Chevige Guayke o el desenfado ficcional

Por Luis Figuera el 28/12/2015

Chevige Guayke, es un escritor polémico y mordaz, una especie de duende de la literatura subterránea, cuyo trabajo literario es de una innegable calidad. Sin embargo, algunos recopiladores han optado por dejarlo fuera de las listas de grandes narradores, para ellos “Paique y Otros Relatos” (1974), es un libro imaginario, una de las muchas ficciones del hijo de Rita, que siempre sueña y recrea esa oralidad del hombre costeño que un día vio llover pescado, y contempló lleno de asombro e ingenuidad como el fantasma de su madre, se le aparecía en aquella casa abandonada donde se supone habitó Eduviges González, y aprendió a conjurar la amistad, y el compromiso político, soma sagrado que aparece en muchos de sus textos de “Faltrilkera y Otros Bolsillos” (1980), donde los eternos fantasmas de la soledad de William Fulkner, desandan a lo largo y ancho de relatos llenos de seres nostálgicos que vienen y desaparecen en las grandes habitaciones de casas llenas de tristura, donde el hambre y la ausencia forjaron la vida de un escritor de una gran sensibilidad que fabula sobre el mundo de la infancia con sus secretos y añoranzas, y que de niño soñaba con un idilio como el que describe Gardel, en Amores de Estudiantes.

Más allá de los reconocimientos del autor de aquel célebre “Manifiesto contra la Basuratura”, que causo tantos dolores de cabeza, y que aún deja un mal sabor en la boca de las llamadas vacas sagradas de la literatura nacional, la cuentistica de éste irreverente relator trasciende las fronteras de “Karbhoro, un Lugar Absolutamente Verosímil” (1977), territorio mágico donde transcurren muchos de sus microrelatos, y que dio origen práctico a la creación de un imaginario personal , y atemporal, lleno de ficciones que es el principal signo de la obra del azote de concursos literarios como el Lola Fuenmayor, El Juan Meza Vergara, El Teresa de la Parra, y la Bienal de Poesía Aquiles Nazoa, donde arrasó.

Chevige Guayque jamás se ha quejado por estar en la lista negra de las letras o porque no lo incluyen en una antología de relatos venezolanos, donde indudablemente debe estar por textos como Paique, ganador del concurso de Cuentos de El Nacional en (1974), describe con lo que Charles Atlas, calificaría como el método de Tensión Dinámica en la literatura, la angustia y el miedo de su personaje principal que aprovecha sus propias fuerzas interiores
para recrear ese otro miedo que como una pesadilla se pega a los ojos del lector con sus sombras y fantasmas que terminan explicando y zurciendo la realidad político social que vivía Venezuela en ese momento.

En Historias que se cuentan solas (1992), y Sic transit gloria mundi (1993), se continua el hilo dramático de su mundo ficcional, dibujando en un círculo eterno la nostalgia de la infancia que es una constante en toda la narrativa de éste iconoclasta de las letras venezolanas, que le gustaba recibir a los jóvenes escritores envuelto en una bata de terciopelo verde anunciándose con su potente voz de barítono como Felipe Pirela, en aquella inmensa
quinta llamada Coral Gable, en Pleno Rostro Metáforico de Barcelona (2002), ciudad llena de soledumbre que intenta tomar presencia en sus textos para cerrar el circuito de los callejones y las calles llenas de desamparo, de espantos y personajes que regresan desde la muerte como en las páginas de Difuntos en el Espejo (1982), libro atemporal donde convergen todos los mundos imaginativos, llenos de personajes pueblerinos que regresan eternamente a contar sus dramas cotidianos poblados de imágenes y recuerdos fantásticos que le imprimen al libro un carácter lúdico donde la memoria parece no existir en el espacio de la realidad como la conocemos, y se entrelaza en ese otro territorio cerca de “La Muerte habita el Sitio donde la Vida mueve el Pie” (1985), cuento maravilloso que evidencia y pone de manifiesto las mejores técnicas del escritor, desenfadado e irreverente que hoy se pasea
en un traje de casimir y con un largo sombrero panameño por los espacios de la Biblioteca Pública Julián Temistocles Maza, donde hace labores como corrector de pruebas del Fondo Editorial del Caribe, y en sus ratos libres tira la suerte, vende ensalmes, y realiza sus curaciones como buen Blacamán.

Karbhoro

Todo estaba increíblemente igual y en el mismo sitio. El mismo muelle de madera aún estaba intacto y a sus costados permanecían atracadas las mismas embarcaciones. Los mismos muchachos se lanzaban desnudos al mismo mar, frente a los mismos crepúsculos.

La misma plaza y la misma estatua del mismo general y el mismo demente pronunciando los mismos discursos épicos-filosóficos montando en el mismo banco.

Las mismas Angoletas saltando en las mismas ramas de los mismos robles y de los mismos guayacanes. Los mismos músicos interpretando las mismas canciones.

El mismo viento afectuoso untado del mismo océano. Los mismos perros ladrándoles a los mismos duendes y a los mismos encapotados. Los mismos gallos cantando tediosamente a orillas del mismo mediodía.

La misma iglesia y el mismo cura. Las mismas calles taciturnas y casi milagrosamente igual y en el mismo sitio.

La misma mansedumbre. Los mimos ojos melíficos. La misma palabra sensible y elemental.

Sinceramente: estaba asombrado. El pueblo era el mismo de siempre. Qué alegría volver después de tantos años y hallarlo insólitamente igual.

No quería creerlo. Pensé en pesadillas, en alucinaciones.

Me acerqué a un hombre que descansaba plácidamente bajo un árbol, y le pregunté:

-¿Esto es Karbhoro, verdad?
-¿A cuál se refiere, al viejo o al nuevo?
-¿Y a hay dos Karbhoro?
-Sí; dos que son el mismo, pero el nuevo está más adelante en el tiempo, y el viejo es esta antigua fotografía en la que estamos usted y yo.

Karbhoro del “Libro difuntos en el espejo”

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