decretos del presidente Carlos Menem. Aunque Sabato se opuso al perdón a los militares de la dictadura por parte de esa administración, muy pronto se constituyó en su intelectual orgánico, una especie de conciencia moral de la Nación presente regularmente en telediarios y en programas de opinión, donde se atrincheraba en un humanismo de corte cristiano para argumentar contra el racionalismo occidental y un mal abstracto y nunca nombrado que le llevaba a ignorar deliberadamente que su voz era la del disenso consentido de uno de los gobiernos más frívolos y corruptos de la historia de Argentina; la suya era una voz que alertaba sobre un apocalipsis abstracto e inminente mientras los males más mundanos de la exclusión y el desempleo de sectores cada vez más amplios de la sociedad argentina le resultaban indiferentes.

Fragmento de “Algunas palabras sobre Ernesto Sabato” / Patricio Pron

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