Cómo un espantoso crimen rural se convirtió en “A sangre fría”

Por Aglaia Berlutti el 24/09/2016

L a novela “A sangre Fría” desconcierta, abruma y en ocasiones, aterroriza. Tal vez se deba a su ritmo mesurado, a su lenta y metódica mirada de lo cotidiano hacia el horror. O quizás solo a que humaniza a esa noción de la maldad en estado puro que hasta entonces había resultado incomprensible para el lector americano de su época. Cual sea el caso, “A Sangre Fría” no deja indiferente a nadie: obliga a la reflexión, incluso directamente incomoda. Eso, a pesar de que la historia que cuenta no es diferente a tantas otras ocurridas en cualquier parte del mundo, a pesar de que su autor no utilizó la violencia como metáfora ni mucho menos un símbolo concreto. Quizás, lo esencial en el planteamiento de “A Sangre Fría” sea se atrevió a mirar el dolor, el asesinato y el miedo como una pieza dentro de un complejo mecanismo social. Una visión del hombre y la cultura que lo acoge descarnado en su sutileza. Una noción del espíritu humano primitiva, donde el impulso por la violencia forma parte de su identidad, más allá de toda razón, de toda idea compleja. La violencia como elemento natural en la identidad del hombre.

Y es que el escenario de la tragedia descrita por Truman Capote – observador nato de la realidad contemporánea – no podía más emblemático: un pueblo modélico de la Norteamerica Profunda, de esa que se asume así misma atemporal, símbolo de un país que se mira así mismo con indulgencia. El célebre y tan cacareado American Way of Life. Y es que los campos interminables de la Kansas bucólicas es uno de los estereotipos más evidente de la cultura estadounidense, con su belleza radiante y su carga de mensajes sutiles sobre la cultura que se asume así misma como absoluta. Incluso el hogar de la mítica Dorothy, la heroína del Mago de Oz, se encuentra justamente en el Centro de los valles y campos en flor de una tierra idealizada. “Y vuelo a lo alto, desde el país de mis abuelos” dice Dorothy, en la historia original.

Para el cínico Truman Capote, el paralelismo debió ser inevitable y quizás, incluso necesario. Y es este por entonces escritor desconocido, una celebridad menor – o al menos así se llamaba así mismo – que ansiaba la fama se dedicó a destruir con su novela quizás el único cuento de hadas autóctono de un país inocente. Lo hizo con un talento magnifico para desmenuzar la realidad hasta dejar abierta y expuestas las heridas de una cultura que se vanagloria, llena de indulgencia. Utilizó esa noción del país modélico para contar una historia de horror mínimo desde un ángulo totalmente nuevo. El blanco y negro de la moralidad americana pareció llenarse de grises, de la noción de la realidad vulnerable que parece sostener con esfuerzo todo lo demás. Hasta entonces, ningún escritor se había atrevido con la osadía de Capote, a exponer al país real, a la Norteamerica más allá de sus prejuicios y silencios. A dejar en tinta y papel la evidencia que escondido bajo los relieves de una sociedad que se comprende así misma como idílica, coexiste el miedo. El horror. El puro instinto animal.

Tal vez por ese motivo, desde la fecha de su publicación en 1965, la novela se convirtió en un inmediato éxito y brindó a su autor la fama que tanto añoró por años. Se le consideró como pionera, una revisión al género de la crónica, el documento literario e incluso, algo tan novedoso como la no ficción novelada, termino que el mismo autor utilizo más de una vez para describir su obra más conocida. Y no obstante, “A Sangre Fría” parecía ser algo más, mucho más complejo que un súbito fenómeno cultural y una mirada dura a la dudosa moral tradicional. Había un elemento árido, filoso en la forma como Capote concibió la historia y es ese elemento de ruptura – una grieta que separa la realidad y la fantasía de la obra – lo que la hace espléndida.

Incluso la misma historia de cómo se escribió la novela, parece adquirir cierto halo de enigma cuando se analiza, como si se tratara de piezas que encajan para crear un mosaico perfecto de una realidad totalmente nueva. Durante los últimos meses del año 1959, Truman Capote leyó la noticia del asesinato de los cuatro miembros de una familia de granjeros en un remoto pueblo de Kansas. La noticia, minúscula y que podía haber pasado desapercibida, describía casi con frialdad como los asesinos?—?un par de individuos anónimos sin especiales antedecentes violentos?—?se llevaron un botín ridículo. El relato completo del asesinato ocupo una anónima columna en la página de The New York Times. “Asesinados un granjero adinerado y tres miembros de su familia”, reza el diminuto titular, perdido entre las cientos de informaciones del periódico. “Fueron muertos a tiros de escopeta”. “Las líneas de teléfono estaban cortadas”. “Los cuerpos fueron hallados por dos amigas de la hija”. Apenas 283 palabras para describir, con una simplicidad directa, la tragedia que cambió al pueblo victima para siempre. El asesinato había sido brutal: los cuatro miembros de la familia habían sufrido una larga noche de terror antes de morir a balazos. Un crimen brutal sin un móvil claro.

Intrigado por el tema?—?curiosamente, no por el caso en sí?—?Capote viajó hasta el lugar y empezó a investigar lo ocurrido. Lo que encontró fue una historia despiadada, cotidiana, cruel en su frugalidad que le sorprendió y le conmovió. Cuando Capote conoció a sus asesinos?—?que detenidos y juzgados esperaban en el corredor de la muerte?—?se sorprendió de su normalidad. De hecho, es esa visión del mal real, el cotidiano, el inesperado, el que parece esconderse en la ambigüedad de lo consideramos normal lo que hizo de su novela “A Sangre Fría” un triunfo de critica y de ventas y la convirtió quizás en el evento literario más importante de la década.

Holcomb, el escenario real de la tragedia, miró con recelo al escritor extravagante y chocante que llegó al pueblo para investigar por cuenta propia una historia privada. Según los propios habitantes, Capote no miro el hecho con el respeto reverencial que le habían dedicado otros periodistas y escritores, sino que dedicó a investigar con una dureza que sorprendió y abrió viejas heridas. Por semanas enteras, escuchó relatos, comparó versiones, recorrió paso a paso el camino de los asesinos. Para los habitantes de Holcomb, la mayoría campesinos, el escritor era un hombre insoportable, un temerario excéntrico al que no comprendían muy bien. Aún así, respondieron a sus preguntas, le acompañaron en su recorrido y revivieron en su relato los traumáticos recuerdos de un crimen muy reciente. Desconcertó e irritó aún más que el escritor insistiera en hacer preguntas y concentrar su investigación sobre los asesinos y no en la familia Clutter, las victimas que para el pueblo se habían convertido en martires idealizados por el sufrimiento. “Muchos en Holcomb pensaron que se había aprovechado de su dolor”, explica Dolores Hope, que trabajaba en el periódico de la comunidad. Probablemente sea cierto: Capote impacable y audaz, sabía que la historia que estaba creando, paso a paso y desde su origen era un vehículo inmediato a la celebridad. Según un artículo sobre el escritor y su obra del The New York Times publicado en el año 1965, cobró unos dos millones de dólares por la publicación, todo un record para la época.

En una ocasión, se le preguntó a Capote como se le describía así mismo “Tengo más o menos la altura de una escopeta y soy igual de estrepitoso” dijo y fue quizás, la manera más elemental que encontró el escritor para dejar bien claro que su ambición literaria no era tan importante, y desesperada, como la de ser famoso. Así, a secas. Reconocido a un nivel extraordinario que le permitiera mostrar lo que consideraba era lo esencial de una nueva visión del mundo, que de alguna u otra forma encabezara. Hasta la publicación de “A Sangre Fría” Capote era considerado una rareza entre rarezas, una inteligencia frívola y mordaz que causaba más risas que verdadero respeto intelectual. “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”, llegó a decir, en pleno delirio de la fama, que lo encumbró no sólo como el escritor de moda en la opulenta Nueva York de la década de los sesenta, sino además como una revelación, un renovador de la palabra y sobre todo de la percepción del norteamericano común. Todo un triunfo para un hombre como Capote: Nacido en un barrio pobre de Nueva Orleans, el escritor siempre se miró así mismo como un petulante en ascenso. Una mirada festiva sobre la realidad y sus protagonistas.

Por ese motivo, suele desconcertar el tono duro y helado que utiliza en “A Sangre Fría”. Esa disección de la realidad que lleva a cabo con una pulso tan firme como implacable. Ya para cuando escribía la novela, era un drogadicto sin retorno y en varias ocasiones, se le vio borracho y abstraído, en medio de los campos de Kansas que tanto debieron obsesionarle. La publicación de la novela comenzó a capítulos en el New York Times y de inmediato, fue evidente que el Capote cínico y frívolo había dado paso a un hombre desconcertado por esa visión del mal en estado puro. Y es que el tono y la forma de la novela en formación, dejó claro que Capote había descubierto algunas cosas sobre la naturaleza humana, el dolor y la angustia, a medida que avanzaba en su investigación, que derrumbaba desde los cimientos el mito de la bondad del norteamericano promedio, de la violencia escondida bajo los pliegues de una sociedad hipócrita. Además, esta la evidente compasión que le despertaron los asesinos, como si pudiera comprender a través de su propia identidad radical y marginal la tragedia del otro. Todo un descubrimiento para el Capote egoísta e insustancial que hasta entonces había mirado al mundo desde un considerable distanciamiento. Todo un dilema moral que Capote intentó consolar con más alcohol y pastillas. Y es que para el escritor, lo que había comenzado como la construcción de una historia novedosa, se había transformado en algo más. Un debate moral que lo dejó exhausto, agotado y abrumado. Sabía que el éxito de su novela dependía de la ejecución de los reos pero también los comprendía, había una irremediable conexión entre la historia y sus victimas, vivas y muertas. Se llegó a decir que Durante las visitas se había enamorado de uno de los reos. Y que tragedia, tan Wilde, debió ser esa, para el frívolo y confuso Capote. La de decidir entre la fama que le esperaba al borde del anonimato y mirar morir a quizás, esa pequeña visión de la humanidad que había obtenido a través del dolor. Al final, ese mal cotidiano que conoció de pluma y como testigo triunfo: los asesinos fueron ejecutados, la novela se convirtió en un éxito y Capote en un renovador de la historia mínima americana. Toda una opereta del desastre.

Y es que no se trata si la Novela de Truman Capote compite en importancia con otras propuestas literarias de mayor calidad, profundidad y alcance. Lo que le brinda verdadera relevancia a su publicación, es quizás esa nueva visión de la litetura como un reflejo nítido de la sociedad. Más allá de su idealización o su crítica, Capote logró que su novela mostrara la sociedad en toda su frugalidad, en la desesperanza quebradiza de lo marginal. Sorprende, sobre todo, el hecho que a pesar de involucrarse de manera muy profunda con la historia?—?Cuando los asesinos fueron colgados, Capote asistió a la ejecución?—?la novela es de una frialdad desconcertante. La narración recorre paso a paso no sólo el crimen, sino su futilidad, la triste banalidad que llevó a la muerte a los miembros de una familia y poco después, a dos hombres que cometieron el crimen sin posteriormente pudieran explicar el motivo. El resultado es la crónica novelada de un crimen absurdo. Se le analizó desde el cariz de un género inédito y de hecho Capote proclamó más de una vez haber inventado una nueva manera de observar la realidad a través de la escritura «novela de no ficción». El libro ejerció una notable influencia sobre el incipiente «nuevo periodismo» de Thomas Wolfe, Hunter S. Thompson y compañía. Y de hecho, se considera a esa interpretación descarnada y violenta de la realidad, una nueva aproximación a la narración de lo cotidiano, sin cortapizas ni reflexiones. El caos existencial en estado puro.

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com