Adolescente violada en la guerra. Por Uriel Ariza-Urbina

Por Uriel Ariza-Urbina el 23/02/2016

Una tarde de lluvia en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, la adolescente indígena *María, de la tribu Kogui, se encuentra con un compañero guerrillero en medio de un silencio de miedo. Hay rumor de guerra. Él se va detrás de ella y le dice que no se mueva ni haga ruido, que el enemigo está cerca.

Hacía un calor húmedo intenso y se avecinaba un aguacero torrencial, que en la montaña con nieve más alta del mundo al lado del mar puede durar días enteros y amenazar la vida como las balas. María se arrodilló y quedó paralizada, no tanto por el miedo del combate ni de la tormenta del cielo sino por lo que le podía hacer aquel hombre a su espalda.

—Nunca confié en ese hombre feo, tenía cara de tigrillo con rabia —dice María.

Hoy recuerda con terror el ruido de la cremallera antes del ultraje sexual, mientras soba su barriga de ocho meses en la cocina de una casa a medio construir en un sector deprimido del sur de Bogotá. Llegó a la capital huyendo de los subversivos que le juraron descuartizarla con su familia. Su ira la inmoviliza y apenas puede hablar. No hay rastros de lágrimas o tristeza, un rasgo del carácter imperturbable de estos indígenas.

—Me tiró al suelo y me quitó el fusil y el morral y me dijo que si hablaba me volaba los sesos.

El guerrillero le rasgó su uniforme con el cuchillo y le hirió la espalda. Su cuerpo se empapó de sangre y cuando empezó a violarla se desató la tormenta y, casi al tiempo, una balacera entre el frente “José Prudencio Padilla” de las Farc y el grupo militar “Rondón” de La Guajira.

Pesadilla

Llovió durante horas en la selva espesa y escarpada. Sonaban disparos de un lado y de otro. El guerrillero estrujaba a la joven en el lodo mientras les rozaban las esquirlas de morteros y granadas de fragmentación entre el humo intenso de la pólvora y las balas que desportillaban los árboles.

—El no se despegó de mí y yo estaba llena de sangre y barro, y de rabia me comía las hojas de las matas—, se recrimina María apretando con fuerza sus puños contra la mesa donde prepara el almuerzo que comerá con su prima, quien le dio alojamiento y le está ayudando a lidiar con su embarazo.

Con un cuchillo de carnicero empieza a cortar cebollas moradas que no la hacen llorar. Pela papa, yuca y ahuyama. Agarra el rabo casi sin carne y lo deshuesa con fuerza. El cuchillo queda enterrado en la mesa. Resuella como si peleara con el cadáver que empuña en su mano ensangrada. Echa los pedazos de hueso con el bastimento en la olla. Se restriega las manos en su falda mugre.

Suelta el último soplo de rabia y maldice en un español trabajoso el infierno que vivió con la guerrilla. De pronto deja el cuchillo en la mesa y queda congelada mirando cabizbaja y algo nostálgica un pedazo de pared pintada de blanco, como si le recordara el color de las ropas de los de su raza, como la inmaculada cal de cochas marinas que usan los hombres para mambear la coca.

—Es la manera como nosotros curamos el mal que nos hacen los extraños que vienen a nuestras tierras sagradas—, explica el Mamo Juvenal, un personaje sabio e influyente en la vida de esta comunidad indígena, que ha soportado la violencia armada desde mediados del siglo XX. Hoy, unos diez mil indígenas descendientes de los Tayronas enfrentan el peligro de desaparecer como cultura milenaria ante el desarraigo al que los somete la guerra y el abandono del estado colombiano.

El aguacero y los disparos cesaron al anochecer. María apenas tuvo fuerzas para pararse con su uniforme lleno de barro, sangre y matas enredadas en sus piernas, manos y cuello. Recogió sus cosas y el fusil embarrado. El guerrillero le apuntó a la cabeza y le reiteró que si abría la boca la asesinaría junto con sus familiares en el caserío.

—Si lo acusaba me mataba… y era mejor que me hubiera matao —se reprocha.

El ultraje continuó durante cinco meses, casi todos los días, en las formas y lugares más aberrantes e inusuales y siempre entre fuego cruzado, como confiesa María sin vergüenza. Hoy todavía asocia los sonidos parecidos a disparos, como el estallido de los voladores y torpedos de las fiestas, al terror de la violación.

—Ya ni gozo la fiesta en el pueblo porque me asustan esos tiroteos —dice con un asomo de pena infantil que desaparece enseguida, porque se tensa de nuevo y respira con profundo sentimiento de odio y deseos de venganza hacia su verdugo.

Huida

—Yo me acostumbré a lo que él me hacía porque no podía hacer na, y él me decía que todos sus compañeros lo hacían con las otras niñas del pelotón—. María debió fajarse con hojas secas de plátano, fique y cabuya para que no se le notara el embarazo.

Una noche creyó que se asfixiaba por la estrechez de su barriga y aprovechó que su compañero estaba rendido. Simuló ir a orinar y se escapó. Llovía a cántaros y con relámpagos. No sabía por dónde andaba y temía tropezarse con algún guerrillero. Me cortarán la cabeza, pensó María, como ella asegura le pasó a una amiga de armas que ofrecía sexo dentro del campamento para llevar algo de dinero a su casa.

Caminó tres días sin parar, a punta de panela y hojas de coca que arrancaba en el trayecto. Llegó desfallecida a una finca, y un señor la embarcó en un carro de pasajeros hasta la población más cercana.

La sopa burbujea y llena la cocina con el estimulante olor del cilantro y médula de hueso. Destapa la olla y con la mano avienta el aroma hacia ella. Prueba con el cucharón. Su rostro se torna alegre.

María está a punto de parir a su hijo, amparada por su prima y algunos parientes suyos que hacen parte de organizaciones indígenas. Mira su barriga, la soba y la apunta con su dedo índice como un revólver:

—Le voy a contar lo que pasó cuando esté grande pa’que se vengue de esta guerra ‘jueputa’ en este país que no tiene ley pa’ la vida ni pa’ la muerte.

*María parió un hijo varón y se casó con un paisano de la Sierra N. de Santa Marta.

Violencia sexual en el conflicto armado de Colombia

La agresión sexual en el conflicto armado en Colombia ha sido denunciado desde el año 2000, involucrando a grupos guerrilleros, fuerza pública y paramilitares. Para la Comisión Nacional de Derechos Humanos son pocos los casos que se denuncian debido al miedo y a la desconfianza en el sistema judicial. Los casos más aberrantes son los de Hernán Giraldo, jefe paramilitar extraditado que violó a más de cien niñas vírgenes en la Sierra Nevada de Santa Marta. La Corte Constitucional dictó que la agresión sexual en el conflicto armado tiene las características propias de un crimen de lesa humanidad.

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