El club de la pelea: Manifiesto sin reglas

Por Javier Morales el 30/10/2017

Chuck Palahniuk escribió un cuento en el que un funcionario se encuentra hastiado de su vida en una presentación sobre el cambio de logo de la empresa en la que trabaja; su boca está llena de sangre por los golpes que recibió la noche anterior en un exclusivo club de pelea. Así nace el argumento de su primera novela El club de la lucha publicada en 1996 y que es llevada al cine por David Fincher en 1999.

 
 

El cuento escrito por Palahniuk pasó a ser el capítulo número seis de la novela y narra el momento más representativo de toda una generación, momento inconfundible de lo que luego conocimos como una de las películas más impactantes en el paso al nuevo milenio, en donde Brad Pitt pronuncia una a una las reglas que permanecen en la memoria de quienes incluso no han visto la película ni conocen el libro: «la primera regla del Club de la Lucha es que no se habla del Club de la Lucha; la segunda regla del Club de la Lucha es que NO se habla del Club de la Lucha…». Esas reglas son el centro de un argumento que no parece conocer límites. Esas reglas son el nacimiento de una nueva concepción hacia la vida, el rol del hombre en la sociedad y la revelación de las cruces que cargamos a cuestas. El club de la lucha, como novela, explora la más intensa desvinculación con lo material en busca de las experiencias espirituales y mentales más extrañas. Sin embargo, es su versión cinematográfica la que carga con todo el poder de la representación de la historia hasta el punto en que es difícil desligar un formato del otro, hasta el punto en que el mismo Palahniuk reconoce la importancia de la película para entender el impacto y la trascendencia de su novela.

David Fincher carga con una larga tradición de películas con un marcado uso de efectos especiales. Alien 3 lidera la lista de sus producciones y de alguna manera catapulta su trabajo permitiéndole trabajar en el proyecto Seven (Se7en), que también se ha convertido en una película de culto, protagonizado por Brad Pitt, Morgan Freeman y Kevin Spacey en 1995. Con Fight club Fincher aprovechó sus habilidades con la realización de efectos especiales para elevar el nivel de la historia y materializar mucho más vivamente el carácter paranoico e introspectivo que marca la novela de Palahniuk en la relación entre el narrador (Edward Norton) y el emblemático Tyler Durden (Brad Pitt); tanto así que las obsesiones de cada uno (los explosivos caseros, los accidentes automovilísticos, el jabón, el sexo) adquieren las características propias de la alucinación y dan pie a el argumento secundario que sustenta la historia: la anarquía.

Un club de hombres que se reúnen a golpearse hasta que alguno de los dos combatientes se rinda, en un ritual homo-erótico, en donde la fusión de sudor con sangre es la metáfora que representa a esa generación de hombres que crecen sin la figura de un padre, hombres que en ese ritual se dan cuenta de que tal vez pueden cambiar el mundo y enfrentar a las grandes corporaciones, liderados, por supuesto por una alucinación, por Tyler Durden, el único hombre que representa la libertad en una sociedad sumida en el conformismo. Un argumento así necesitaba de un maestro de la alusión y David Fincher logra ubicar al espectador en la mentira y la tramoya construida por el narrador de la historia y nos hace ver al personaje que en algún momento de nuestras vidas todos queremos ser: Tyler Durden, un hombre sin reglas, pero para quien la alusión a ellas es lo más importante, alguien que sabe que la libertad es fácil, la libertad es golpear a tu jefe, dejar a tu esposa, chocar tu carro o dejar que un desconocido te desfigure para luego abrazarlo.

Fight club es un manifiesto que marca muy bien las notas de lo que fue el fin del pasado siglo. Ver una y otra vez esta película es entender que seguimos en un mundo regido por las más absurdas de las reglas y que aún no pretendemos aprender nada de ello ni hacer algo determinante para cambiarlo.

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