El adolescente adicto que dejó las calles gracias a Bohemian Rhapsody de Queen

Por Patricia Smith el 25/08/2017

Hace años viví en el sector Pascal de Puerto La cruz, en un conjunto de edificios llamado Mochima. Era como un barrio de adolescentes y de universitarios donde siempre había fiesta. Era la Venezuela del petróleo a 106 dòlares por barril y la del Chávez arrogante que ocultaba los desastres con dinero sin pensar ni un poquito en el futuro, o sea, en este presente de mierda que me hizo irme de mi país.

Entre los cientos de jóvenes que siempre estaban ahí había uno llamado Gado que se drogaba como un animal, pero que era tan cool que dormía en casa de un amigo diferente cada noche. En algùn momento su adicción llegó a ser tan grande que dejó de asearse y comenzó a deambular por las calles porque ya nadie lo quería tan cerca como cuando andaba perfumado.

Una tarde yo estaba sentada escuchando a Queen mientras veía a los muchachos jugar fútbol en el jardín y se me acercó Gado, que no tenía idea de ningún deporte y que tampoco estaba interesado en aprender. Me preguntó qué escuchaba y yo le dije que Queen. Me dijo que no sabía qué era eso y yo le conté que era un grupo y que bla, bla, bla… Gado me dijo que le prestara el iPod y yo le dije que con gusto a condición de que escuchara una canción que yo le pondría… pero completa.

Evidentemente esa canción era Bohemian Rhapsody. La escuchó con calma y me dijo que esa era la vaina más bonita que había escuchado en toda su vida, que sentía que el reguetón al lado de aquello era como infantil y que él tenía que escuchar más música de ese tipo.

Esa fue la última vez que vi mi iPod Mini dorado. Siempre estuve segura de que Gado se lo había robado en algún momento cuando llegaron las otras chicas del edificio a saludarme, pero no me atreví a decirle nada porque me iba a jurar por su madre santa que él no había sido.

Pero sí había sido. Él me lo robó y me lo confesó hace seis meses, 12 años después, cuando lo conseguí detrás de un piano en un local en Bogotá. Cuando me vio, me reconoció. Yo no sabía quién era porque ahora tiene el cabello corto y se ve sano y sobrio y hasta musculoso.

Su confesión fue también su saludo: “¿Vendí o no vendí el iPod que te robé en Puerto La Cruz?”

Supe de inmediato que aquel hombre era Gado, y adiviné en su nuevo oficio que no lo vendió para comprar drogas sino que convirtió toda la música que yo había guardado dentro en su nueva droga, en una que también causa adicción y que despierta cualquier cosa positiva que esté dormida dentro de nosotros.

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