El curioso caso de alguien que se atrevió y simplemente me dijo: “No me gustas”

Por redaccionnyl el 12/11/2016

Fue una cita bastante agradable. A acompañó a B a su casa y ambos se quedaron callados en la puerta antes de despedirse. Momento crítico: todo empezó a dar vueltas. La mente de A hacía piruetas mientras las llaves de B tintineaban juguetonas entre sus dedos. B desapareció de la escena entrando en casa con un “hasta luego” lleno de ambigüedad. Las intenciones de uno y otro quedaron suspendidas en el aire.

Pongamos pausa. En este preciso instante no sabemos todavía a quién le gusta quién, y podríamos quedarnos con la intriga. Pero como narrador omnipresente e impaciente, os filtro que uno de los dos personajes soy yo y que a la otra persona no le he atraído nada. No me tocaría ni con guantes y no se le ha encendido luz de Navidad alguna. Necesitaría un desfibrilador para que conmigo le latiese más rápido el corazón. Os sorprenderá saber que consideré una suerte que me lo dijera tal cual la segunda vez que quedamos. “No me atraes”, me soltó. Con un par.

Una parte de mí estaba sorprendida y medio cabreada, porque no sabía que yo había sido tan transparente en mis intenciones. Así que, por un segundo, tuve la tentación de mentirle y decirle que a mí tampoco me gustaba, que yo sólo estaba pasando el rato. Pero después caí en la cuenta de que esa persona me había ahorrado un mal trago, porque esa verdad hubiera podido quedar flotando en el limbo de su vanidad y engrosarla conmigo.

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Lo que hubiera podido pasar es casi de manual: A y B siguen quedando porque uno de los dos propone planes divertidos. La parte no interesada en tener mambo sabe que construye una mentira, pero va a dejar que la otra se quede con la duda de que hay algo más, con el ronroneo interior del “¿le gusto o no?”, por razones varias:

1) Le halaga la atención de la otra persona, que le acaricia el ego con su plena atención a todo lo que dice, con sus mensajitos o su mirada de corderito degollado. Ni le pone, ni le interesa una mierda su vida interior, pero le hace sentirse una buena pieza de caza saber que le apuntan con el rifle del amor.

2) Realmente disfruta de la conversación y la compañía de la parte interesada, hasta el punto de que le apetece volver a verla y charlar, pero sin ninguna intención sexual. Ahí tenemos al sujeto interesado acercándose peligrosamente a una zona en la que no quiere estar… la Friend Zone. Un minuto de silencio para todos los caídos en la desazón del “te quiero… como amigo”.

3) La peor opción: Le da vergüenza o reparo rechazar activamente a alguien. Esta es una macabra mezcla de las opciones A y B en la que la persona se siente (inconscientemente) medio endeudada con la parte interesada por considerarla especial. Es un caso hilarante de falta de autoestima y, en el peor de los casos, desemboca en el morreo por compasión de borrachera. Eso solo puede acabar en remordimientos, por un lado, y dolor de huevos (o el aullido de una vagina desatendida), por el otro.

Sea cual sea el motivo por el que no quiere decirse la verdad, créeme, nunca vale la pena. Cuando esa persona me soltó que no estaba interesada en mí, en su cara no vi rechazo, sino la tranquilidad de quien no tiene nada que esconder y lo tiene todo por entregar. “Mira, sería muy hipócrita si no te dijera esto: Si quieres que nos sigamos viendo, tienes que saber que no va a haber sexo, porque no me atraes. No te sé explicar por qué, esa es la gracia de la química, pero yo no he sentido chispa contigo y no quiero hacerte perder el tiempo si es lo que buscas. Te ofrezco todo mi buen rollo, pero no pasaremos de aquí.”

Lo que me dio con su sinceridad fue la capacidad de decidir si me interesaba trazar, a partir de entonces, una relación de cordialidad en lugar de vernos envueltos en varias situaciones tensas de “beso y cobra/mensaje de borrachera ignorado/ahora sí y ahora no”. Y en mi caso os cuento que sí, caí en esa Friend Zone, pero de pie, a tiempo y con dignidad, porque resultó que esa persona era una compañera de birras esporádicas sin igual.

Y aunque no hubiese sido así, pensemos: ¿cuántos momentos tensos, frustraciones y amistades postizas se habría ahorrado la humanidad si fuéramos capaces de no posponer una verdad a gritos? Abrámonos más, porque un “no me gustas” a tiempo no es tan doloroso como las alternativas.

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