Crónica: “El escándalo de un carro”. Por Uriel Ariza-Urbina

Por Uriel Ariza-Urbina el 04/01/2016

En 1925 llegó el primer auto a la Provincia de Padilla y Valledupar, en el Caribe colombiano, y provocó el suceso más extravagante de su historia.

Hace unos cien años, las aldeas de la provincia de Padilla y Valledupar en el Caribe colombiano vivían un aislamiento inimaginable para el mundo moderno. No conocían la electricidad ni los motores y los mayores eventos eran los nacimientos de las personas, los animales y las crecidas de los ríos. Pero un suceso extraordinario cambiaría su historia con la aparición del primer carro, el mayor símbolo de poder y gloria de la época.El carro llegaría en 1925 a San Juan del César, una aldea conocida por su gente pretenciosa y malhablada. El futuro dueño del carro era un hombre rico y extravagante, respetuoso de los demás y, según las malas lenguas, descendiente de un prófugo francés de la prisión de Cayena en la Guyana Francesa, y que se habría refugiado en La Guajira en el siglo XIX y amasó fortuna adueñándose de tierras baldías y reses que deambulaban sin marcas.La noticia del “aparato que andaba solo” escandalizó a todo el mundo, excepto a un puñado de vagabundos que se deleitaban en el monte tarareando unos ritmos con acordeón que los negros antillanos habían llevado a esta región años atrás para aliviar la carga de la vida. Los nativos de la Provincia sintieron de inmediato que aquellas melodías tenían algo que ver con sus vidas, y empezaron a darle forma propia con sus vivencias, dejos y cantos.La nueva música empezó a contagiar a los más pobres con una fuerza inusitada. El dueño del auto pensó de inmediato que le podría arruinar su espectáculo. Sin embargo, al rico no solo le preocupaba el alboroto del acordeón sino un padecimiento físico que le provocaba mareos y vómitos ante los olores fuertes, y creyó que no soportaría el intenso vaho de la gasolina quemada.Estaba contra la pared, pero la vanidad lo empujó a una idea extravagante para sobreponerse a su asco. Instaló en su *mansión, donde vivía con su criado, más de veinte lámparas de petróleo y las dejó encendidas día y noche para acostumbrase al desagradable olor. Quince días después terminó intoxicado y con bruscos cambios de humor, producto del envenenamiento con hollín. Los chismosos husmeaban por los postigos de su casa y regaron el chisme de que el ricachón del pueblo se había vuelto loco de tanto pensar en el tal carro, pues lo veían hablar solo y hacer gestos sin sentido.La preocupación del rico seguía siendo la “vulgar” música de acordeón. Se escuchaba desde los montes, y los pobres la disfrutaban por las noches en las puertas de sus ranchos, mientras miraban en el cielo las Perseidas de agosto, una lluvia de meteoros cruzando el cielo durante todo el mes. Cuando el rico escuchaba los acordeones se salía de casillas y le decía a su criado que le iba a cambiar la vida a los aldeanos y los haría olvidar la música que, al parecer, poseía el secreto de hechizarlos y hacerlos felices.

El auto lo importaría de Detroit y le costaría seiscientos pesos, una fortuna para una época en crisis. Estaba tan engreído con su proyecto que no se enteró que la economía mundial no andaba bien. Ya no le paraba bolas al periódico El Tiempo, un privilegio que solo él disfrutaba una vez al mes y le llevaban en mula desde el pueblo de Valledupar, a unos 80 kilómetros, y que luego prestaba a un par de parientes cercanos.El periódico de la lejana capital colombiana adornaba la sala como otro signo de distinción, al igual que los floreros traídos de Aruba y los muebles Luis XV. Los pobres anhelaban algún día tener en sus manos siquiera un par de páginas del diario, no para leerlas porque no sabían sino para pegarlas con orgullo en sus ranchos y así darles un poco de dignidad. El rico guardaba bajo llave los ejemplares viejos, pero esta vez olvidó el de agosto. Un aldeano que hacía rato le pisaba los talones al periódico, aprovechó el descuido y un mediodía se metió al patio y le arrancó varias páginas y huyó. Las pegó con engrudo en la pared de su casa bajo el riesgo de ir al calabozo y someterse al escarnio público. Los noveleros hacían romería en el rancho para ver por primera vez un periódico y, sobre todo, olerlo y sobar las fotografías. El rico del pueblo no paró bolas a los rumores. Tenía en mente algo más importante.El arrebato de los pobres por la música de acordeón y sus intérpretes eran su dolor de cabeza. Una noche no aguantó más y ordenó al Inspector de policía prohibir la música, con el pretexto de ser “un ritmo indecente y vulgar que corrompe a las mujeres y a la juventud”. A la mañana siguiente, el cura del pueblo clavó en la puerta de la iglesia un memorial que proscribía el acordeón y excomulgaba a quienes desobedecieran la santa orden.

El “diablo” sale a las calles

Los acordeones no se volvieron a escuchar y hubo más silencio del acostumbrado. Una tarde llegó una caravana de mulas con una carga envuelta en lona. Los aldeanos pensaron que eran armas para otro conflicto, como la Guerra de los Mil Días, dos décadas atrás. Nadie imaginó lo que era: un Ford modelo 23, desarmado y traído en mula desde el puerto de Riohacha, tras quince días de viaje.El Señor mandó traer un mecánico de Bogotá para armar el carro, un menudo hombrecillo que enseguida se ganó la reputación de ser un mariquita de cocina. Algunos decían que era una especie de brujo, porque desde su llegada pasaban cosas raras y hasta aquelarres en el patio del rico. Un temible pistolero confesó que una madrugada de amor prohibido escuchó un rugido de mil demonios y olió el azufre del mismo infierno que salían de aquel patio, y por primera vez en su vida tuvo miedo y huyó despavorido con su amante.Los aldeanos entraron en pánico. Las mujeres rezaban, los niños no volvieron a bañarse en el río, y los hombres se armaron con chopos, machetes y viejos revólveres de la guerra. El cura anunció una mañana en plena misa que esa tarde, por fin, saldría el auto a las calles. Una muchedumbre bulliciosa e incrédula se arremolinó en la polvorienta plaza a la espera de la aparición del “aparato”. Todos se persignaban mirando a la iglesia.Por un callejón asomó el auto rugiendo como una bestia y provocó, según testigos de la escena, el momento más inolvidable y romántico de la historia de la región: niños, ancianos, mujeres embarazadas, perros y mulas formaron un tropelín parecido a la asonada de otra guerra de mil días.La gente gritaba histérica al ver al raro “aparato” que despedía un ruido y un olor muy extraños. Se acercaron cautelosos entre empujones nerviosos. Dentro de la esquelética máquina descapotada iban las tres personas más célebres del momento olorosas a colonia María Farina, que el dueño del carro les había untado para estar a la altura del suceso, aunque todos querían aspirar el humo del carro.

Las mujeres lloraban de emoción, los hombres gritaban vivas, los niños saltaban, el loco del pueblo gesticulaba como cuerdo, los perros aullaban, los enemigos políticos de la guerra fratricida se abrazaban como compadres, y varias señoras se rasgaron sus trajes en medio del frenesí y dejaron sus grandes tetas al aire y nadie se alborotó.Los amantes prohibidos se fugaron al río y las adolescentes se dejaron desflorar, el ladrón más descarado del pueblo sucumbió al espectáculo y por primera vez no saqueó las casas íngrimas…; en fin, ocurrió lo más parecido a un milagro. Solo cuando el carro se guardó al anochecer todos salieron de la conmoción arreglándose sus figuras de locos y se marcharon a sus ranchos.Esa noche nadie pudo dormir. El ruido del carro aún retumbaba en sus oídos y el pegajoso olor se había adherido a sus ropas y cabellos y no dejaban de olerse. Algunos quisieron olvidarse del asunto y se acostaron con sus mujeres para matar el tedio, pero sintieron un inusual desgano. Cuentan que una pareja de ancianos lo intentó y se infartó. A la mañana siguiente los encontraron aún abrazados como momias.Esa madrugada, en el ritual del café, nadie calumnió a nadie y no se echaron mentiras, algo cotidiano en la región. El dueño del carro tampoco pudo dormir, aunque sus motivos eran distintos: se devanó los sesos pensando cómo sacarle provecho al hechizo del carro sobre el populacho. Por la mañana tenía un plan que le dejaría una jugosa ganancia y dejaría al pueblo arruinado.Una muchedumbre desvelada rodeó el portón del patio del rico y le exigió la salida del carro. El Señor mandó decir con su criado que no tenía gasolina, pero como él era considerado les dejaría ver el carro una hora por solo cincuenta centavos. Prometió que cuando le llegaran las latas de gasolina Troco (Tropical Oil Company) desde la ciudad de Barranquilla, les dejaría dar un paseo en su auto ¡por un peso!, una cifra inalcanzable para la mayoría.

Provincia-de-Padilla-y-Valledupar

La novelería por dar un paseo en el auto dejó limpio al pueblo, mientras el rico empezó a padecer una rara enfermedad que el único médico de la Provincia diagnosticó como “caprichos de un hombre insoportable y necio, víctima de su insaciable vanidad”. El olor de la gasolina quemada le estaba estropeando sus nervios, su carácter y su salud.

El auto empezó a salir a otras aldeas con una recua detrás abriendo trochas porque no había carreteras. Al llegar a una aldea vecina sus habitantes se espantaron y un hombre se enredó en un arenal y fue atropellado. Falleció horas más tarde, pero nadie le paró bolas al suceso hasta un mes después, cuando se enteraron que la noticia había salido en el periódico El Tiempo, y entonces su muerte se hizo importante y protestaron.Los aldeanos de otra comarca cercana se ofendieron porque no les habían llevado el carro. El dueño les mandó decir: “no voy a destartalar mi joya en un pueblucho lleno de piedras”. Un General villanuevero de apellido francés compró su propio carro, y enseguida el pionero del auto vendió el suyo por el doble de su precio a su mejor amigo, y trajo un nuevo modelo.En poco tiempo llegaron más carros, y un camioncito al que le mandaron hacer una carrocería barnizada con el mejor ebanista de la región. Quedó tan bien hecha que parecía un fino mueble de sala, y a las autoridades les pareció hermosa y digna y de sacarla en las procesiones junto al santo patrono San Juan Bautista, y la exhibieron un mes en el atrio de la iglesia como otro objeto religioso.Entonces pasaron cosas extraordinarias: los pobres no sabían si reconocer a los ricos por el olor de la María Farina o por el humo de los carros. Ya no se dejaban hechizar por la pomposa fragancia cítrica y preferían el áspero humo y la grasa de los autos, mientras los niños corrían alegres detrás de los carros y se tragaban el vaho con el mismo placer del dulce de caramelo que salía detrás de los patios de los ricos.

Otro aparato: la radio

De un momento a otro los carros perdieron interés. Durante las elecciones presidenciales de 1930, un libanés barbudo apareció de la nada con un aparato del tamaño de una mesa que, según decía, podía hablar: la radio. La gente se conmocionó esta vez con las noticias políticas y se despertaron de nuevo los viejos odios políticos que había reconciliado el abrumador espectáculo del carro.El inspector de policía aprovechó la cantaleta enraizada entre liberales y conservadores y levantó la prohibición de la música de acordeón que tanto le gustaba, un ritmo que contagiaba cada vez más a la región, mientras sus cantores se hacían personajes idolatrados al igual que los presidentes, los santos y los héroes de la guerra.El precursor del carro se había encerrado en su mansión, mortificado por el sonsonete del acordeón, la radio y, sobre todo, al ver a la “chusma” paseando en los carros. Su criado también recuerda que lo perseguía el remordimiento por haber engañado a su mejor amigo al venderle su carro por el doble de su costo. Todas las noches se acostaba solitario y se ponía algodoncitos con María Farina en oídos y nariz para olvidarse de todo.

Para entonces, los carros, la radio, el periódico El Tiempo y el azúcar fundido dejaron de ser una novedad. La música de acordeón, más tarde llamada música vallenata, cautivó el alma de pobres y ricos con una exaltación sinigual y sin distingos políticos y condición económica. Los cantores provincianos habían dado identidad propia a la primera experiencia estética de un pueblo que se debatía entre el hastío, la pobreza y el abandono del estado.Hoy el arrebato de los provincianos por la música vallenata va más allá de la ostentación de los carros y cualquier moda que confiera importancia y distinción. La magia está en la raíz de un sentimiento perdurable en las gentes de esta región: la mezcla entre lo alegre y lo melancólico, una experiencia irresistible a un pueblo que con su música alivia la carga de tristeza que lleva dentro.

*Esta casa era conocida como “La casa del balcón”, y el escritor Gabriel García Márquez hace alusión a ella como la casa de las primas alborotadas de Fermina Daza, en la novela El amor en los tiempos del cólera.

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