Alice Munro sabe cómo conmovernos

Por Aglaia Berlutti el 13/01/2017

La primera vez que leí a Alice lo hice porque alguien me la recomendó por su impecable capacidad para crear ambientes a partir de lo cotidiano. No supe muy bien cómo interpretar esa definición -me pareció podía significar cualquier cosa- hasta que leí el extraordinario relato “Demasiada felicidad” y descubrí que justamente lo que hace magistral la obra de Munro es su sencillez.
 
 

Y no hablo, por supuesto de simplicidad. La escritora, directa, franca, una observadora inquieta y profunda de la realidad, construye pequeños mundos de personajes reflexivos, tan cercanos como desconcertantes en su belleza. Y es que en cada uno de sus cuentos, Munro logra retratar con la precisión de un cirujano sentimientos complejos de una manera que muchos han catalogado de cotidiana, quizás sin serlo. Porque para Alice Munro, el mundo es una gran página a medio escribir.

En ocasiones he pensado que Munro, es quizás su principal personaje: Con una historia que roza lo esquemático sin llegar a serlo, comenzó a escribir relatos durante las siestas de sus hijos, siendo una joven esposa en finales de la década de los sesenta. Muy probablemente, esa necesidad de evasión, de encontrar un lugar en la rutina de pura creación y expresión, es lo que hace que los relatos de Munro tengan una capacidad innegable para componer y mostrar una realidad ambigua, en constante transformación. Y es que para Munro, lo que se cuenta, solo es parte de esa visión amplia de un mundo que quiere narrar. Hay algo más, subyacente, a medio camino entre la promesa de lo que expresa y ese misterio que se adivina a medias en las escenas que describe. Al final, solo la ruptura, quizás el tema más recurrente en la obra de la autora. La ruptura entre lo evidente – o lo que parece serlo – y esa otra visión de la insatisfacción, de la búsqueda de un propósito que construye a través de una profunda emoción. Sin duda, por ese motivo, el relato tradicional de Munro siempre mostrará a una mujer aparentemente fuerte, que intenta mantener el equilibrio, que aspira a lograrlo al menos, hasta que se desploma, se rompe en dos mitades que nunca vuelven a encajar entre sí. Y esta complejidad inaudita, este proceso de temores y desasosiegos, de belleza y dolor, se describe con una prosa casi simple, sin énfasis. No obstante, Munro sabe cómo conmovernos: crear esa deliciosa intimidad con sus personajes y más allá de eso, permitirnos comprender sus motivaciones, crearlos en nuestra imaginación. De tan reales, que resultan siendo entrañables e incluso, un símbolo de una persona desazón.

Y es que sin duda Munro, medita sobre la fragilidad del espíritu humano con una prodigiosa habilidad para hacernos recordar nuestras propias grietas y desigualdades. Todos sus personajes parecen a punto de quebrarse en trozos irreconciliables, de sucumbir al peso de la realidad: mirarse más allá de la rutina inevitable, de esa transformación incesante del rostro humano en busca de intimidad. Una interpretación de la mente y la naturaleza humana a través de su fragilidad, de su pequeña obsesión con el desastre y su accidentado recorrido a través de lo cotidiano. ¿Qué es lo que encuentra Munro en sus pequeños mundos inquietos? ¿En esta aparente calma plomiza que envuelve a todos sus personajes e historias? Nadie parece saberlo con claridad: El grueso de su obra transcurre en un zona imaginaria, en los confines mismos de lo que consideramos normal. ¿Una paradoja? ¿Un símbolo? Tal vez, pero con Munro, nada es tan sencillo o evidente como aparenta: y de hecho su “Munro Tract” (el Condado de Munro), esa región ficticia donde sus personajes se mueven en una normalidad quebradiza, es mucho más que una simple visión de la estructura de sus historias. Hay algo profundamente sentido, casi doloroso, en esa pacifica visión del tiempo que transcurre, de la angustia existencial que se oculta y del rostro humano que se transforma en su propia necesidad de evasión.

Para la autora nada es simple. Su complejidad tiene mucho que ver con su capacidad para crear infinitas ramificaciones dentro de un Universo de palabras construido con un pulso tan firme como coherente. Sus historias se entremezclan en una densidad psicológica que resulta en ocasiones sofocante. A pesar de la distancia emotiva con la que la autora narra sus obras, hay una hilo de profunda emoción que estructura cada relato en un mecanismo de asombrosa exactitud. En su último libro “Mi vida Querida”, uno de las historias relata quizás su propia vida y resulta incluso inquietante, la manera como la escritura se mira así misma desde una distancia prudencial: un ama de casa que escribe para si misma, la angustia existencial que no le permite expresarse de otra manera. Una pequeña turbulencia en lo común, descrito como un adulterio que casi termina en desastre. No obstante, la tensión nunca rompe la quietud casi elemental que sostiene la historia y en cierta medida a los personajes. Con un pulso asombroso, la autora renuncia a toda drama concreto, para dejar entrever ese desazón del espíritu que subsiste entre las grietas de la memoria.

Por algún lado leí, Munro se enteró de la noticia porque su hija mayor le avisó. Había olvidado la fecha de la entrega del premio y estaba dormida cuando se conoció el veredicto. Y la imagino, radiante a sus ochenta y dos años, sonriendo casi maliciosamente, un misterio en esa necesidad suya de expresarse con absoluta sencillez. Probablemente exclamó algunas frases de franca incredulidad (“Esto es tan sorprendente y tan maravilloso”) y su sorpresa sea de esas silenciosas, levemente inquietantes. Nada en concreto, una fragilidad desconcertante, casi engañosa. Y aún así, emocionante.

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