Conozca el único pecado que no tiene perdón según la Biblia

Por redaccionnyl el 12/09/2017

Durante miles de años, los seres humanos han tratado de expiar sus culpas de diferentes formas que siempre tuvieron que ver con el sacrificio de la carne: desde penitencias, hasta autoflagelación y sacrificios humanos, todas las culturas de la Tierra han interpretado que para salvar el alma es necesario superar la carne.

Los judíos, por ejemplo, sacrifican una oveja una vez al año para que sea ese animal “el chivo expiatorio” que cubre sus pecados, pero lo hacen porque no reconocieron a Jesús como el Mesías que estaban esperando y que murió para limpiar los pecados de todo aquel que lo acepte como su salvador.

Pero el mismo Jesús dijo que había un pecado que no podía ser perdonado: la blasfemia contra el Espíritu Santo.

Las escrituras enseñan que Dios es una trinidad compuesta por el Padre (Dios), el Hijo (Jesús) y el Espíritu Santo (aquel que es invocado), y en los evangelios se registra lo que dijo Jesús sobre la blasfemia contra esta última unidad divina.

En el libro escrito por Mateo puede leerse que Jesús dijo: “A cualquiera que pronuncie alguna palabra contra el Hijo del Hombre (Jesús), se le perdonará, pero el que hable contra el Espíritu Santo no tendrá perdón ni en este tiempo ni en el venidero” (12:32).

En el de Marcos dice: “Les aseguro que todos los pecados y blasfemias se les perdonarán a todos por igual excepto a quien blasfeme contra el Espíritu Santo. Éste no tendrá perdón jamás; es culpable de un pecado eterno” (3:28,29).

Y en de Lucas dice: “Y todo el que pronuncie alguna palabra contra el Hijo del Hombre será perdonado, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón” (12:10).

Es importante considerar los acontecimientos que condujeron a esta advertencia tan severa. Los milagros de liberación de endemoniados siempre llenaron de asombro a las multitudes. En aquella oportunidad Jesús había liberado a un hombre endemoniado, ciego y sordo, y la gente se había asombrado en gran manera. Algunos decían: “¿Acaso será éste el hijo de David?”, con lo que lo estaban reconociendo como el Mesías.

Pero levantaron la voz un grupo de fariseos “maestros de la ley” que habían bajado de Jerusalén. No eran residentes de Galilea sino escribas que habían viajado con el fin de perseguir y acusar a Jesús. Su oposición a Jesús era consciente, premeditada, voluntaria, presuntuosa y esforzada. Estos fueron los que gritaron: “¡Está poseído por Belzebú! Expulsa a los demonios por medio del príncipe de los demonios”.

Cristo les respondió mostrando en primer lugar lo ridículo de tal aseveración. ¿Por qué querrá Satanás destruir a su propia obra? Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no puede seguir en pie.

En segundo lugar, Jesús anunció el medio de su ministración: no Belzebú, sino el Espíritu Santo. Pero si expulso a los demonios por medio del Espíritu de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a ustedes.

En tercer lugar declaró su triunfo sobre Satanás diciendo que nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y arrebatarle sus bienes a menos que primero ate al hombre fuerte. Jesús señalaba que precisamente él había llegado a la tierra para deshacer las obras del diablo y liberar a sus cautivos. De no ser que él, el Ungido, tuviese autoridad sobre Satanás, no podría estar liberando a los endemoniados. No se trataba de una manifestación del poder de Belzebú sino más bien una proclamación de su derrota.

Debemos notar que el pasaje en ningún sentido enseña la existencia de demonios grandes, “hombres fuertes”, que rigen sobre las grandes ciudades. El “hombre fuerte” del pasaje es singular y se refiere sin duda a Satanás mismo. Hay que señalar también que la frase “hombre fuerte” es una metáfora usada por Jesús como ilustración. No es una declaración afirmativa de otra realidad distinta a la de la autoridad del Señor sobre Satanás.

Pero Jesús no deja la cosa ahí, no más. La acusación de los fariseos no se podía tomar con ligereza. Cristo deja en claro que no podían los oyentes quedar indiferentes ante este conflicto entre él y sus acusadores. En seguida proclama que quien hable contra el Espíritu Santo no tendrá perdón.

¿Qué es blasfemia?

La palabra castiza no es más que una transliteración del griego blasfemia que viene de la unión de los vocablos blapto (injuria) y feme (dicción). Significa entonces injuriar, calumniar, vituperar, difamar o hablar mal.

Las palabras de los fariseos eran blasfemas porque eran perversas, mentirosas y malignas. Decían que las obras de Cristo eran del diablo, pero sabían bien que no lo eran, tal como Jesús les señaló. Los fariseos no pecaban en ignorancia, ni en un impulso del momento, sino de forma premeditada y contra su propia conciencia de lo que Cristo hacía.

¿Por qué imperdonable?

¿Es acaso el Espíritu Santo más importante o más divino que Cristo? ¿Por qué declaró el Señor a la blasfemia contra el Espíritu Santo un pecado imperdonable? Hay una razón muy sencilla. El perdón de Dios se recibe cuando una persona sensible a la iluminación del Espíritu Santo reconoce su pecado y maldad y se arrepiente de ellos, confesándolos a Dios. La convicción del pecado es precisamente una obra del Espíritu Santo, Juan 16:8-11. Quien blasfema contra la tercera persona de la Trinidad resiste testarudamente su convicción contrario a luz ya recibida. Por eso no se arrepiente ni recibe perdón de Dios. Mientras se resiste a la convicción del Espíritu no puede haber perdón. La advertencia es que se puede llegar a resistirlo en forma tan obstinada y decidida que se cae en un estado de perpetuo rechazo, tan convencido queda por su forma de ver las cosas.

El pasaje nos enseña que la blasfemia contra el Espíritu Santo involucra el rechazo de su mensaje sobre la persona y obra de Cristo. Es el rechazo del testimonio del Espíritu quien nos impulsa a reconocer a Cristo como el Salvador y a confiar en él para salvación.

La blasfemia contra el Espíritu Santo no es un pecado cometido en ignorancia o impulsivamente como en los casos de personas quienes antes de conocer el evangelio se mofaban y hacían burla de las cosas del Señor. Quien comete el pecado imperdonable se deja llevar consciente y deliberadamente a un estado de tal depravación espiritual que no sólo se burla de las cosas de Cristo, sino también opera abiertamente en contra del Reino de Dios a pesar de conocer plenamente la verdad del evangelio. Su corazón está tan endurecido que resiste absolutamente la luz del Espíritu. Prefiere las tinieblas del error, Juan 3:19,20.

Si una persona teme haber cometido el pecado imperdonable, y está angustiada por este temor porque anhela alcanzar la salvación, no ha cometido el pecado imperdonable. De otra manera no sentiría tal convicción y temor.

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