“Coraline”, un libro para niños que no es un libro infantil

Por Aglaia Berlutti el 26/01/2017

Cuando leí por primera vez leí “Coraline” de Neil Gaiman era un libro desconocido. Faltarían unos cuantos años para que la historia llegara a la pantalla grande, por lo que tuve la extraordinaria oportunidad de imaginar la historia del libro de principio a fin. Quizás por ese motivo, lo disfruté tanto y entró a formar parte de esa colección de preferidos que guardo con mucho cuidado en la gran biblioteca que conservo en mi mente. Y es que “Coraline” apela a la imaginación y a la fantasía de una manera tan singular que resulta muy fácil construir una historia nueva cada vez, un mundo mágico en estado puro que toma forma de una manera tan sustancial como irresistible.

Porque “Coraline” es un libro para niños pero no es un libro infantil. Es de hecho, una historia casi adulta, en sus planteamientos, referencias, personajes y atmósfera. Pero aún así, conserva una cierta inocencia ineludible: La visión argumental de Gaiman retoma los elementos tradicionales de la literatura para niños, pero creando algo totalmente nuevo. La historia es una visión refrescante de la narrativa infantil que se sostiene sobre su propia lógica, una inquietante perspectiva de lo real y lo irreal que hace que el lector recorra caminos inexplorados en cada lectura. Tal vez se deba a Gaiman brinda a su historia una novedosa visión de lo siniestro, gracias a la evidentes referencias mitológicas inglesas, usadas antes por Gorey o Burton. O tan solo que “Coraline” se niega a ser una historia sencilla: utiliza lo aparente y la metáfora como un interminable juego de espejos, cada vez más complicado y sutil hasta crear una perspectiva de la fantasía, el miedo y el mundo onírico que describe con extraordinario detalle.

Resulta inevitable, crear paralelismos entre “Coraline” y “Alicia en el país de las Maravillas” de Lewis Carrol. De hecho, mientras leía la historia, más de una vez tuve la impresión que se trataba de una versión tenebrosa del clásico libro infantil. Hay una atmósfera inquietante y mágica que remite inmediatamente al universo creado por Carroll: la misma visión idílica de la niñez y más allá, el trasfondo mórbido, casi retorcido, deslizándose casi invisible en la historia. Como re interpretaciones de una misma visión esencial de lo infantil, lo extraño y lo misterioso, ambas narraciones parecen intentar mirar la ingenuidad del niño desde otro ángulo, asumirlo como parte de esa idea ambivalente y siempre en transformación de lo que consideramos real. Y quizás el triunfo de “Coraline” sea justamente ese: Brindar una perspectiva esencialmente novedosa a un historia que se ha contado muchas veces.

Como narración, “Coraline” sorprende además porque su autor logra captar de una manera muy realista esa voz interior del niño, más allá de la percepción del adulto. Un error común en la literatura infantil, es esa voz del niño excesivamente dura, formal. O en otras ocasiones, carente de la sencillez – nunca simplicidad – de la visión infantil. Quizás se deba a que Gaiman, padre de tres, dedicó especial atención a captar ese mundo disparejo y extrañamente sutil de la infancia o quizás, solo lo recordó. En una entrevista al respecto de la publicación del libro, el autor explicaba: “Recuerdo que cuando era un crío leí algunos libros, escritos por adultos, acerca de la niñez o desde la perspectiva de un niño. Y al leerlos pensaba: ¿Por qué no se acuerdan? No hace tanto que esta gente tenía ocho o diez años, no pueden tener más de cincuenta… Son sólo cuarenta. ¿cómo es que se han olvidado?” Así que no resulta sorprendente el cuidado a esa voz interior de su personaje, tal vez por el hecho que el autor renuncia desde el principio a entrar en la mente de una niña. Y es que quizás uno de los mayores aciertos del libro, sea esa respetuosa y sutil tercera persona desde la cual se narra la historia, contando la perspectiva de Coraline, pero jamás analizando sus pensamientos, ni tampoco dándole un cariz adulto. Hay una exquisita distancia entre la pluma del autor – y su opinión sobre el mundo de Coraline, sobre sus vivencias – y el niño lector de cualquier edad que construye la historia en su imaginación.

Neil Gayman es un escritor prolífico, eso nadie lo duda. Y también le gusta retarse así mismo: su larga colección de historias incluye desde la interesante y muy recomendada novela “American Gods” hasta su incursión en el comic “Misterios de un asesinato”. No obstante, “Coraline” parece ser una nueva prueba a su talento, a esa capacidad suya de reconstruir conceptos viejos en visiones totalmente nuevas. Más aún, esa necesidad del autor de construir insólitas perspectivas de lo evidente, de comenzar otra vez a contar una historia vieja desde un ángulo desconocido. Y es sin duda, ese elemento novedoso lo que hace a “Coraline”, una sorpresa dentro del genero para niños: es una historia de terror, pero también es un libro infantil, y también es una historia que tal vez, no pueda definirse a primera vista. El terror parece mezclarse con la inocencia, con un cierto sentido del humor melodramático que roza lo espeluznante sin serlo. Al final, Coraline deja al lector la sensación de recorrer un mundo inquietante pero tan hermoso que el recuerdo se hace perdurable mucho después de haber leído la última palabra, ese pequeño prodigio que solo un buen libro puede conseguir.

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