Carolina Petkoff y el origen histórico de nuestro gusto por lo exagerado

Por redaccionnyl el 21/04/2017

Típico que un joven latinoamericano camina por las calles de cualquiera de nuestras ciudades tomado de la mano con su amada novia y pasa una mujer de dimensiones hinchadas y preciosas como Carolina Petkoff.

El joven trata de disimular, pero la chica es la que confiesa haber notado su presencia para criticarla. Algún comentario como “está toda operada” sale de la boca de esa hipotética pero probable novia. El joven sigue sin decir nada hasta que ella busca interpelarlo: “¿A ti te gusta una mujer como esa?

La respuesta del muchacho usted la sabe, ella también, todos la sabemos. No le gusta: le encanta. Pero evidentemente ese muchacho prefiere guardarse sus gustos reales y responde: “A mí me gustas eres tú, mi amor” –palabras mágicas que deben ir acompañadas por un ligero cambio de tema para el que se recomienda algo importante que olvidó decirle.

Vemos a la venezolana Carolina Petkoff con sus turgentes cualidades físicas y lo segundo que se nos ocurre (lo primero es deseo) es preguntarnos cuándo y cómo fue que nos comenzó a gustar lo exagerado.

La respuesta es siempre. Siempre nos gustaron esas dimensiones. Siempre deseamos a mujeres como ella. Los senos grandes han sido interesantes para los hombres desde que aparecieron sobre la Tierra por dos motivos: son la característica física más evidente que diferencia a ambos sexos, y porque además unos similares fueron su primera fuente de placer cuando apenas eran lactantes.

Pero los hombres también aman las piernas atractivas y las nalgas torneadas. El motivo es que la naturaleza ha hecho que todas las especies se sientan atraídas sexualmente por semejantes que parezcan sanos. Eso con la intención de que los genes se transmitan efectivamente a la siguiente generación –leer “El amor, las mujeres y la muerte” de Arthur Schopenhauer.

Evidencia de la antigüedad de los gustos por la voluptuosidad y la grasa aquí y allá en el cuerpo de la mujer es la Venus de Willendorf, escultura prehistórica con enormes senos y enorme trasero que simboliza la importancia de la fertilidad.

Ante tales obviedades la pregunta que habrá que hacerse es cuándo nos comenzaron a gustar las flacas como la novia del hipotético chico de la historia. Para eso habrá que remontarse, a falta de datos anteriores, a la locura de los años 70 por la modelo Twiggy, flaquita con senos mínimos y traserito de niña que hizo que las mujeres tetonas de su generación usaran trapos debajo de la camisa para ocultar sus atributos y verse más “elegantes”, y que además condicionó a todas las de las generaciones ulteriores a ser siempre delgadas.

Los hombres más elegantes vieron a las niñas bien proclamar su delgadez y se maravillaron al punto de que ahora muchos dicen preferirlas como modelos de pasarela solo que para alardear de que consiguieron una así, pero la verdad es que cuando están solos o entre amigos procuran al igual que un camionero de esta parroquia a una delicia como Carolina Petkoff sin que les importe un bledo que sus atributos sean artificios estéticos para causar deseo.

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