Tres humillaciones que padecemos los venezolanos que nos quedamos

Por redaccionnyl el 25/12/2015

Se supone que cuando hablamos de la crisis en Venezuela nos estamos refiriendo a la sexta y a la séptima acepción del Diccionario de la Real Academia Española (a saber: escasez, carestía / situación dificultosa o complicada). Se supone, pero nos quedamos cortos. Muy cortos. La crisis en venezuela es una vaina tan jodida que sólo debe ser narrada por alguien que la padezca en carne propia todos los días de su vida. Alguien como yo.

 
 

Me atreví a escribir este artículo –y los demás– porque ya no me importa que me boten del trabajo, porque sé escribir y porque siento que si no documento lo que está ocurriendo, arderé de culpa en un infierno mental mucho peor que el de mi vida cotidiana.

Ya se sabe que son muchas las humillaciones que padecemos los que aún le tenemos esperanzas a este país, pero arbitrariamente yo sólo quiero hablar de tres: la inflación, la comida y los escoltas de los poderosos.

1. Ayer cobré mi quincena. 5.200 bolívares. Habrían sido 5.500 pero los últimos días de cada mes me descuentan algo ahí que no sé qué es y que evidentemente nunca recuperaré porque aquí se planifica como que si la inflación no existiera. Con esos 5.200 bolívares no puedo hacer casi nada; bueno, nada. Un Gatorade cuesta 180 bolívares, un champú cuesta 900, una lata de tomates pelados cuesta 1.100 bolívares. Dos pechugas de pollo, en el único lugar donde las conseguí, en Prados del Este, cuestan 1.200 bolívares. ¿Es en serio? ¡Sí! Mis 5.200 bolívares son menos de ocho dólares para 15 días, y eso que el mundo se alarma porque un millón de personas en las zonas rurales de China viven con un dolar diario. Yo vivo con menos y tengo un doctorado, ah, pero soy venezolana. Lo otro que he notado es que nos estamos volviendo mediocres. En mi trabajo nadie compite, sólo se ven caras largas, todos los días se ‘enferman’ cuatro, cinco… Nadie quiere ir, y yo sé por qué: a mí me dicen en mi casa que renuncie, que mejor me ponga con fulanita a raspar tarjetas o a revender cosas. Estoy desesperada. Y asustada. Pero, ¿por qué me siento humillada si sé que estos son síntomas propios de una crisis? Porque los responsables de hacer los ajustes necesarios pasan todo el día en televisión sonriendo y diciendo que somos una potencia, y eso me da rabia, rabia y ganas de llorar.

 
 

2. No voy a hablar de saqueos ni de nada de eso que yo no he visto porque después me van a buscar a mi casa y lo menos que quiero es que le esté subiendo la tensión a mi mamá. Solamente voy a decir lo que nos pasa a ella y a mí cada vez que vamos a comprar comida: nada. No nos pasa nada. Nada de nada. Como no conseguimos nada, nos devolvemos a la casa a terminarnos algo de lo que tengamos en la nevera a ver si al día siguiente tenemos más suerte. Lo malo es que las dos tenemos el mismo terminal de número de cédula. Entonces solo tenemos opción de comprar los viernes. Cuando sabemos que hay pollo en algún lugar, alguna de las dos no va al trabajo y se dedica a hacer la cola, y bueno, a veces conseguimos y lo rendimos. En estos días había pañales en Locatel y el gerente no los quería sacar porque y que se estaban entrando a golpes. Esto no me lo contaron, lo vi. Los que estaban causando el alboroto eran los bachaqueros (revendedores que siempre están informados de cuándo llegan los productos y se ponen de primeros en las colas incluso antes de que lleguen). Una los identifica porque son más niches de lo normal, son feos, y porque ven la necesidad de los demás como cocaína. La humillación en este caso viene de los bachaqueros, claro, pero también de los militares, que a veces te quieren ayudar y a veces te tratan como mierda, total, son seres humanos que también están padeciendo esto, aunque a veces en menor medida.

3. Aunque el parque automotor de Venezuela debe ser uno de los más viejos y desvencijados del continente –todavía se ven autos de los 70, 80 y 90 completamente acabados pero rodando–, eso contrasta con camionetas insólitas de colores asombrosos que siempre van acompañadas por motorizados enormes como osos-gorilas. Esto lo he visto al menos 50 veces en 2015: el oso-gorila estaciona su moto en el canal rápido de una vía, se baja y se para él mismo frente al canal lento. No importa el color que apunte el semáforo: su jefe debe pasar y tú debes detenerte porque no eres importante. La semana antepasada una señora quiso avanzar y el escolta que tenía al frente le pisó el capó con sus botas. Yo lo vi: ocurrió frente al Centro Comercial Los Chaguaramos, detrás de la Bolivariana. La ley del garrote. En este caso la humillación es más que evidente. Lo que sí me pregunto es qué ocurriría si alguna vez dos escoltas se detienen el tráfico entre sí para que pasen sus jefes. ¿Habría una lucha de cargos? ¿Se sacarían sus placas? A lo mejor los poderosos jefes se bajan de sus camionetas y resultan ser Capriles y María Corina, como para que terminemos de preguntarnos en quién coño tenemos que depositar nuestras esperanzas de que esto cambie.

María Gabriela Machuca

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