El cielo de los antiguos. Un ensayo de Voltaire

Por redaccionnyl el 19/12/2016

Si el gusano de seda diera el nombre de cielo a la pelusilla que forma su capullo, razonaría igual que razonaron los antiguos, dando a la atmósfera el nombre de cielo, que es, como dice Fontenelle, la seda de nuestro capullo. Creyeron los antiguos que los vapores que exhalan los mares y la tierra y que forman las nubes, los meteoros y los truenos eran la morada de los dioses. Los dioses descienden siempre de nubes de oro en las obras de Romero; y por eso todavía hoy los pintores los representan sentados en una nube. Podían sentarse sobre el agua; pero era justo que el primero de los dioses, Júpiter, estuviera sentado con más comodidad que los otros, y le concedieron un águila por cabalgadura, porque el águila vuela más alto que las demás aves.

 
 

Los primitivos griegos, al ver que los señores de las ciudades vivían en ciudadelas, en la cumbre de las montañas, juzgaron que los dioses debían ocupar también alguna ciudadela y le colocaron en la Tesalia, en lo alto del monte Olimpo, cuya cima es tan alta que muchas veces la cubren las nubes, de modo que desde el palacio de los dioses se podía pasar fácilmente al cielo. .

Las estrellas y planetas, que parece que estén asidos a la bóveda azul de nuestra atmósfera, se convirtieron en morada de los dioses; siete de éstos tuvieron para vivir cada uno su planeta, y los otros se alojaron donde pudieron. Los dioses celebraban consejo general en una espaciosa sala, a la que iban por la Vía Láctea, puesto que los dioses necesitaban tener una sala en el aire, ya que los hombres tenían casas de reunión en la tierra.

Cuando los titanes, una especie intermedia de animales entre los hombres y los dioses, declararon a éstos una guerra casi justa reclamando parte de la herencia paterna, puesto que eran hijos del cielo y de la tierra, pusieron dos o tres montañas, una sobre otra, creyendo que eso bastaba para escalar el cielo y la ciudadela del Olimpo. Sin embargo, median seiscientos millones de leguas desde la tierra a esos astros, lo que no es un obstáculo para que Virgilio diga:

Sub pelibusque videl nubes el sidera Daphnis. «Dafne ve bajo sus pies los astros y las nubes». ¿Dónde estaba, pues, Dafne?

En el teatro y en otras partes más serias se hace descender a los dioses entre nubes y truenos; o lo que es lo mismo, pasean a Dios en los vapores de nuestro globo. Tales ideas son tan proporcionadas a nuestra debilidad, que nos parecen grandes.

Esa física de niños y viejas arranca de la más remota antigüedad. Créese, sin embargo, que los caldeos tenían ideas casi tan exactas como nosotros de lo que se llama cielo. Colocaban al Sol en el centro del mundo planetario, casi a la distancia que hemos reconocido que existe de nuestro globo, y hacían girar a la Tierra y algunos planetas alrededor de ese astro. Esto es lo que nos dice Aristarco de Samos; y es, con escasa diferencia, el sistema del mundo que Copérnico perfeccionó después. Pero los filósofos se guardan el secreto para ellos, con la idea de ser más respeta- dos por los reyes y el pueblo, o quizá para no ser perseguidos.

El lenguaje del error es tan familiar para los hombres que todavía llamamos a los vapores y al espacio de la Tierra a la Luna, cielo. Decimos subir al cielo, como decimos que el Sol gira, aunque sabemos que éste está fijo y no se mueve. Probablemente la Tierra será cielo para los habitantes de la Luna, y cada planeta colocará su cielo en el planeta más próximo.

Si hubieran preguntado a Hornero en qué cielo estaba el alma de Sarpedón y dónde estaba la de Hércules, Hornero no habría sabido qué contestar, y hubiera salido del paso escribiendo versos armoniosos. ¿Qué seguridad podían tener de que el alma de Hércules se hubiera encontrado mejor en Venus, en Saturno, que en nuestro globo? ¿Se encontraría acaso en el Sol? No parece que debía estar en ese horno. ¿Qué entendían, en fin, por cielo los antiguos? No lo sabían. Decían siempre el cielo y la tierra, como si dijeran el infinito y un átomo. Rigurosamente hablando, no existe el cielo; existe una cantidad prodigiosa de globos que rueda en el espacio, y nuestro globo rueda como los demás.

Los antiguos creyeron que ir a los cielos era ascender; pero no se asciende de un globo a otro, porque los globos celestes unas veces están encima y otras debajo de nuestro horizonte. Por ejemplo, supongamos que Venus, habiendo venido de Pafos, regresara a su planeta cuando este planeta se hubiera puesto. La diosa Venus no ascendería, pues, con relación a nuestro horizonte, sino que descendería; en este caso debíamos decir descendió al cielo. Pero los antiguos no estaban tan civilizados, sólo tenían nociones vagas, inciertas, contradictorias sobre todo lo que se relaciona con la física. Se han escrito inmensos volúmenes para saber lo que pensaban sobre cuestiones de esta clase, y dos palabras hubieran bastado para decir que no pensaban sobre ellas. De esa regla general debe exceptuarse un corto número de sabios, que llegaron tarde, que explicaron sus pensamientos, y cuando se atrevieron a explicarlos, los charlatanes del mundo los enviaron al cielo por el camino más corto.

Un escritor que se llamaba Pluche pretende probar que Moisés era un gran físico; otro antes que él, llamado Juan Amerpoel, quiere conciliar a Moisés con Descartes, asegurando que Moisés fue el inventor de los torbellinos y de la materia sutil, pero lo asegura inútilmente, porque todos sabemos que Dios hizo de Moisés un legislador y un profeta, pero no pretendió que fuera un profesor de física. Dictó a los judíos sus deberes, pero no les enseñó una palabra de filosofía. Calmet, que ha compilado mucho, pero que no razona nunca, se ocupa del sistema de los hebreos; pero ese pueblo grosero estaba muy lejos de tener un sistema, ni siquiera tuvo escuela de geometría; hasta desconocía ese nombre. Su única ciencia consistía en ser corredor de cambios y usurero.

En sus libros se encuentran algunas ideas oscuras, incoherentes y dignas de un pueblo bárbaro, respecto a la estructura del cielo. Su primer cielo era el aire, el segundo el firmamento, en el que están prendidas las estrellas. Ese firmamento era sólido y de hielo y contenía las aguas superiores, que se escaparon de su recipiente por puertas, por esclusas y por cataratas en la época del diluvio.

Encima de dicho firmamento o de las citadas aguas superiores existía el tercer cielo, que llamaban empíreo, adonde fue arrebatado San Pablo. Ese firmamento era una especie de semibóveda que abarcaba la Tierra. El Sol no podía dar la vuelta a un globo que ellos no conocieron. En cuanto llegaba al Occidente, se volvía al Oriente por un camino desconocido, y no se le veía volver, porque, como dice el barón de Toeneste, volvía de noche.

Estas ideas las habían adquirido los hebreos de otras naciones. La mayoría de ellas, exceptuando la escuela de los caldeos, creían que el cielo era sólido, que la Tierra, fija e inmóvil, era más larga desde Oriente hasta Occidente que desde el Mediodía al Norte; y de esto provienen las palabras longitud y latitud que hemos adoptado. Profesando esas ideas era imposible que existieran los antípodas. Por eso San Agustín dice que es un absurdo creer que existan; y Lactancio dice terminantemente que hay gentes bastante locas que creen que existan hombres cuya cabeza esté más baja que sus pies. En el libro III de sus Instituciones añade: «Puedo probaros con muchos argumentos que es imposible que el cielo rodee a la Tierra». San Crisóstomo afirma que yerran los que creen que los cielos son movibles y que tienen forma circular .

Inútilmente, el autor del Espectáculo de la Naturaleza quiere dar la patente de filósofo a Lactancio ya Crisóstomo, porque cualquiera podrá contestarle que los dos fueron santos, pero que no es preciso para ser santos ser buenos astrónomos.

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