Dos relatos del antiguo egipto sacados de las pirámides

Por redaccionnyl el 10/08/2017

El nombre secreto de Ra

El dios-Sol Ra tiene muchos nombres, pero sólo uno es secreto: el que le da gran parte de su poder.

Isis se preguntaba cómo podría obligar al dios del Sol a revelar su nombre más secreto. Decidió esperar a que se le presentara una buena ocasión, y se puso a vigilarlo atentamente.

Cuando Ra se quedó dormido, Isis aprovechó para recoger la saliva del dios y la mezcló con un poco de tierra, con la que dio forma a una peligrosa serpiente con la intención de que mordiese al dios.

Isis colocó al animal en el camino por el que Ra iba a pasar, de modo que la serpiente lo atacó. Ra lanzó un terrible grito de dolor y el veneno de la serpiente empezó a invadir su ser, sin poder combatirlo y sin saber de dónde provenía. Los demás dioses, apenados, observaban cómo sufría.

Entonces la diosa hechicera, Isis, se acercó y le dijo: “Dime tu nombre secreto y te curaré”.

Ra comenzó a decir varios de sus nombres: “Creador del cielo y de la Tierra, Arquitecto de las montañas, Controlador de las crecidas…” Pero no llegaba nunca a decir su nombre secreto.

Era tan fuerte su dolor por la mordedura que terminó accediendo con una condición: que Isis y su hijo Horus no lo revelasen a nadie.

Isis curó a Ra mediante una fórmula mágica y aplicándole un ungüento hecho con hierbas.

Y así es como la diosa Isis consiguió ser tan poderosa como el dios-Sol Ra.

El faraón Esnofru y la joya perdida

Esnofru procuraba siempre que no le faltara alimento a su pueblo y sus campos siempre eran fértiles. Por eso era muy querido en Egipto.

Una calurosa tarde de verano, antes de reunirse con los sacerdotes para preparar la gran fiesta de año nuevo, el faraón Esnofru pensó en distraerse un rato. Preguntó por los músicos de palacio, pero éstos descansaban para el concierto de la noche. Buscó al mejor jugador de ajedrez del reino, pero había regresado al Sur. ¿Qué podía hacer ahora el faraón para divertirse?

Entonces pidió que buscaran al jefe de los magos Dyadyaemanj. Y así, se presentó haciendo una reverencia ante el faraón:

-¿Para qué necesita mis servicios el Señor de Egipto? -preguntó el mago.

-¿Qué entretenimiento me aconsejas? -contestó el rey.

El mago le propuso un paseo en barca acompañado de las mujeres más hermosas de palacio. Mientras ellas remaban, el faraón podría contemplarlas rodeadas de un hermoso paisaje lleno de frondosos papiros y verdes riberas.

El faraón Esnofru sonrió satisfecho y ordenó que prepararan la barca más bonita.

Esnofru, vestido con un sencillo faldellín blanco, esperaba en el embarcadero cuando vio llegar a veinte jovencitas de cabellos trenzados y ligeros vestidos. Se fijó en una que llevaba un colgante de turquesas con forma de pez, quien bajando los ojos se dirigió al faraón:

-Majestad, estamos listas.

Subieron a la barca y comenzaron a mover los hermosos remos de madera de ébano chapada en oro. Esnofru miraba a la remera principal, la muchacha del colgante, pues era la más bella de todas. El rey se sentía feliz, olvidando por un rato sus problemas. ¡Qué razón tenía el mago!

Pero… de repente, escucharon un sonido extraño. Algo se había caído al agua. Las muchachas dejaron de remar ante el lamento de la remera principal que decía angustiada:

-¡Qué desgracia! Se ha caído mi colgante de turquesas al fondo del lago. ¡Era mi tesoro más preciado!

El faraón le ofreció una nueva joya, pero ella insistió en el valor que tenía su colgante puesto que se la había regalado su novio. Cuatro de las remeras se lanzaron al agua sin encontrarla, y Esnofru decidió regresar al palacio: “¿No es mi deber hacer felices a mis súbditos?”, pensó. El mago encontraría una solución.

Esnofru entró en el laboratorio del mago agradeciéndole su estupenda idea. Le contó la pérdida de la joya de la remera principal, pidiéndole su ayuda para recuperarla. El mago buscó en los libros de magia sin obtener resultados. Y fue en la Casa de la Vida donde a través de la lectura de unos jeroglíficos encontraron una solución.

Volvieron al lugar donde se había perdido el colgante de turquesas, mientras el sacerdote y mago Dyadyaemanj leía una antigua fórmula transmitida de sabio a sabio. Todos estaban en silencio. El mago se puso en pie y fijando sus ojos en la superficie del lago, extendió los brazos. Pero no tuvieron miedo porque junto al faraón nada podía pasarles. Las aguas se separaron en dos, y en el fondo, sin agua, brillaba la joya de turquesas. El mago bajó a recogerla y se la entregó a la joven. De nuevo las aguas volvieron a su sitio por orden del mago, y continuaron navegando felizmente sobre la superficie del lago.

La noticia se extendió por todo Egipto y más allá de sus fronteras. ¡La magia del faraón podía hacer milagros!

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