Carta de un tachirense a un amigo que se fue a Canadá

Por redaccionnyl el 28/06/2016

Querido Timoleón, no te imaginás la alegría que me produjo la lectura de las líneas que me enviates. Pensar que te fuites hace cuarenta años y nadie sabía pa’dónde te habías ido. ¡Hay que tener las chigüizas bien puestas pa’irse a vivir en el Canadá! ¿De leñador, ala? Con el hielo que hace por allá y decía tu tía Emerenciana que apenas te llevates una muda. Total, me contenta que te haya ido bien y que ya logrates la jubilación. Que te casates con una gringa y que tenés dos muchachos que ya graduates. Les mostré la foto a los carajos del barrio y el tariolas del Lucidio no te reconoció. ‘Tas gordo y colorao, como debe ser. Muy bonita la doña, saludala de mi parte.

 
 

Me pedís que te cuente cómo está San Cristóbal, qué ha pasado con los contemporáneos, etc. Son muchas las vainas que han pasado y esto ha cambiado tanto que no sé si la porra me dé. De partida te prevengo que ya casi nadie garla como nosotros y menos escribir como lo hacemos. Vos que aprendites idiomas, sabés que las lenguas cambian y lo que ayer servía para decir una cosa, hoy ya no se usa. ¿Te acordás cuando íbamos al pozo de «Las Sardinas» y lo atravesabas consumido? Hoy, ni está el pozo ni nadie se consume. Ya nadie sale espitao, volando ni mandao ante un peligro; los toros no se esgaritan; ya no se abanan los totes; ahora no te salen secas, loras, nacidos, lobanillos ni almorranas; las niguas y los chapetones se acabaron; los hombres ya no tenemos turmas, chigüizas o güevas; hoy las casas no tienen aposentos, zaguán ni pilastras; la gente no va al fondo a hacer aguas ni a cantar; los chinos no tienen nonos ni nonas; los micos desaparecieron de la dieta diaria, tampoco se consiguen gallinazos, pocas señoras cocinan mute o pira y son también pocos los que comen pajarilla, menudo o cosa’epan; ya no venden en la pesa ni guargüero ni bofe; no vuelan los chulos encima de los mortecinos; los niños no juegan runcho, coca, a las cuarenta matas ni a la candelita; no se consigue pan sobao, mojicones, mogollas ni colaciones; los dulces de leche cortada de las Cacique se fueron con ellas; la guardia prohibió la venta de cachimbo, puro o con eneldo o manzanilla; ya nadie va al mercado con mochila de fique, maruza, canasto o pollero; no se usan calzones, naguas y no existe ropa de entrecasa; desaparecieron los piscos y ya nadie te jode imitando sus graznidos cuando los pantalones te quedan cortos; se acabaron los sobrenombres; ya nadie apuntala en la tarde ni toma aguamiel; las muchachas no tienen batatas, cuadril ni cangrejera; el güitomí con chicle bomba no existe así como la bolera y la juña; hay poca gente que se siente frasca, imperiosa, repelente y, mucho menos, pinga o soca; ya casi no vienen centranos o reinosos; los pesados son especie en extinción; no usamos agualucema patico; desaparecieron los noveleros; nadie cae hoy bombiado si le jondean una pedrada; son pocos los que se sienten enguayabados o les da ecoyunto; ya no se escartuchan muchachas pues la cosa no es mogolla; ya no se dan arepazos ni pescozones; cuando llueve nadie se ensopa. Y si te atrevés a decirle ala a alguien, se calienta y te responde que él no es colombiano. Se olvidan dónde nacieron los nonos.

Cómo te habrás dado cuenta, querido Timo, si regresás algún día por el pueblo vas a tener que aprender a expresarte, de manera tal que la gente nueva te entienda. Como lo que se oye por la televisión y la radio es chicuca ventiada, te aconsejo que pongás algún canal venezolano de esos que salen en el cable. No es nostalgia, Timo; no es que yo esté alargando la cadena del ancla o encerrado en el mismo juguete, es que nos vamos quedando con tan pocas cositas. ¡Ah, qué cabeza la mía! Se me olvidaba decite que todavían quedan algunas palabritas de las de antes. Para tu alegría, el toche sigue reinando en el Táchira. Y la cuca y la bizcocha. Hay todavía imbombos y a pesar de la vergüenza que nos da cuando nos vamos a vivir en Caracas, por lo del hablao, la musiquita no nos abandona, particularmente esa «n» que nos sale de lo más profundo cuando decimos Ramón, mamón, Chacón y que nos delata como nacidos en esta olvidada tierra, que ahora se divide, por obra y gracia del muerganaje, en dignos y los que no lo son. Acordate también que en eso de diminutivos y aumentativos nadie nos gana, por ello algunas tienen bizcochononón y otros toches chiquititicos. No pensés mal, pero ahora toches son los bobarrones, los tariolas, los imbombos, los pendejos. Una tochadita es un regalito que hacemos, eso sí, con cariño. Las tochadas, las mismas que vos conocites antes de irte, al igual que las pingadas y las muerganadas. Venite tranquilo. Llegá a mi casa y traé la doña. Vas a encontrar a San Cristóbal muy cambiada; quizás no la reconozcás porque de tantas vainas que le han hecho la han vuelto fea.

Timoleón, yo no sé si vos conocés una vaina que dijo Fernando Pessoa, un poeta portugués, sobre su país: que valía más la gloriosa memoria que el futuro incierto. Estas líneas que te escribo me tienen frasco. Más todavía: mi nieta me dice nono y como en la propaganda de la tarjeta de crédito, eso no tiene precio. Recibí una abrazo extensivo a los tuyos. Te recuerda y te espera, Guiomar Caminos.

«Diario de La Nación», 21-12-2001, p. D/4 (Edición Aniversaria)

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