De Colombia a Venezuela: viaje al país de la desidia

Por Javier Morales el 25/01/2016

Prólogo

Desidia. Hay palabras envenenadas y otras que envenenan. Hay las que ni siquiera conocen aquellos que están envenenados por ellas, el enfermo que no conoce la razón de su mal y mucho menos la cura, aquél que escucha atento las palabras del médico pero no las entiende, sabe que algo anda mal, sabe que algo puede andar bien o se sabe perdido de antemano. Creo que así vive el venezolano de estos días, de estas horas y de estos minutos que pasan mientras escribo esto, porque lo acabo de ver, los vi, la vi, una Venezuela que parece hija o aliada de la herrumbre, víctima de una enfermedad de la que no conoce el nombre, ya sin fuerzas para buscar una cura.

Volví a Venezuela hace pocos días. Viví en ese país diez años (2002-2012) y pude aprender mucho sobre su idiosincrasia, aprendí que la nación del caribe es muy extensa, por ejemplo, aprendí a mezclarme y a querer eso que para otros es desorden, pereza y sinvergüencería. Tres años después de vivir nuevamente en Bogotá, mi ciudad natal, y de ver desde la distancia eso que dejé y que parece ser una bomba de tiempo, ese país que se reclama a sí mismo en crisis y nadie sabe qué tan verdaderamente lo está, ese país que unos admiran y otros repudian; pude ver que la distancia todo lo altera, que no hay testigos que valgan si no son nuestros propios ojos, y no me refiero solamente a los medios de comunicación, me refiero a las amistades, a conocidos y familiares que lo comentan en las redes sociales, que también llegan a Bogotá y cuentan cómo están las cosas, cómo para ellos están las cosas, pero no hay apreciación ajena que valga, solo estar ahí, volver y verlo para escribir esto que ahora escribo.

El itinerario fue breve y para nada planificado con intenciones de construir este texto. Este texto nace al revés, cuando mi esposa y yo atravesamos la frontera colombo venezolana y volvemos a estar del lado colombiano, cuando siento que podemos respirar tranquilamente de nuevo, que una extraña presión, tensión o miedo, finalmente se apartan de nosotros y nos atrevemos ahora sí a sentir el hambre y el dolor de cabeza y de cuello por el viaje de todo el día, y veo el BIENVENIDO A COLOMBIA en un fondo verde, limpio, que tantas otras veces vi en viajes familiares o con mi padre hacia Cúcuta, pero que en ese momento veo lleno de alivio. Ahí entiendo que debo escribir sobre esto, que a pesar de no haber tenido intención alguna de viajar para convertirme en una especie de turista-reportero y tomar nota de cómo vive Venezuela en estos días, me impongo la tarea y escribo, porque lo poco que vi vale la pena contarlo.

I
La ida

Lo primero. La gente sabe que el bolívar es una moneda que ha pasado a no valer nada. Para nuestro viaje hicimos un cambio que pasó una y otra vez por las calculadoras de nuestros celulares para saber cuánto era necesario cambiar, cuánto podríamos necesitar en Venezuela. Cambiamos quinientos mil pesos, una cantidad que no alcanza a ser un salario mínimo en Colombia, una cantidad más que generosa para una semana, pero todo viaje es costoso aun teniendo la estadía asegurada. Nos pareció una cifra adecuada, pero nos preocupaba enormemente la cantidad de dinero en la que eso se convertía en moneda venezolana. Rondaba los cien mil bolívares (el salario mínimo venezolano se acerca a los siete mil) y sin embargo, tras preguntar mucho a conocidos en Venezuela, se nos aseguró que no era un monto exagerado si no queríamos pasar algún apuro por dinero.

Aquí debo ilustrar la incomodidad que significaba para mi esposa y para mí (para no mencionar el tremendo temor) llevar tanto dinero en efectivo durante nuestro viaje por tierra desde Cúcuta hasta Maracaibo: el billete de mayor denominación en Venezuela es el de cien bolívares y nos daban cien mil bolívares en efectivo. Ya pueden calcular la cantidad exagerada, grosera, intimidante, de billetes que debía buscar distribuir y transportar en nuestro muy moderado equipaje (una maleta pequeña para los dos y un par de morrales a la espalda). Al ver tal cantidad de dinero vinieron a mi mente todas las imágenes posibles de películas de mafia, documentales de narcotráfico, incautaciones de dinero, transacciones bancarias millonarias, entre otras que prefiero no mencionar para no herir susceptibilidades; eran demasiados billetes y aun así —luego lo supe— era tan poco dinero.

Pasada esta aventura monetaria tomamos rumbo hacia la frontera, hacia el Táchira boscoso, húmedo, de una flora extrañísima que confunde en las mismas montañas palmeras, matas de sábila y cactus junto con helechos y otras plantas y árboles destinados a tierra más fría. En San Cristóbal tomaríamos un bus expreso que nos llevaría durante la noche hasta Maracaibo.

En el terminal de Cúcuta la primera noticia que nos dieron fue que no había carros por puesto hacia San Cristóbal y mucho menos alguno que estuviera dispuesto a detenerse en ambos lados de la frontera a que mi esposa sellara su pasaporte con la salida de Colombia y la entrada a Venezuela. Nos ofrecieron un servicio de taxi que nos llevaría hasta San Cristóbal, haría las respectivas paradas y nos cobraría cincuenta mil pesos. Perfecto. Aunque, ya en camino, calculé cuánto eran esos cincuenta mil pesos en bolívares: ¡eran más de nueve mil! ¿Nos alcanzaría entonces el dinero que llevábamos durante toda nuestra estadía? No sabíamos si éramos turistas pobres o ricos, no teníamos certeza alguna de lo que podría venir más adelante. Era claro que las cosas no estaban igual a cuando hice ese mismo recorrido decenas de veces, cuando estudiaba en la universidad en Venezuela, entre seis y nueve años atrás.

En medio del trayecto, el taxista, oriundo de San Cristóbal por cierto, nos dice que debe hacer una pequeña parada. Se detiene junto a un pequeño quiosco de empanadas que atiende un hombre de edad avanzada ?digo atiende pero no había un alma en la carretera a pesar de que eran casi las nueve de la mañana, ninguno de los otros quioscos alrededor estaba abierto; ese hombre esperaba, no atendía, seguramente dedica sus días a esperar que alguien pase por ahí queriendo algo, que no necesariamente tiene que ser un café y unas empanadas?, son conocidos, charlan y el anciano desaparece detrás de una florida cortinilla. Mi esposa y yo decidimos aprovechar la parada para desayunar.

Al regresar, el hombre lleva un par de botellas de gaseosa llenas de lo que claramente es gasolina. Se la entrega al taxista y le dice que mire bien pa’ bajo de la carretera, no va y sea que venga un guardia porái.

Pido un par de empanadas para nosotros y un café negro grande (la palabra “tinto” no existe en estas tierras). Las empanadas nos sacaron sonrisas cómplices porque extrañábamos la sazón de las frituras venezolanas que suelen ser muy características, sobre todo por su manía de acompañarlas todas con una salsa tártara, rosada o simple mayonesa; pero el café era en realidad agua azucarada con esencia de café.

Una vez el taxista vacía las botellas en el tanque pide un café y siguen charlando. Yo prefiero ignorar la conversación, ahora sé que no debí hacerlo. Ya listos para irnos pregunté cuánto debíamos, el hombre, lleno de arrugas, frotándose ambos brazos resignado, me dice “doscientos bolívares”.

El camino hacia San Cristóbal fue breve. Había muy pocos vehículos en la vía y solamente nos encontramos con una alcabala (bellísima palabra de origen árabe que para los venezolanos es cualquier control vial de alguna autoridad: policía, Guardia Nacional, Ejército, fiscales de tránsito; una palabra para ellos nada emparentada con la belleza), creo que era de la Guardia Nacional, le pidieron la cédula al taxista, le hicieron preguntas, oí la palabra gasolina entre otras cosas, a nosotros apenas nos miraron, el taxista dio varias explicaciones que sonaban claramente a disculpas y, luego de un silencio cómplice del guardia, nos dejaron seguir nuestro camino.

De San Cristóbal solo conozco dos sitios: el terminal de transporte terrestre y el Centro Comercial Sambil. Nunca he dormido en esa ciudad y creo que no está en mis planes hacerlo alguna vez, sin embargo, algo me decía que debía contemplar aquella posibilidad en esta ocasión ya que no sabía en qué situación se encontraba la oferta de transporte hacia ciudades como Maracaibo, si no lográbamos conseguir un pasaje para esa noche tendríamos que dormir en San Cristóbal. Afortunadamente no fue así, aunque en la primera taquilla de una línea de expresos a la que nos acercamos nos dijeron que ya no viajaban para Maracaibo. A nuestras espaldas preguntamos en otra línea y conseguimos pasajes para ese mismo día a las seis de la tarde (luego sabríamos la suerte que habíamos tenido). Cuatrocientos cincuenta bolívares costó cada pasaje, una tontería en pesos, pero recordé que hace menos de cuatro años ese mismo pasaje costaba cincuenta.

Nos fuimos al Sambil, único lugar en el que sabía que podríamos pasar el rato y almorzar algo antes de que fuera la hora del viaje. El taxi nos cobró doscientos cincuenta bolívares (ahora veo que una carrera de taxi, que no tomó más de diez minutos de trayecto costó casi la mitad de un pasaje en bus expreso a otra ciudad a casi quinientos kilómetros de distancia y ocho horas de viaje), ya empezaba a escasear el dinero que habíamos decidido llevar a mano y apenas habíamos hecho tres compras en bolívares.

Una vez entramos al centro comercial mi esposa quiso ir a alguna librería. Allí hay dos de cadena nacional: Tecniciencias Libros y Librerías Nacho. Cuando nos acercamos a la vitrina de la Tecniciencias me empecé a burlar de que los libros recomendados fueran enteramente pequeños manuales breves de cocina y una que otra novedad política más dos novelas de María Dueñas, pero luego mi esposa me dijo que mirara hacia arriba, hacia las estanterías del fondo y no lo pude creer, estaban vacías, tan vacías que pensé que se estaban mudando, pero no lo estaban, tan vacías que me alejé dos pasos y preferí que siguiéramos de largo.

A pocos locales de ahí estaba la Librería Nacho. Su aspecto bien iluminado y menos desolado que la anterior nos invitó a entrar de inmediato. Pero el panorama no mejoraba en absoluto. Las estanterías estaban llenas pero de apariencia. Los libros estaban puestos con la portada hacia afuera para que ocuparan mejor el inminente vacío de las estanterías. Me llamó la atención que tuvieran una pequeña montaña de ejemplares de la Antología de Crónica Latinoamericana actual de Darío Jaramillo Agudelo presentada a los clientes como una gran novedad. Nos antojamos de un par de títulos de autores venezolanos pero no nos atrevimos a comprar, porque, aunque los precios iban desde los cuatrocientos, ochocientos, mil bolívares (títulos de Alfaguara mayormente) hasta los mil ochocientos y dos mil cuatrocientos (títulos de Tusquets), lo que se traduce en libros absurdamente baratos si lo convertimos a pesos, había algo descompuesto en todo ello, algo que no pertenecía al orden natural de las cosas y preferimos salir con las manos vacías.

Almorzar era todo un interrogante. Conocíamos buena parte de las franquicias de comida, pero nos preguntábamos cuál podría ser la más confiable, de dónde no saldríamos defraudados a pesar de gastar una paca de billetes y con el estómago suficientemente lleno para soportar el viaje de toda la noche. No había una buena forma de saber. Nos decidimos por un antiguo favorito que no daba mala pinta, un Burger King (verán, en Venezuela comer en estos sitios de comida rápida siempre será más económico que cualquier otra opción, más o menos como sucede en los Estados Unidos pero no de una forma tan exagerada. En Venezuela la comida casera es un lujo y así lo ha sido desde mucho tiempo antes que estos días de crisis). Mi esposa quiso probar suerte pidiendo una ensalada pero no había, así que tuvo que pedir un King de pollo como yo. Ya habíamos oído hablar de la escasez de papas fritas en estas cadenas, lo que las había obligado a ofrecer cosas como yucas o arepitas fritas, que resultaban, además, opciones mucho más económicas. Así que el combo fue con arepitas para ambos.

A pesar de ser la hora de almuerzo, un viernes de vacaciones, en el centro comercial más popular de la ciudad, en el lugar había exactamente diez clientes, con nosotros incluidos. Recibimos nuestra comida y todo se veía bastante normal. Las arepitas nos llenaban de curiosidad pero desde el primer mordisco nos quedaron enormes dudas sobre qué eran realmente esas pequeñas piedras de masa rancia, refritas y sin sabor alguno. Ya no había sorpresas cuando ataqué mi sándwich, el pan estaba evidentemente rancio y el pollo había sido freído con aceite reutilizado, no había duda. Pero comí sin dejar nada, ni siquiera pena, desazón, vergüenza, lástima, me comí todo porque sabía que así podrían ser nuestros próximos días. Había que acostumbrarse.

El resto de nuestra estadía en el centro comercial nos dio ejemplos de muchas más cosas fuera de lugar, era una especie de torcido juego de engaños, de mentira a voces, ver las estanterías de tiendas de zapatos donde solamente exhibían unos cuantos o el mismo modelo repetido, donde los ganchos en los que colgaban las camisas, si los mirabas de lado, dejaban ver que no había nada más que dos o tres al frente, tiendas de autoservicio en las que las estanterías estaban llenas pero de botellas de gaseosa de litro y medio porque es todo lo que tienen para ofrecer.

Y, a pesar de todo esto, las cosas parecían marchar en total normalidad, todos parecían conformes, diligentes, movidos por alguna rutina que ahora me pregunto si también es falsa como esos estantes y vitrinas. Vimos filas en cines para ver la única película que se anunciaba en cartelera, todas las demás vendrían “próximamente”, vimos filas sorprendentemente largas para entrar a los bancos y para usar los cajeros electrónicos, filas para comerse un helado en un siempre sobrevalorado McDonald’s, vimos mujeres con niños en brazos, muchachos disfrutando de las vacaciones con sus amigos riendo por los pasillos, vimos que nadie parecía darse cuenta de lo que pasaba o sencillamente lo habían aprendido a ignorar muy bien. Eso nos deprimió terriblemente. Para ese momento yo solo quería tomar el bus que nos llevara durmiendo hasta Maracaibo y estar lejos de todo eso.

Entonces, después de llevar varios minutos caminando en silencio, mi esposa dijo “lo peor es que estoy segura de que todo debe estar peor en Maracaibo”. Temí y supe que debía tener razón.

El viaje en la noche no tuvo mayores sobresaltos. La incomodidad y el intenso frío del aire acondicionado son escenarios esperados en este tipo de viajes e íbamos preparados. Pero a la mitad del camino ?en realidad no hay manera de que sepa dónde nos encontrábamos en ese momento? el bus hizo una parada y dos hombres se subieron. Inmediatamente me puse tenso. Está prohibido recoger pasajeros en medio de la carretera y son tantas las historias sobre atracos e inseguridad en esos viajes que habíamos escuchado que ya esperaba lo peor. Sin embargo, se ubicaron en las sillas contiguas a las nuestras y se apagaron las luces del bus para seguir andando.

Aun así no podía estar tranquilo, los miraba de reojo cada par de minutos y entonces vi que uno de ellos contaba dinero, mucho dinero. El sonido de los dedos que se deslizaban sobre cada billete y la luz de la pantalla de un celular era todo lo que se percibía en ese bus de dos pisos. Me obligué a quedarme dormido, no quería saber nada de lo que sucedía en esas sillas a mi lado. Entonces, varios kilómetros adelante, volvió a abrirse la puerta del bus y dos soldados de la Guardia Nacional subieron. Pensé que harían el habitual chequeo de cédulas pero no fue así, buscaban puestos libres para viajar y ya no había. Uno de ellos recorrió el pasillo a mi lado y pude sentir que apestaba a anís. Estaban borrachos y quién sabe para dónde iban. Con el bus casi aún en movimiento, se volvió a abrir la puerta y así se fueron.

El bus se detuvo y se encendieron todas las luces. Abrieron la puerta y alguien anunció “Maracaibo”.

En ese momento eres lo que queda de un zombie, no eres un ser autogobernado, y así te obligas a poner los pies en movimiento y descender la plataforma del bus y tocar tierra. Son casi las cuatro de la madrugada y el suelo todavía hierve, porque lo primero que sientes es ese olor característico de Maracaibo a latas y asfalto caliente, ese mismo olor que sentí trece años atrás cuando pisé por primera vez esas tierras, ese olor que me llevó a escribir una serie de tweets que luego publiqué como ¿Qué recuerdo de mi primer día en Maracaibo?

Allí estaba nuevamente, en la llamada tierra del sol amada. Una cantera de bullicio y calor como pocos lugares en este planeta. Allí estaba y no sabía qué pensar, solo quería encontrar a quienes iban a buscarnos y poder dormir antes de que saliera el sol a abrasarnos, así, con S, lentamente, por los siguientes siete días.

II
La quietud

Maracaibo es una oda al amarillo, al polvo y a la quietud. Sin embargo, su cielo suele ser una inmensa cúpula azul sin mancha. Apenas unos cuantos jirones de nubes ligeras, que parecen rezagos de un mar cercano, decoran las esquinas del horizonte. No hay aves a la vista, pero hay pares de zapatos colgando, guindando dicen, de los cables eléctricos y pienso que son las aves de este paisaje que te ciega por tanta luz y calor, dos botines negros que ya no aletean allí, pendientes de esos hilos también negros que atraviesan toda la ciudad y encienden su único motor: los aires acondicionados, la paz de ese infierno, la última esperanza que le queda para seguir llamándose ciudad y no desierto.

Maracaibo es un gran puerto, un lugar clave en la geografía de toda la región y un lugar con historias fascinantes de piratas, túneles subterráneos, islas para condenados en vida por la lepra, animales míticos, tambores de ensueño, fascinante mezcla de razas y música ancestral. Maracaibo es un lugar dueño del embrujo del sol y el reflejo del agua, con la superstición a flor de piel. El gigantesco lago y el puente que decora su cuello más como un grillete que como un collar, son elementos majestuosos para cualquier paisajista. El alba y el ocaso pueden confundirse, pues son exactamente iguales, no hay montaña que circunde esa gran cuenca de tierra naranja y domada por las ventiscas.

Así es como me gusta ver y recordar a Maracaibo, y más o menos así la pueden ver en una cuenta de Instagram en la que Yesika Urdaneta suele publicar paisajes marabinos (también de otros lugares de Venezuela) que enfocan hacia espacios fuera del lugar común de la ciudad.

Los días que estuve en Maracaibo parecieran fáciles de contar porque no fue mucho lo que pudimos hacer mi esposa y yo, pero, visto a profundidad, ese simple hecho lleva a contar sobre otras tantas cosas como los efectos de la quietud.

Por mucho tiempo creí que la quietud de Maracaibo era ilusoria, que la ciudad se mueve a su manera y que los días van arrastrándose a sí mismos como queriendo sobrevivir al inclemente sol. Fui testigo, en su momento, de una ciudad cuyos hilos internos se mueven con la misma profusión de las grandes ciudades, que el engranaje de la idea de ciudad no le era ajeno y que en Maracaibo bien se podía vivir y trabajar. Eso fue más de tres años atrás cuando vivía, estudiaba y trabajaba en esa ciudad. Ahora que he regresado y la he vuelto a mirar con cierta distancia pero con el ánimo de hacer un juicio más o menos justo, he confirmado cosas que temía y me he podido sorprender con otras que pocos auguraban, ni siquiera en los presagios más pesimistas.

La quietud de Maracaibo ya no se corresponde con aquella que recordaba, una quietud más relacionada con la pereza y la constante intención de evitar a toda costa el sol y el calor, la tradición de sentarse en el frente de las casas a jugar dominó, tomarse una cerveza o simplemente charlar a gritos, gritos felices y amistosos, propios de todo buen maracucho; ahora la quietud de la ciudad era producto del miedo. Las calles ya no se pueden transitar como antes, mucho menos cuando la amenaza del sol ya ha depuesto su tarea y ha dado paso a la ya no tan agradecida presencia de la noche.

Los índices de inseguridad en Venezuela son tan elevados y tan conocidos por todos que me ahorraré las referencias concretas al respecto. Pero ver que las calles de Maracaibo estaban casi desocupadas a las seis de la tarde es lo último con lo que esperaba encontrarme.

La vida nocturna en Maracaibo a veces parecía la vida de la ciudad en sí misma. Salir a comer en algún puesto de comida rápida ubicado en cualquier calle y en cualquier esquina, visitar los centros comerciales, ir a bares y restaurantes, visitar a amigos y familiares, incluso, asistir a conciertos corales, obras de teatro o clubes de cine en museos ubicados en el centro de la ciudad. Todo esto se vivía con mucha intensidad en Maracaibo hace unos años. Las calles se abarrotaban de carros y la actividad parecía en cada barrio mucho más fructífera en las horas de la noche. Pero en el primer recorrido que hicimos en carro después de las seis de la tarde durante nuestra visita me produjo tal extrañeza que aún me cuesta explicarlo. Las calles no eran las mismas, los carros transitaban sin ninguna congestión y en cada cuadra era posible ver los locales cerrados, los porches de las casas solos y ningún puesto de comida callejera a la vista.

Luego vino la advertencia de quienes estaban con nosotros al pasar por un sector de la ciudad: “esta parte se ha vuelto zona roja. Si te paras mucho tiempo en el semáforo en cualquier momento te tocan la ventana”. Y no es precisamente con los nudillos sino con la cacha de una pistola; entonces debes bajar el vidrio y entregar lo que tengas. “Por eso es mejor que mientras vayamos en el carro no prendan los celulares, aquí ya no se puede ver ni la lucecita de los celulares”, y el mío se hizo entonces gigante en el bolsillo del pantalón, incomodándome durante todo el recorrido. La idea de poder tomar algunas fotos sobre lo que veía y que valdría la pena mostrar al regresar de este viaje se arruinó por completo; creía plenamente en esas palabras de advertencia.

No salíamos. Durante el día no salíamos a absolutamente ninguna parte. Debíamos esperar a que llegaran por nosotros, como niños que esperan a que sus padres vuelvan del trabajo, para que pudiéramos ir de forma más segura a comer algo, a hacer una compra o una visita a familiares y amigos.

Aproveché ese tiempo de encierro y quietud para entregarme a la lectura y en ciertos momentos prender el televisor y ver algunos canales nacionales, especialmente los del gobierno.

El que más llamó mi atención fue el canal de las FANB (Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas), TV FANB. Llamó mi atención por el presentador del programa, un militar de alto rango por supuesto, quien iniciaba la emisión sentado a un escritorio revisando periódicos, papeles y libros con fingidos ademanes de naturalidad, muy típicos por cierto en toda la televisión venezolana. El programa versaba sobre la historia de un importante buque de la Flota Naval. Pero no me interesó lo que decía sino cómo lo decía, el acento, cadencia y verbigracia del fallecido Hugo Chávez resplandecían en cada expresión del presentador.

Era asombroso y a la vez enfermizo porque recordé que años atrás eran los más cercanos seguidores políticos de Chávez (hoy en las altas esferas del poder venezolano) quienes habían optado por imitar a su líder en cada gesto y en cada frase. Ahora era posible ver que cualquier seguidor del gobierno, hasta un ciudadano de a pie, era capaz de hablar de una forma asombrosamente parecida a su comandante.

El resto de canales se dividía entre la transmisión de insoportables programas de variedades y más canales entregados por entero a hacer propaganda al gobierno desde diferentes frentes.

La televisión venezolana se debate entre la búsqueda para soportar el día a día a través de la vanalidad y la lucha a ciegas por una causa revolucionaria.

En las numerosas visitas familiares que hicimos a la casa de la abuela de mi esposa era posible ver otros síntomas de la quietud que se ha tomado a Maracaibo: primos de mi esposa que no estaban asistiendo a clases en su universidad porque o estaban en paro o había desmanes. Entonces me enteré de cómo una de las universidades privadas de Maracaibo, que goza de cierto prestigio, llevaba varias semanas sitiada por grupos de revoltosos adeptos al gobierno buscando ejercer presión para que el rector (un opositor) renunciara a la universidad. Por otra parte, la universidad pública en la que yo estudié y me gradué, La Universidad del Zulia (LUZ), permanecía en paro intermitente con fuertes disturbios y con constantes denuncias de inseguridad por hurtos tanto a estudiantes como a las instalaciones.

Era claro que la ciudad no era la misma. Estaba sitiada por el miedo y una desazón constantes.

III
El regreso, la posibilidad del futuro

Cruzar la frontera y ver que el mundo hace “click” a tu alrededor, como si alguien hubiese encendido la luz después de haberte acostumbrado a la oscuridad, es justamente lo que sentí cuando vimos el anuncio BIENVENIDO A COLOMBIA, cuando fuimos a las oficinas de migración colombianas y todo parecía hacerse de manera más sencilla, casi lógica, porque no había ningún misterio detrás de una puerta (no había puerta siquiera), podías ver cuatro funcionarios atendiendo en las ventanillas (un sábado después de las 8 p.m.), la fila se movía rápidamente y pronto mi esposa tenía el sello que confirmaba que había vuelto, que estaba de regreso, que era bienvenida, y yo pensaba en que pasarían años antes de volver a pisar ese lugar del que veníamos, donde la espera para el sello de salida en las oficinas de migración venezolanas había sido de una hora, donde la puerta de las oficinas era un vidrio quebrado cubierto con papel oscuro que permanecía cerrada para dejar pasar un grupo de personas solo cada cierto tiempo, ahora le dábamos la espalda a ese lugar y no teníamos la menor intención de mirar atrás porque allá el color era el más parecido al de la tristeza.

En la frontera colombo venezolana el movimiento de vehículos y personas es constante, pero llama particularmente la atención que precisamente en el lado colombiano, país en el que servicios de seguridad revisan pertenencias antes de ingresar a centros comerciales, el paso fronterizo está completamente desprovisto de retenes o de presencia militar y policial que solicite algún documento o revise equipajes, del lado colombiano hay gente que trabaja cambiando moneda o vendiendo cualquier cosa. Del lado venezolano asombra el despliegue de efectivos de la Guardia Nacional que revisan a cada lado de la vía a peatones, personas en moto, motorizados les dicen, y automóviles en todo momento. Son cientos de funcionarios que trabajan exhaustivamente en el control de un asunto que no controla nadie: el contrabando de gasolina. Miles de galones pasan a Colombia sin importar cuántos controles se establezcan.

La gasolina en Venezuela no cuesta nada. Es más caro comprar una botella de agua de seiscientos mililitros que llenar el tanque de cinco carros de alto octanaje. Curiosamente, todavía se tanquea un carro con el mismo precio que hace diez y hasta veinte años. El precio de la gasolina no se ha alterado en medio de la crisis y genera ambiciones muy grandes en los contrabandistas colombianos que abastecen buena parte de los vehículos del Norte de Santander, la Guajira y Arauca, con gasolina venezolana revendida. Esto ha sido tomado por el Estado venezolano como un serio problema fronterizo y en los últimos años ha tomado medidas para controlar el abastecimiento de gasolina en su territorio colocando dispositivos electrónicos a los carros que se encargan de registrar la cantidad de litros que tanquean por semana, de manera que un carro no pueda comprar gasolina de más y verse tentado llevarla a Colombia para revenderla.

Estas medidas han provocado, de manera paulatina, una afectación en el servicio de transporte municipal en todos los estados fronterizos hasta el punto que muchas empresas de buses expresos que ofrecían hasta dos viajes diarios entre ciudades ubicadas cerca de la frontera (como San Cristóbal y Maracaibo) ahora no ofrezcan ninguno o lo ofrezcan cada cierto tiempo. La oferta de transporte se centra en viajes al interior del país, especialmente hacia Caracas y sus ciudades cercanas.

Algo de esta situación habíamos comprobado en nuestro viaje de ida pero no parecía algo tan grave, tuvimos la suerte de conseguir pasajes para esa misma noche y a un precio justo. Sin embargo, pocos días después en Maracaibo, conseguir pasajes de regreso hacia San Cristóbal nos enfrentó a la realidad.

Según el itinerario que yo había previsto, por mi experiencia haciendo esos viajes hacia Cúcuta años atrás, pretendía que compráramos pasajes en un bus expreso, tal como habíamos hecho en el trayecto de ida, y viajáramos un viernes en la noche para llegar a San Cristóbal el sábado en la mañana, cruzar la frontera hacia Cúcuta, pasar la tarde-noche allí y regresar el domingo a Bogotá en nuestro vuelo ya arreglado. Sin embargo, ya el jueves mi esposa sentía inquietud sobre las posibilidades de conseguir pasajes con facilidad, yo estaba convencido de que no habría problema y que, además, de nada nos servía ir al terminal a buscar pasajes el día anterior porque había una norma que prohibía la compra de pasajes de un día para otro, todos los pasajes se debían vender para el mismo día. Pero la incertidumbre de ella pudo más que mi seguridad respecto al tema y fuimos al terminal para estar más seguros.

Me tomó por sorpresa la baja afluencia de viajeros, teniendo en cuenta que Venezuela se encontraba en plena temporada de vacaciones de fin de año escolar. Nos dirigimos hacia la oficina de la misma línea de expresos en la que habíamos llegado a Maracaibo y la encontramos cerrada (con funcionarios adentro, luces encendidas, pero cerrada). Las demás oficinas estaban cerradas también. Era insólito, porque en mi memoria todos los expresos tenían la mayoría de sus servicios de viaje a partir de las 7 p.m., era esa hora en ese momento y no había ni siquiera un lugar al que recurrir para buscar información por lo menos. Entonces vi a una mujer en medio del pasillo que anunciaba pasajes hacia Maracay. Le pregunté si el día siguiente saldrían buses para San Cristóbal y me dijo que sí, que debía ir a las siete de la mañana para comprar los pasajes y que el bus salía entre siete y ocho de la noche. Con esa información pude tranquilizar a mi esposa y dispusimos todo para ir al terminal al otro día a primera hora.

Fue ese el día que contratamos al taxista amigo de la familia para que nos llevara al terminal de transporte a comprar los pasajes. Ese día supe que los venezolanos prefieren no hablar de cosas tristes y seguir adelante, como se pueda, cuando se pueda. Ese día comprendí que en Venezuela hace tiempo se acabaron las opciones y no queda más recurso que adaptarse a lo que haya.

Igual que la noche anterior, las oficinas de buses expresos estaban cerradas, pero había una larga fila, colas les dicen (no lo olviden), en una de ellas. Preguntamos y efectivamente se trataba de personas que buscaban pasajes hacia los Andes venezolanos, hacia Mérida o San Cristóbal, y se decía que esa empresa podría ofrecer pasajes. Mi esposa se ubicó en la fila, yo, con el amigo taxista nos separamos para indagar por otras opciones. En cada ventanilla abierta me decían ya no viajaban para allá, como si allá fuera un lugar perdido en el mundo años atrás; incluso, una vez di la vuelta entera al terminal y regresé a la oficina de la empresa de expresos en la que habíamos viajado desde San Cristóbal, me dijeron que ya no viajaban para San Cristóbal. ¿Desde cuándo, acaso?, quise gritarles. Quise decirles que el fin de semana anterior había viajado en uno de los buses de su empresa haciendo ese mismo trayecto, pero lo supe todo inútil, supe que las opciones y reclamos ya no existen en un país que debe pelearse cada día para asegurar lo básico, o que comete cada día la testarudez de pelear por lujos innecesarios, por vivir como lo hacían hace veinte, treinta o cuarenta años; inútil.

Regresé resignado a la fila para que mi esposa me contara que un funcionario acababa de informar que solamente viajarían hacia Mérida. ¿Tendríamos que ir hasta Mérida para desde allí buscar una manera de abrirnos paso hacia San Cristóbal y probar nuestra suerte? Era una opción. Otra opción que pude averiguar era la de unos carros por puesto que salían hacia San Cristóbal a las tres de la mañana, pero no era una opción muy segura ya que eran pocos los carros que salían y muchos los pasajeros, de modo que habría que llegar casi a la media noche al terminal para apartar un puesto de viaje. No quise temer, no quise desesperarme, pero aún no comprendía muy bien cómo en cuestión de tan pocos días de nuestra llegada, y de apenas pocas horas de haber averiguado si salían buses hacia nuestro destino, el panorama hubiese cambiado tan radicalmente. Todo era absurdo, todo era inútil. Por primera vez sentí que podíamos quedarnos atrapados entre tanta desidia.

Entonces reapareció nuestro amigo taxista y me dijo que lo acompañara a toda prisa, que había conseguido una empresa de buses pequeños que tenían pasajes para el día siguiente en la mañana. Ya había una pequeña fila pero un hombre nos había reservado un lugar, me ubiqué allí y al llegar a la ventanilla me confirmaron que sí tenían pasajes y que costaban cuatrocientos cuarenta bolívares cada uno (casi lo mismo que habíamos pagado por el pasaje en bus expreso desde San Cristóbal, pero esta era una línea de buses pequeños que viajaban durante el día y que podían resultar muy incómodos). Los compre sin mediar palabra. Saldríamos al día siguiente a las nueve de la mañana. Curiosamente, estos buses sí vendían pasajes de un día para otro.

El alivio de saber que, a pesar de todo, podríamos llegar a San Cristóbal contrastó un poco con la risa que me produjo la situación que siguió inmediatamente después a todo ello. Nos subimos al taxi (una camioneta Chevrolet Grand Vitara. En Venezuela cualquier vehículo puede usarse como taxi) y el señor nos dijo sin ninguna pena que tendríamos que ayudarle a empujar para poder salir del estacionamiento: hace varios meses tenía dañada la reversa del vehículo y por falta de repuestos no había podido mandarla a arreglar. El carro no tenía reversa, igual que Venezuela.

Empujé yo solo al no ser un tramo tan largo y para nada inclinado y salimos para seguir nuestro camino y escapar por unas horas del calor.

Nuestro último día en Maracaibo lo aprovecharía para ver a un par de amigos excompañeros de carrera en la universidad. Son una pareja de esposos que habían tenido la extraña idea de escogerme como testigo y padrino de su boda. Recuerdo que pocas veces me he sentido más honrado por la cercanía de una amistad como la de ellos en esos tiempos. Ambos son docentes en colegios privados de la comunidad Opus Dei de Maracaibo, colegios que aún pueden ofrecer empleos medianamente bien remunerados o, por lo menos, asegurarles cierta estabilidad a sus docentes.

Nos reunimos en un restaurante de sushi. Sí, sushi. ¿En la Venezuela sin leche, sin harina, sin productos de aseo personal hay sushi? Sí hay, delicioso y en todas sus variedades. A mí también me tomó por sorpresa. Y me tomó por sorpresa que el lugar se llenara, que la gente estuviera allí como si lo que sucediera afuera y en sus casas fueran simples episodios de la tragedia que dejamos a la mitad cuando nos apartamos por un momento de la novela que leemos. Así comimos y así conversamos.

Lo más notorio en ellos es que estaban felices, especialmente porque pronto tendrían a su primera hija y porque sus trabajos estables les habían permitido avanzar en sus vidas como pareja. A pesar de los hechos de por sí evidentes que mencionaban, como la dificultad para conseguir docentes de español, los bajos sueldos, las incertidumbres, el desperdicio de profesionales en carreras como letras y filosofía que preferían dedicarse a cualquier otra labor antes que seguir dando clases y dejarse arrasar por las deudas, no hubo un solo comentario de ellos que no estuviera tocado por la luz del porvenir, como si algo dentro de ellos marcara otro ritmo distinto al de todos. Entonces recordé a la clase de venezolano que conocí hace más de tres años en este elaborado desierto que se llama Maracaibo. En este par de amigos reencontré la imagen de los venezolanos que encuentran en todo el sinsentido una razón para subsistir y hacen parte de una gran cantidad de venezolanos que aun estando en desacuerdo no abandonan el barco, se quedan porque esa tierra tiene todo el valor imaginable para ellos. Y con esto no quiero decir que no piensen irse, puede ser y están en su derecho; tampoco quiero culpar ni justificar a quienes se han ido, esa ha sido su alternativa y en muchos casos hasta su buena suerte. Pero conversar con ellos en medio de salsas de anguila, wasabi y arroz apelmazado entre algas (jengibre no nos dieron, quizás ese sí estaba escaso), me permitió conectar con la idea de lo posible, de que a pesar de tantas dificultades es posible hacer algo por vivir, sobrevivir y avanzar, que en el fondo hay que seguir, con o sin desidia, con o sin frivolidad.

Hubo otras cosas que me permitieron ver que el afán de cada día en la situación de los venezolanos exalta la lucha por preservar ciertos pequeños placeres. Cosas pequeñas como el café. El café venezolano, fuerte, siempre negro y amargo, en el que difícilmente se encuentran los matices aromáticos del colombiano, pero que una vez es casi obligatoriamente endulzado llena de agrado cualquier paladar en las horas de la tarde, cuando la oda al amarillo que escribe el sol va deponiendo sus versos uno tras otro con la letanía de preguntas: ¿qué pasará?, ¿cuándo vendrán mejores tiempos?, ¿qué será de estas calles, estas antenas, estas nubes y estos colores? La existencia de un momento de café en cada tarde depara la posibilidad de esas preguntas en Venezuela, y mientras esas preguntas existan habrá caminos que encontrar y decisiones por tomar.

Crucé dos veces la frontera para ir y volver a una especie de espejismo. Aquí queda registrado para los próximos años, para leer en una próxima visita y, ojalá, descubrir que el paso del tiempo junto a la promesa de las nuevas generaciones confirmen que todo veneno produce su propio antídoto.

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