El asombroso estafador que vendió la Torre Eiffel

Por Néstor Luis González el 01/03/2017

A mediados de 1925, seis de los hombres más ricos de Europa se reunieron en el lujoso Hôtel de Crillon de París con el supuesto subdirector del Ministerio de Correos y Telégrafos de Francia. Una semana más tarde, uno de los presentes, André Poisson, le exigiría al Gobierno galo desmantelar la Torre Eiffel y entregársela, pues la había comprado por una elevada suma de dinero.

 
 

Al darse cuenta de la estafa que había sufrido, Poisson se las arregló para que el hecho pasara desapercibido, pero meses después hubo una denuncia similar en la policía y se destapó un escándalo sin precedentes: alguien había vendido la Torre Eiffel haciéndose pasar por funcionario francés, y no conforme con eso lo intentó de nuevo.

El responsable fue un checo llamado Víctor Lustig, quien había llegado a Francia ese mismo año y leyó en la prensa parisina que el mantenimiento del famoso monumento le estaba saliendo muy caro al país. Esa noticia le dio la idea. De inmediato convocó a varios inversionistas a uno de los salones del hotel emblema de la Avenida Champs-Élysées y los convenció de las ventajas de comprar la torre como chatarra.

Los millonarios comenzaron a pujar por la compra, pero a él le interesaba más la idiotez de la víctima que la cantidad de dinero. Por eso eligió a Poisson, y cuatro días después le dijo que había ganado la licitación, le pidió que le pagara y que aparte le diera una comisión por hacerle el favor de elegir su oferta y no las demás.

Al escapar con aquel dinero, Víctor Lustig vivió en Viena a cuerpo de Rey durante meses, hasta que decidió que podía repetir su hazaña y volvió a Paris. Esta vez lo descubrieron antes de cobrar un centavo y tuvo que escapar a los Estados Unidos, pero siempre será recordado como el hombre que logró vender la Torre Eiffel.

Artista de la estafa

Lustig nació en un pueblo de la actual República Checa en 1890. Desde muy joven demostró sorprendentes destrezas para los idiomas, el póker y el villar, por eso se dedicó a estafar a los miembros de las familias acaudaladas que viajaban en barcos por el Atlántico hasta que la Primera Guerra Mundial se lo permitió.

 
 

En 1922 llegó por primera vez a los Estados Unidos haciéndose pasar por un aristócrata austríaco que había caído en la ruina, cuento con el que convenció a un banco de que le prestara capital para comenzar de cero en una granja. Como era de suponer se fugó con el dinero. Sin embargo, no se escondió nunca y dijo a los banqueros estafados que si se llegase a conocer lo fácil que era robarlos, sus clientes, desconfiados, retirarían los fondos de sus arcas y la entidad quebraría. Contra todo pronóstico, Lustig logró recibir otros mil dólares de los prestamistas a cambio de que nadie supiera que los había robado como a niños.

Con aquella investidura falsa de noble europeo, continuó su periplo americano en Canadá, donde se antojó de un banquero de nombre Linus Merton al que le sacó 30 mil dólares por avaro.

Víctor Lustig trabajó a Merton durante un tiempo para ganarse su confianza, y cuando ya podía decirse que eran buenos amigos, el checo le confesó al millonario que un primo suyo sabía qué caballos habían ganado en Estados Unidos antes de que los datos oficiales llegasen a Canadá, por cuanto no había manera de perder si le apostaba a esos corceles minutos antes del cierre de la taquilla hípica.

Al principio, el banquero jugó y ganó pequeñas cantidades, pero la avaricia rompió el saco, y cuando su apuesta llegó a 30 mil dólares, por supuesto perdió y nunca más supo de Lustig ni de su supuesto primo.

Amigo de Al Capone

La forma en que Víctor Lustig se ganó los favores de uno de los criminales más famosos de todos los tiempos fue sorprendente: robándolo.

Por alguna eventualidad no consignada en la historia, el checo conoció a Al Capone y le propuso un negocio muy atractivo para el cual debía invertir la suma de 40 mil dólares. Claro que el negocio no existía, y por supuesto que Lustig tenía un plan: durante un tiempo prudencial, guardó ese dinero en una caja fuerte y luego se lo devolvió intacto a su dueño diciéndole que el negocio había fracasado. Ante tal muestra de honorabilidad, el gánster le dio a Lustig 5 mil dólares por no haber escapado con la suma y lo convirtió en su amigo, condición muy útil en los locos años veinte.

Las habilidades y el carisma de este hombre lo convirtieron en un mito. Sus hazañas como estafador fueron muchas, pero seguro es que las mejores nunca se descubrieron precisamente porque salieron bien. El rey de los embaucadores murió a los 57 años en la cárcel de Alcatraz, donde ingresó por falsificar dinero y vivió como un auténtico aristócrata gracias a sus contactos con la mafia dentro de la prisión.

Máquina de hacer dinero

Víctor Lustig fue arrestado en dos oportunidades por vender lo que se conoce como la caja rumana, un artefacto que supuestamente duplicaba cualquier billete en apenas seis horas. La estafa era fácil: se apropió de una caja bonita, de botones vistosos, con dos ranuras y un par de billetes de cien dólares ocultos adentro. Durante las primeras doce horas, el aparato daba a su nuevo dueño 200 dólares a partir de los cien que debía insertar como molde, pero al cabo de las terceras seis horas, la máquina sólo botaba papel, tiempo suficiente para que Lustig escapara. La vendió en dos oportunidades, en una por 25 mil dólares y en otra por 10 mil.

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