Borges ante sus instantes. Por Karl Krispin

Por redaccionnyl el 13/06/2017

En los cien años del nacimiento de Borges, la prensa mundial ha honrado la memoria de este obsesionado por tigres, laberintos y espejos. Suplementos literarios han sido diagramados para urdir una nueva visita frente a sus “metáforas obsesivas”, donde casi ningún tema fue puesto de lado. De alguna forma hemos atendido nuevamente la invitación de Carlos Argentino Daneri para asomarnos al peldaño quimérico y recrear el Aleph, para contemplar todas las vísceras narrativas del escritor, sin descuidar cómo mucho de lo que representó estuvo también alimentado por sus lances de humor con los que intentó despojarse de tanta inevitable e inefable seriedad.

Como si fuera hoy recuerdo cuando estuvo entre nosotros. Aquella sala del Hilton apiñada. Yo no había comprado entradas y sin embargo gracias a unas muy respetables triquiñuelas de Luis Pérez Oramas, pude colearme al evento. Este método ilegal permitió igualmente al poeta Leonardo Padrón aposentarse en la exclusiva conferencia. Allí presenciamos la revelación de que era de carne y hueso y que hasta gagueaba entre ciertas frases.

Yo no me atreví a hacer pregunta alguna porque eso hubiese significado desacralizar la íntima relación que sentía. Baste decir que para justificar mi timidez, todas las preguntas que se le hicieron me parecieron insulsas y hasta banales. Yo simplemente quería enmudecer y logré seguir alimentando el mito de su testimonio al mundo, no obstante que el azar hubiese armado la escena posible de ponerlo frente a mí. Más tarde el propio Borges me daría la clave para entender la necesidad de este silencio con su prólogo a la saga del Padre Brown. El escritor organizaba la visita de Chesterton a Buenos Aires en los cuarenta. A última hora, el inglés canceló el viaje. Lejos de lamentarlo, Borges lo celebró argumentando que un encuentro con el escritor, un encaramiento con lo real y lo cotidiano, hubiese fatalmente desestimado el vínculo cómplice y franco que había logrado darle su literatura. Como anécdota merece traerse a cuento que cuando Borges entró en el auditorio, un escalofrío recorrió la sala. Mayz Vallenilla daba una ininteligible conferencia sobre las mónadas de Leibniz, pero ante la presencia del maestro el público presionó para que Mayz enmaletara la monadología y hablara sólo quien habíamos ido a escuchar.

Uno de los elementos que recorre la obra de Borges es el tema de impostor. Aquel que es y no es a la vez como en un reflejo simultáneo de las cosas. En el fondo Borges no hace sino recoger la tradición barroca de Shakespeare, Calderón y hasta Velázquez. El impostor es ilusión y construcción de la realidad: doblez y seguidilla del reverso en lance con su anverso. Sin proponérselo, Borges luego de Borges fue, víctima de una impostura: aquella que lo hace autor de unos incalificables y cursis versos que circulan por igual entre secretarias, publicistas, gerentes y hasta políticos. No son otros que los vomitivos “Instantes de mi vida”, como también se les conoce. (Si pudiera volver a vivir…Daría más vueltas en calesita, blablablá).

¿Quién inventó el despropósito de achacárselos? ¿Quién tuvo la ocurrencia humorística de jugar con sus tintas? ¿Quién tramó la conspiración de sembrarles su autoría? No lo sabemos, pero sí quién fue el autor de estas candideces que le aguan los ojos a los terminalistas de la banca. Y el arqueólogo que dio con el hallazgo, como el egiptólogo Howard Carter frente al sepulcro de Tutankhamon, para denunciar la infamia es Asdrúbal Baptista. De acuerdo a Asdrúbal, el indiciado es un oscuro colaborador de las Selecciones del Reader”s Digest. Y, oído al tambor, su edición de diciembre de 1977, trae un artículo titulado “Cosecharía más rosas” donde Don Herold larga los famosos versos, pero que alguien luego usurparía para darles su forma actual.

Señores oficinistas y mitómanos de toda laya: Instantes no es de Borges, ya no porque se haya descubierto su autor real sino porque si algo caracterizó al argentino fue su desapego a la cursilería. Queda por desenmascarar al verdadero impostor de esta conjura.

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