Ángel Escobar: La Habana para un poeta suicida

Por Luis Figuera el 11/02/2017

Ángel Escobar es uno de los poetas contemporáneos más importantes de Cuba, su poesía es un cuadro deslumbrante de metáforas que recuerdan a los grandes maestros de nuestra América. Discípulo de Mario Benedetti, y nacido en Guantánamo en 1957, este 14 de febrero se cumplen 20 años del día que decidió arrojarse del cuarto piso de su apartamento.

Desde muy joven mostró interés por la poesía, a los 16 años escribió algunos versos que llamaron la atención de Mario Benedetti, de visita en la Habana, y quien sería una especie de mentor, empujándolo hacia los caminos de la poesía intimista.

Vivió una infancia trágica que marcó su desarrollo como ser humano, al presenciar, siendo un niño, el asesinato de su madre por parte de su padre, y con ello el fin del hogar, y una vida de sufrimientos que dejó surcos en la primera etapa de su escritura.

Su obra es un especie de ulcera sangrante que explota, en el rostro del lector, y describe los desasosiegos más intrínsecos del autor trasladando su agonía con el mismo pulso y desgarramiento que utilizó Van Gogh, en sus pinturas, con un discurso que a veces hace uso de un lenguaje soez, que trata de hurgar en las llagas abiertas en la conciencia del hombre contemporáneo.

Además de ser el poeta de la dualidad, de la transgresión espiritual, de la amargura que no puede expresarse, es un parroquiano, obstinado de su ciudad, una especie de caminante que deambula por las bullangueras calles de la Habana, y que parece hacer uso de aquellos versos de Kavafi “No hallarás otra tierra ni otro mar/ La ciudad irá en ti siempre. Volverás a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez”

En la vida pública (1987), Malos Pasos (1991), la ciudad se convierte en el centro de su poética, en un territorio hostil que apretuja su figura, y lo obliga a la huida, a la fuga entre sombras, al escape y la transgresión espiritual, especie de diáspora sin fin que revienta entre los nauseabundos olores de un territorio urbano desarreglado, abandonado, y atiborrado de olores, por donde desanda la sombra del poeta.

Gran parte de su obra es autobiográfica, y trasmite una gran carga de emociones a través de la desconstrucción del lenguaje, y de la interpretación de una realidad múltiple que viaja del presente urbano, a la infancia rural del autor, quien no se reconoce “Es verdad que a los veintiséis años no soy más/que un vecino/ asomado a su balcón prestado entre balcones. Quién me mira desde allá abajo y quien lo mira a él/ desde aquí arriba. Pudiera ser que sea yo este dualismo recalcitrante y tonto/ que nos ronda. Qué esté en el pasto allá triscando bejuquillo/ y aquí mordiendo otro cigarro amargo”.

Escobar fue uno de los poetas más jóvenes en ganar el conocido premio David, de la UNEAC, con el poemario Viejas Palabras de Uso, a la edad de 19 años, en total escribió once poemarios. Junto a Raúl Hernández Novás, otro poeta suicida, y Luis Rogelio Nogueras, forman tal vez las voces más firmes de la moderna poesía cubana.

Su vida fue una eterna entrada y salida de hospitales, y largos tratamientos médicos contra la esquizofrenia que empezó a tragárselo de a poco a poco, metiéndolo en un túnel de voces susurrantes que tal vez lo obligaron a tomar la determinación de matarse, y aliviar su sufrimiento o como diría Antonin Artaud “ Hay espíritus que en ciertos días se matarían a causa de una simple contradicción y no es imprescindible para ello estar loco, loco registrado o catalogado; todo lo contrario, basta gozar de buena salud y contar con la razón de su parte”.

CASTIGO

Vengan. Les diré: “no es necesario reír.”
No es necesario. Yo que conozco el ruido
que prefigura el azar tras los espejos
les diré: “no estoy aquí para alegrarlos.”
(Pusieron todos estos muebles. Trajeron
guirnaldas. Y qué bonitas son las luces.
Ah, y estas calles que agreden los telones.
El fiasco, el ruido, la soledad. Las calles
no eran sólo el resplandor de las fachadas.
Hemos cruzado por sobre esos cuchillos
que a veces dan al mar. Mar y ciudad
mienten.
Y mienten esos altavoces solícitos
que alguna vez dijeron: “ Si. Seréis
Príncipes.”
No. Ya hemos pagado el alquiler del número
y del nombre. Y hasta el plagio que comete
la historia entre altavoces y epifanías

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