Apenas un comentario de Enza García sobre el incesto

Por redaccionnyl el 04/04/2016

Me llama por teléfono un joven periodista de una revista local y me explica que no tuvo tiempo para leer mi último libro, pero sí el segundo y que sería fantástico que le respondiera unas pregunticas:

–A ver, mi amor, yo leí que te gusta escribir sobre el incesto. Los más entendidos dirían que eres nuestra Anaís Nik (sic). ¿Qué me dices al respecto? ¿Por qué te gusta ese tema? ¿Es una manera de disfrazar algún evento personal?

A estas alturas no me sorprende que me pregunten que si lo del incesto es personal. Es una idea divertida. Si juntas mi trabajo con todas las historias bellas que cuento sobre mi papá, pues nada: dos más dos son cuatro.

–Mira –le digo– me gusta escribir sobre el incesto, la maldad femenina, las diferencias sociales y cierta realidad política porque me gusta ver si fastidio un poco al lector. Me gusta la idea de que se sienta cuestionado. El incesto es un tema infalible: la gente tiembla, porque a le gente no le gusta hablar de eso. Con respecto a Anaïs Nin: me parece una comparación muy desafortunada. La he leído poco porque todo lo que he intentado leer de ella me resulta vomitivo. Hablo como lectora, no como experta: no podría leer a esta tipa en un mundo donde existieron Virginia Woolf o Katherine Mansfield.

–Pero en tu cuento «Sauce con pájaros negros» eres muy gráfica sobre el tema y me parece que manejas un tono confesional. ¿No será que los escritores se aprovechan de una supuesta ficción para desquitarse?

Lo pensé un segundo: este tipo no solo insiste en acusarme de haber tenido o tener una relación carnal con mi viejo, sino que además pone en duda mi capacidad para construir ficciones.

–Sin duda escribo para desquitarme. Por ejemplo, mencionar el crimen de los hermanos Faddoul es una forma un tanto vengativa de preservar mi propia memoria y la memoria de los impunes. Es exagerado creer que el cuento de uno puede afectar el curso de las emociones de mucha gente, pero quién sabe, ¿no? A lo mejor no de mucha gente, pero sí de una o dos personas y eso es ganancia, una ganancia que a lo mejor nunca podré reconocer del todo.

–Pero yo leí en otra entrevista que tienes una inclinación casi morbosa por estos temas: el sexo, la violencia, lo prohibido. ¿Conoces el caso de estas jóvenes escritoras europeas que publican sus diarios sobre vivencias eróticas? Hay que reconocer que tus cuentos son increíblemente confesionales. ¿No te parece que la gente escribe para curarse?

Solté una risotada.

–Te voy a decir algo: me encanta tirar. ¿A ti te gusta tirar? Bueno, a mí me gusta mucho y yo pienso mucho en las cosas que me gustan. Que yo recuerde nunca he querido tirar con mi papá y de paso, mi papá no es mi tipo: me gustan los hombres mayores, es verdad, pero me gustan muy blancos y con pecas. Que yo recuerde nunca nos hemos toqueteados. Mi papá a veces ha sido muy gruñón y obtuso, como cualquier padre en aprendizaje, pero hasta donde sé, nunca ha estado loco ni enfermo. He procurado no emitir juicios cuando escribo sobre el incesto, dejo que mis personajes hagan y deshagan, pero en lo que a mí respecta, me alegra mucho no tener que explicarme algunas cosas a mí misma: te puedo decir que yo no me acuerdo de mi papá cuando estoy teniendo sexo y creo que tampoco me he acordado de él cuando escribo esos cuentos. En el caso de Octavio, el protagonista de «Sauce con pájaros negros», construí su imagen partiendo de un hombre que me gustaba mucho, un hombre que además he repetido en otros cuentos: que yo sepa mi papá no tiene los ojos verdes ni lee poesía goliárdica, como en el caso de Octavio. Fíjate, en ese libro hay otro cuento donde sí recreé ciertos elementos de la vida mi papá, aprovechando una relación que descubrí entre él y la mitología nórdica, recordarás que ese cuento se llama «Yggdrasyl», pero claro, ese cuento no es tan escandaloso como «Sauce» y entonces no le paran ni media bola. El lector, por supuesto, ignora estos detalles, pero explicar una obra a partir de un mero registro autobiográfico revela un nivel de lectura muy pobre. Es decir, estoy dándote estas explicaciones ya que estamos aquí. De lo contrario, te habría pintado una paloma.

–Ay, ¿qué pasó? ¿Estás molesta?

–No, para nada. Me estoy riendo.

La entrevista se fue por los derroteros de siempre: lecturas favoritas, influencias, próximos planes. Me quedé un poco preocupada preguntándome si había exagerado al responderle así, pero juzguen ustedes por mí.

Ahora, está bien: pongamos que los lectores se hacen preguntas con todo el derecho del mundo. Entonces voy a decir una cosa: creo que soy muy afortunada y por eso me ofendió no que el periodista insistiera en decir que he tenido esta clase de relación con mi papá, sino que pusiera en duda mi interés por contar historias de ficción. No me ufanaré sobre cómo las escribo, si son muy buenas o muy malas, pero sí me ufanaré del hecho de tener una cabeza dispuesta a sembrar ficciones.

Pongan en duda mi moralidad (para lo que me importa), pero no mi necesidad de echar cuentos.

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