El bosque donde las cosas pierden el nombre. Por Lewis Carroll

Por redaccionnyl el 29/05/2017

Mientras se adentraba bajo los árboles, tras haber pasado el lindero del bosque, Alicia se dijo: “Después de tanto calor, vale la pena entrar aquí en este… en este… ¿en este qué?”, repetía sorprendida de no poder recordar cómo se llamaba aquello. “Quiero decir, entrar en el… en el… bueno… vamos, ¡aquí dentro!”, afirmó al fin. “¿Cómo se llamará todo esto? Estoy empezando a pensar que no tenga ningún nombre…”. Se quedó parada ahí, pensando en silencio; y súbitamente continuó sus cavilaciones: “Y ahora, ¿quién soy yo? ¡Vaya si me acordaré!”. Pero de nada le valía toda su determinación. En ese momento, se acercó un cervato y se puso a mirarla con sus tiernos ojazos.

—¡Ven! ¡Ven aquí! —le llamó Alicia, alargando la mano para acariciarlo; pero el cervato se espantó un poco y, apartándose unos pasos, se quedó mirándola.

—¿Cómo te llamas tú? —le dijo al fin, y ¡qué voz más dulce tenía!

“¡Cómo me gustaría saberlo!”, pensó la pobre Alicia; pero tuvo que confesar:

—No me llamo nada, por ahora. ¿Me querrías decir cómo te llamas tú? —rogó tímidamente—. Creo que eso me ayudaría un poco a recordar.

—Te lo diré si vienes conmigo un poco más allá —le contestó el cervato— porque aquí no me puedo acordar.

Así que caminaron hasta otro campo abierto. Pero, justo al salir del bosque, el cervato se sacudió del brazo de Alicia dando un salto por el aire.

—¡Soy un cervato! —gritó con júbilo—, y tú… ¡Ay de mí! ¡Si eres una criatura humana!

Una expresión de pavor le nubló los hermosos ojos marrones y, al instante, salió en estampida. Alicia se quedó mirando por donde huía, casi a punto de llorar por perder tan de repente a un compañero de viaje tan amoroso. “En todo caso —se dijo—, al menos ya me acuerdo de cómo me llamo: Alicia… y eso me consuela un poco”.

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