Borges, Hitchcock y El gran Gatsby: la simbiosis cine-literatura

Por redaccionnyl el 24/01/2016

Publicada en 1925, El gran Gatsby, es una crónica fastuosa del New York de los años veinte, la pluma de Scott Fitzgerald, retrata magistralmente el esplendor y luminosidad de la era del jazz. Poética y desoladora, la novela ha tenido cinco versiones en el celuloide, la última de ellas protagonizada por Leonardo Di Caprio, y ha merecido críticas de diversos estilos, y abre la posibilidad de examinar el origen de la relación entre el cine y la literatura.

El poeta León Felipe dijo: “El cine es una máquina de hacer sueños”, definición poética-filosófica que encierra el significado del llamado séptimo arte. En su libro “El Mundo del Cine” Montagu, ubica el origen en la antigüedad con la utilización de las llamadas “sombras inanimadas” esa antigüa diversión que aprendemos a reproducir cuando niños con las manos y los dedos ordenados de tal manera que simulen la acción del lobo devorando la oveja”.

La verdadera era de la cinematografía arranca en el Café del Boulevard des Capuchines de París con los hermanos Lumiere, proyectando sobre una pared la figura de un tren en movimiento, a partir de allí avanza vertiginosamente hasta bañarnos con su halo mágico.

Lingüísticamente podría decirse que el cine agrupa muchos lenguajes, de allí su comunión con la poesía. La cinematografía es la noción de lo que no existe expresado de muchas maneras. Es hora entonces de hacernos la pregunta: ¿Cuál es la relación cine-literatura? Quizás sería bueno recordar una cita de Teodorow: “Las palabras suponen la ausencia de las cosas, de igual modo que el deseo supone la ausencia del objeto… Ambos conducen a un callejón sin salida: el de la comunicación, el de la felicidad. Las palabras son a las cosas lo que el deseo es al objeto de deseo”.

La simbiosis cine – literatura ha existido por años. Recordemos la encantadora ternura de Meliés recomponiendo el mundo de las Hadas, pero sin lugar a dudas el iniciador de la unión tan felizmente perturbadora fue el norteamericano Porter, quien introdujo técnicamente en el cine la posibilidad de contar muchas historias en una sola. Vale la pena recordar ese hermoso libro llamado “Las Mil y Una noches”. ¿Acaso no fue Hitchcock la Sherezade del cine?: hablando del gran impertinente recuerdo una cita de Cabrera Infante en su libro Arcadia Todas las Noches: “Una técnica de ficción siempre devuelve a la metafísica del autor. La tarea del crítico es definir la última antes de evaluar la primera”.

En las Mil y Una Noches Sherezade es capaz de atrapar al rey y hacerlo posponer la sentencia de muerte, hábilmente despierta la atención de su interlocutor y luego interrumpe el relato cuando lo cree conveniente, dejando una sensación de angustia y ansiedad en el Sultán. Sin duda es éste el mismo suspenso que aparece en la obra de Hitchcoock, quien de vez en vez, nos recuerda con una impertinencia que raya en lo patológico, que todo es una ficción contada por él.

En las películas del Director Ingles, el miedo es la cara de la pantalla, porque lo imprevisible forma parte del código de su filmografía así lo demuestra en “Vértigo”, y “Psicosis”. Ambos filmes intentan introducirnos en un corpus narrativo donde el horror, lo inesperado y la ficción son constantes que habitan la realidad.

La relación: ficción-realidad, le permitió al antecesor más cercano de Hitchcock: Borges, el memorioso, construir relatos donde se mezclan impúdicamente datos reales con las más bellas invenciones de escritor alguno en lengua española.

La obra del argentino es una selva intemporal, un gran laberinto de muchos textos y un solo camino. La mayor preocupación filosófica de este gran escritor es domesticar el tiempo, reconstruirlo a partir de múltiples instantes recurrentes e infinitas realidades.

En el celuloide el padre del tiempo es David Griffith, quien descubrió y utilizo el close-up, método que permitió a los directores congelar imágenes y a través del artificio de cortar las fotos y volver a unirlas, recomponer el tiempo a partir de un instante único.

El tiempo está ligado íntimamente a la noción de ritmo desde los días de Ernest Lubitsch quien se hizo un maestro en organizar tomas para crear una sensación visual de sonoridad, esta eficacia en el manejo de las películas ha evolucionado en busca de una visualización poética de la imagen, las películas del desaparecido Akira Kurosawa son un buen ejemplo.

Kurosawa logra a través de una superposición de imágenes recrear la poesía, descifrar su contenido espiritual y transmitirlo al espectador, en Trono de Sangre conjugó magistralmente escenas de un lirismo poético, buscando la sonoridad del gesto para conmover a los espectadores.

Por ahora las perspectivas de una relación más edificante entre el cine y la poesía van por buen camino, y ojala dentro de quince años la sesta versión del Gran Gatsby, pueda con la ayuda de la tecnología, y el uso de ordenadores, lograr un reencuentro melodioso entre la prosa poética de Fitzgerald, y las imágenes presentadas en la gran pantalla como en alguno de los instantes sublimes logrados por Serge Einsenstein en “El Acorazado Potemkin” o los de Welles en “Ciudadano Kane”, según los críticos las dos mejores películas de los últimos cien años.

En el reencuentro cine-poesía está implícito el destino espiritual de la humanidad, porque sólo el exorcismo de la palabra podrá salvar a un mundo que revienta de hastío e indolencia.

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