El ataque de las chicas cocodrilo. Por Gabriel Torrelles

Por Gabriel Torrelles el 19/01/2016

En la fiesta de cumpleaños de Sebastián, de repente y sin decir nada, todos mis amiguitos se esfumaron con las pistolas de rayos y los muñequitos del Hombre Araña. Fue buscándolos que me equivoqué y terminé en un cuarto enorme rodeado de unas diecisiete muchachitas muy lindas, todas mayores que yo, que hablaban pistoladas entre sí y me miraron como un invasor extraterrestre, gracias al disfraz de robot supersónico que mi papá me hizo con una caja de cartón decorada a base de transistores de escarcha y circuitos de marcador azul.

A mí las niñas de mi edad me gustaban bastante. Sí, lloraban mucho y tenían la mano bastante floja para pegarme en la cabeza si no me daba la gana de soltar el control de mi Atari 2600 para jugar con ellas, pero no había nada que se comparara a las carcajadas mecánicas que desataban cuando las perseguía jugando a “la ere” y la respiración se nos entrecortaba subiendo y bajando escaleras para atraparnos y contagiarnos de esa misteriosa enfermedad infantil de la que nadie nos explicó ni de dónde venía ni por qué era tan divertida. A Roberto, Gustavo, Martín y Pablo, en cambio, las niñas de mi edad les fastidiaban muchísimo. Las veían como una peste en extremo sensible que no tenían la capacidad de crear un argumento convincente que sustentara la galaxia imaginaria en la que solíamos jugar todas las tardes, y también, como una queja humanoide, bípeda e insoportable, que frenaría cada intento de diversión física por cualquier minúsculo rasguño en las rodillas. Yo siempre creí que eran idiotas, porque las niñas olían bien y ellos no. Pero la verdad es que pasaba otra cosa. Rechazaban a las niñas de nuestra edad porque las grandes les daban miedo. Circulaba el rumor de que estas niñas mayores habían desarrollado serios conocimiento de hechicería, hipnosis y que habían convertido a los niños legendarios que nosotros admirábamos cuando tenían diez, en tarados absolutos al llegar a los catorce. Solíamos llamarlas “las chica cocodrilo” en honor a una canción que Martín escuchó una vez en el carro de su hermano. Eran monstruos, monstruos que transformaban a los niños que crecían en zombies. Por lo tanto, cuando entré a ese cuarto yo estaba bastante asustado.

Eran muchas, estaban juntas, olían muchísimo mejor que las chiquitas y me miraban como si nunca en su vida hubiesen visto un robot. Además, estaba solo. Sin embargo, no salí corriendo. Embutido en mi armadura de cartón, atravesé la geometría de aquella habitación con valentía y precaución. Mi objetivo era llegar al otro lado, donde había una puerta que conectaba con otro cuarto, el del hermano mayor de Sebastián, y por tanto, territorio seguro. Pero antes, tenía que superar la peligrosa sabana de olor a patilla y afiches de Menudo sin permitir que su brujería me hiciera a los siete años lo que la leyenda contaba que me tendría que ocurrir siete años después. No obstante, las niñas me rodearon en una suerte de aquelarre de Bolibomba y la que parecía ser la líder, fría y despiadada, me detuvo en seco. “Quítate el casco”, ordenó. Al principio pensé resistirme, pero luego me encogí de hombros y asumí gallardamente que mi destino era descubrir lo que ningún otro niño de mi edad y de mi edificio había descubierto: qué era lo que le ocurría a nuestros héroes al crecer, qué clase de embrujo diabólico los volvía imbéciles y si había alguna manera de combatirlo. Pensé en si dolería, en que Gustavo se había quedado con mi muñequito de Hulk y en que no se lo merecía. Y luego pensé en mi mamá, que en algún momento fue también como estas harpías. Y en que no había probado la torta.

Cuando me quité el casco, ya sin la visión manipulada por la tira de radiografía que mi papá había convertido en visor, la niña me pareció todavía más bonita. Tenía los ojos oscuros y el cabello marrón claro y la boca rosada y la nariz respingada y un lunarcito chiquito en el cachete. Viéndome rendido, sonrió. “¿Cómo te llamas?”, preguntó. Yo le dije mi nombre y ella miró a sus secuaces que también me miraban sin decir nada, cómplices del crimen que estaba a punto de pasar. “¿Qué son ustedes?”, les grité. Entonces rieron a carcajadas y la líder me dijo: “Tú eres un hombrecito muy afortunado porque hoy te van a dar tu primer beso”. Acto seguido, sin darme tiempo de respirar, hizo que cerrara los ojos y puso sus labios delicados y suaves sobre los míos. Y he aquí lo que pasó. Las placas tectónicas se quebraron en algún punto del continente africano de forma que mi equilibrio quedó derrotado y mis rodillas biónicas dejaron de funcionar. Lo único que me mantenía de pie era una corriente de energía azulada que me propulsaba hacia el techo. Quería volar y estaba seguro de que podía volar. Y más allá de eso, de que la razón por la que lo quería hacer era para llegar lo suficientemente alto como para coger las estrellas del cielo con la mano y regalársela una a una a ella y a todas las muchachas como ella. Estaba ansioso, nervioso, curioso, confundido, mareado, contento y atontado, pero para nada asustado. Hice un recorrido de los general a lo específico en la historia femenina y ese grupo de niñas grandes rodeándome mientras su líder me besaba de repente se descompuso frente a mí en su estado más puro. Así, mi química se alteró irreversiblemente. Me convertí en un microscopio microscópico que sintió ternura y ansia y angustia por cada partícula de oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, calcio, fósforo, potasio, azufre, sodio, cloro, magnesio, hierro, fluor, zinc, silicio, rubidio, estroncio, bromo, plomo, cobre, aluminio, cadminio, cerio, bario, yodo, estaño, titanio, boro, níquel, selenio, cromo, manganezo, arsénico, litio, cesio, mercurio, germanio, molibdeno, cobaldto, antimonio, plata, niobio, circonio, lantanio, galio, telurio, itrio, bismuto, talio, indio, oro, escandio, tantalio, vanadio, torio, uranio, samario, berilio y tungsteno que había en la habitación en forma de mujer. Cuando se apartó de mí y abrí los ojos, el universo había dejado de existir y mi cuerpo se había fusionado con mi disfraz de robot de cartón. Me habían reprogramado. Me habían convertido en idiota. Y yo era feliz.

Llegué a la habitación del hermano de Sebastián con mi casco en la mano, despeinado y con una cara de tarado impresionante, de héroe. Encontré a Roberto, Gustavo, Martín y Pablo jugando con las pistolas de rayos y mis muñequitos, entre ellos, mi Hulk. Salieron corriendo a recibirme. Me llenaron de preguntas. “¿Qué te hicieron?”, “¿Te implantaron un chip?”, “¿Cómo lograste escapar?”, “¿Te abrieron con un cuchillo?”, “¿Qué es Menudo?”.

Yo no contesté. Puse mi casco en la cama, caminé con parsimonia, como un astronauta que logra escapar de un agujero negro y vive para contarlo, sólo que yo no conté nada. Lo que quería era torta.
A Sebastián le regalaron como setenta mil G.I Joes, un par de zapatos L.A Gear y un juego malísimo de Atari. A su hermano la novia le dijo que había conocido un hombre en la fiesta, un hombre con corazón de robot y que se había besado con él y a Gustavo se le perdió la cabeza de mi Hulk. Pero eso a mí nunca más me importó.

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