Bolaño tras la posteridad. Por Javier Morales

Por Javier Morales el 15/07/2016

Son realmente numerosas las imágenes a las que remite Bolaño cada vez que se cumple un nuevo año de su muerte, pero las mejores están en sus obras, en ese universo que construyó con cada una de sus lecturas. Rodrigo Fresán, el gran amigo de Roberto, dijo que hay lectores que escriben y escritores que leen, y que, sin duda, Roberto Bolaño era un lector que escribía; y te lo contagiaba: la lectura de sus textos te mueve esa necesidad por escribir, por contar algo, lo que sea. Bolaño sabía que las historias estaban en todas partes y que todos, en el fondo, no somos otra cosa que personajes, él solamente supo que lo único que hace falta para convertir esas historias y esos personajes en algo memorable es la literatura, relacionarlos con ella, así como nosotros, pobres lectores (pobres mortales), nos acercamos a ella y el día nos cambia (y creemos que lo que nos cambia es la vida; y tal vez así sea si cada día leemos algo maravilloso que nos cambia el día), hablar de personajes que leen, que escriben, que viven la literatura como un insumo de supervivencia muy parecido al oxígeno es la llave que abre la puerta de la posteridad. Para Bolaño la posteridad fue su muerte, su muerte prematura, el nacimiento del mito, como muchos lo llaman. Para Bolaño la muerte es su vigencia.

Se sabe muy bien que la obra de Bolaño fue una especie de carrera contra el pasado, ese pasado literario, cruz a cuestas, de las figuras latinoamericanas de los años sesenta y setenta. Asesinarlos era la meta, matar al padre, al hijo, a la abuela y a la sirvienta, matarlos a todos y dejar rastro, porque en el arte y la literatura todo es cuestión de créditos. Entonces uno ve el documental de TVE «Roberto Bolaño: el último maldito» y retumba la espantosa voz (pero qué bonito escribe) de Mario Vargas Llosa hablando maravillas del primer sospechoso de su propio asesinato. ¡Qué carajo! Todos saben que en vida los escritores del boom vieron a Bolaño como uno más y que solamente sus contemporáneos o siguientes en la fila (Villoro, Volpi, Fresán, Neuman, Vila-Matas, Zambra) apreciaron su obra mientras estuvo vivo; y sale Vargas Llosa a resucitar de entre los muertos, sacarse la estaca del pecho y tratar de abrazar a su verdugo. Parece algo escrito por el mismo Bolaño. Porque él sabía que el mundo de la literatura es así, vampiresco, caníbal, y que hay que luchar con ese mundo con espaditas de madera y fundas de almohada amarradas al cuello para luego, exhaustos, ir con ella a tomar un poco de limonada helada. Bolaño nos enseñó que con la literatura se lucha como se hacía con nuestro mejor amigo de la infancia. Que no le quiten ese crédito a Roberto.

Ahora que los derechos de sus novelas han cambiado de dueño uno sabe que ocho, diez, doce años hubieran sido más que suficientes para otro 2666, otro «Quijote» a manos de Bolaño, y en ese afán de saber cuál podría ser su próxima anti-novela, le han saqueado los cajones como los bolsillos de un peatón en cualquier dictadura, para ver qué pruebas tiene, para ver qué más lleva encima y poder decir que han publicado un nuevo libro del mítico Roberto Bolaño. Muchos le temieron a ese ejercicio de necropsia del escritorio de Roberto, porque puede acabar con el mito, puede hacer ver que era humano y que no todo lo que escribió era como hecho por un genio; pero el mito es lucrativo. Yo, sinceramente, no veo en ello mayor lío; con lo poco que pueda uno haber leído de Bolaño (a mí todavía me falta mucho) se hace difícil pensar que cada cosa que escribiera no tuviese algo de valor, así sea para morirse de risa; igual, lectores es lo que nos hace falta en nuestros países latinoamericanos, y si Bolaño logra reclutar desde el más allá a nuevas generaciones de infrarrealistas, pues que así sea. De todas formas el mismo Roberto ya lo había profetizado en su poema Horda:

«Poetas de España y de Latinoamérica, lo más infame
De la literatura, surgieron como ratas del fondo de mi sueño
Y enfilaron sus chillidos en un coro de voces blancas:
No te preocupes, Roberto, dijeron, nosotros nos encargaremos
De hacerte desaparecer, ni tus huesos inmaculados
Ni tus escritos que escupimos y plagiamos hábilmente
Emergerán del naufragio. Ni tus ojos, ni tus huevos,
Se salvarán de este ensayo general del hundimiento.»

Si así lo vio él, ¿por qué ha de suceder de manera diferente? La diferencia está en el tiempo. Esos realvisceralistas, que de pronto ni saben que en realidad son nuevos infrarrealistas, pero que se hacen llamar bolañistas, son el futuro y algún día estarán de ese otro lado, tal vez muertos como Mario Santiago o vivos y escribiendo como Bolaño. Porque sí, hoy, muchos años después de su muerte, Bolaño sigue escribiendo: cada una de sus lecturas se convirtió en el tremendo conjunto de su obra, cada una de nuestras lecturas lo mantienen vivo y escribiendo. Como también lo mantienen vivo escritores que lo incluyen como personaje en sus novelas, como es el caso de Soldados de Salamina de Javier Cercas. Y vaya que un tremendo personaje literario sí era Roberto Bolaño.

Ciertamente, de todas las maneras posibles han definido a Bolaño hasta ahora, y más definiciones vendrán; pero, hay un aforismo de Lichtenberg, el llamado filósofo de los escritores, que resume de forma totalmente coincidencial lo que representa este gran escritor chileno:

«Yo llamo grande al hombre que ha pensado, leído y experimentado mucho y que todo lo que él ha pensado, leído y experimentado sabe aplicarlo en cada cosa que emprende; por lo tanto también en cada libro que escribe, uniéndolo al objetivo de exponerlo tan gráficamente que todo el mundo tenga que ver lo mismo que él ha visto.»

Ese es Roberto Bolaño (1953-2003). No hay nada mejor que encontrar una definición que logra encerrar al escritor, perdido, en el mismo espacio que sus lectores.

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