Dejando los prejuicios fuera de la maleta. Por Héctor Torres

Por Héctor Torres el 23/06/2016

Con su particular estilo cáustico de ver la vida, David Foster Wallace señaló en Hablemos de langostas, que ser turista “implica estropear, en virtud de la pura ontología, la misma cosa no estropeada que uno ha ido a experimentar”. Coincidiendo con tan severa observación, el antropólogo inglés Nigel Barley, señala que los turistas son la cara fea de todo el mundo, y que el turismo “convierte a los demás en pertenencias escenográficas que se pueden fotografiar y coleccionar.”

En No es un deporte de riesgo, este etnógrafo (autor de, entre otros títulos, su famoso El antropólogo inocente), hace claras distinciones entre el turista depredador y el viajero curioso. Este maravilloso libro, a mitad de camino entre la crónica de viajes y el ensayo cultural, y poblado de agudas y reflexivas notas, es también un pretexto para disertar acerca del hecho de que viajar es un modo de ver la vida. Es decir, se viaja no para conocer, sino para reconocerse en otro mundo, en otra vida posible. Viajar con respeto por el otro (es decir, prescindiendo de los prejuicios), deja ver Barley entre sus páginas, es estar presto a recibir la vida desde otra perspectiva.

Nigel Barley hizo un viaje a Torajaland, en lo profundo de Malasia, pueblo de personas sensibles y con un vehemente sentido de la amistad, y allí se maravilló con los fantásticos graneros de arroz, tallados a mano siguiendo técnicas milenarias trasmitidas de generación en generación. Ambicionó entonces, no la posibilidad de compartir su hallazgo con el mundo a través de fotos, sino llevar a tallistas torajas a un museo de Londres, para que construyesen esa maravilla a la vista de los visitantes a la exposición.

Este libro cuenta la historia de las vicisitudes en el viaje a ese remoto paraje, pero también la historia de los tallistas torajas en Londres, hospedados en su casa, mostrando la otra cara de la misma extrañeza. “A veces era como si alguien los hubiera enviado para hacerme sufrir a mí lo que en mi infancia había hecho sufrir yo a mis padres”, señala en una de sus tantas notas cargadas de humor, ingenio y dudas acerca de la pertinencia ética de sus acciones y de su visión occidental del mundo.

En una era en que se suplantó el viaje por las imágenes de satélite, hay algo en el primero que no pierde su encanto: es la constatación directa e insustituible de todo lo que hace al otro distinto y, sin embargo, igual: religión, costumbres, comidas, ritos para cortejar, ocupación del tiempo libre y todo eso que se llama cultura y engloba las formas en que aprendemos a vivir la vida que nos toca, en el sitio en que nos tocó nacer.

Un gran cronista sabe conseguir historias en cada pedazo de vida en la que pone su atención. Y este libro, con sus maravillosas anécdotas, denota la pluma de un gran cronista. Anécdotas sabiamente escogidas de ese fantástico viaje del autor por los profundos pueblos de Malasia para entregarnos esa cualidad sagrada de la literatura: ofrecer historias maravillosas jamás oídas.

No es un deporte de riesgo, de Nigel Barley (Anagrama)

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