Cinco pensamientos negativos que transmiten las familias tóxicas

Por redaccionnyl el 14/08/2017

La familia es el primer grupo de personas con el que nos relacionamos en nuestra vida y, aunque no siempre es lo primero en nuestras prioridades de adulto, la forma en que funciona el microclima familiar nos marca para siempre. El modo en que hayamos visto tratarse a nuestros padres va a configurar (muchas veces sin que nos demos cuenta) nuestras expectativas respecto a las relaciones de pareja.

¿Pero qué es una familia tóxica? Lo primero que nos suele venir a la cabeza son esas casas llenas de drama, con padres ausentes o alcohólicos, abusos, orfandad o adolescentes drogadictos. Pero no es lo mismo una familia conflictiva que una desestructurada y no siempre ambos conceptos van de la mano. Una familia con valores tóxicos es aquella que, en lugar de ser un espacio de apoyo y crecimiento, se convierte en una limitación a nuestro crecimiento personal.

1.“Solo puedes contar contigo”

En un núcleo familiar tóxico uno crece como puede. No tiene por qué ser que tus padres hayan sido malos o negligentes. Puede que, simplemente, fueran muy jóvenes cuando te tuvieron o que tengan una inteligencia emocional limitada. El caso es que si has crecido pensando que estás solo o sola en el mundo, que nadie va a echarte una mano porque a nadie le importas, es que no te han sabido querer bien. Eso te va a generar una sensación de desconfianza que vas a proyectar en el resto de la gente, de modo que probablemente te costará mucho establecer relaciones cercanas y, si consigues tenerlas, que desarrolles una gran dependencia de ellas. Es importante que descubras que tu valor no depende de los demás pero, a la vez, que te permitas acercarte a la gente. Porque a veces es más fácil querer a alguien que dejarte querer.

2. “Hablar no sirve para nada”

Cuando has crecido en un círculo en que cualquier opinión desembocaba en bronca o castigo, si siempre has tenido la sensación de que tus sentimientos no importaban y que el sufrimiento es algo que no se puede evitar, lo más probable es que no sepas comunicarte. El problema es que te vas a relacionar desde el miedo y, por evitar el conflicto, vas a permitir que te pisen. Sin embargo, hay gente abierta al diálogo y que puede respetar una opinión que no coincida con la suya. Así que el aislamiento no es la única solución. Procura abrirte y comunicarte con honestidad. Es posible que te sorprendas para bien.

3. “Rebelarse es inútil”

Si en el hogar donde creciste las normas han sido totalmente inflexibles y cada vez que intentabas conseguir algo te topabas con un muro, es fácil que acabes volviéndote pusilánime. A veces hay que luchar por lo que es justo y, aunque hayas crecido en un lugar donde te han dicho que no, tienes derecho a exigir lo que necesitas. Hazlo y, cuando lo consigas, te darás cuenta de que en realidad lo merecías.

4. “Ser diferente es malo”

Las familias que no saben ponerse en el lugar del otro resuelven las diferencias desacreditándolo. Si algo te duele es porque se te va la pinza, no porque te hayan tratado mal. Si tienes otro punto de vista, es porque no tienes ni idea. Este tipo de comportamiento genera una baja autoestima y la necesidad de agradarles a todos, por lo general, desde la sumisión y esto atrae a las personas agresoras. La diferencia no tiene por qué ser mala ni conflictiva, es una parte más de la personalidad. Valida todo aquello que te hace tú y defiéndelo.

5. “El error es algo horrible”

Aquellas personas que crecieron con castigadas por cada error acaban desarrollando dos alternativas: la primera, la rendición absoluta (“total, como soy inútil para qué intentarlo”) o la hiperexigencia (todo aquello que no sea perfección no es válido). El castigo se aprende de tal manera que se acaban castigando a ellos mismos. Sin embargo, el error es la herramienta fundamental de aprendizaje. Equivócate. Cágala. Y perdónate con un abrazo cada vez que metas la pata. Es la única manera de empezar a quererte del modo en que deberían haberte querido.

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