10 grandes escritoras que tuvieron que hacerse pasar por hombres

Por redaccionnyl el 26/02/2017

Las escritoras no sólo se ha hecho un hueco que merecían por derecho propio en el elenco de grandes autores de la literatura mundial, sino que, en muchos casos, ha superado con creces a sus homólogos masculinos tanto en ventas como en reconocimiento por parte de la crítica.

 
 

Tanto es así que cada vez se reconoce más a las mujeres en el mundo de las letras. Svetlana Alexievich, por ejemplo, es la penúltima ganadora del Premio Nobel de Literatura (Bob Dylan ha tomado el testigo este año). Por su parte, E. L. James se ha destacado, en el Reino Unido, como la mujer que más copias ha vendido de uno de sus libros en menos tiempo o la última historia de Harry Potter (creada por J.K. Rowling) está siendo el gran fenómeno editorial a nivel mundial de este 2016.

Hasta aquí, nada raro, ¿verdad? ¿Por qué no iba una buena escritora a ocupar el lugar que merece? Cierto, pero en materia literaria, los tiempos de las cavernas no quedan tan lejos, unos tiempos en que un buen puñado de mujeres valientes vieron su camino obstruido por la sinrazón y la injusticia imperantes en un mundo dominado por el punto de vista masculino.

?En un alarde de inteligencia y de sentido táctico muy agudo, estas mujeres optaron por la única opción que les quedaba: hacerse pasar por hombres para poder tener acceso a un carrera como escritoras. Resulta triste e irónico que tuvieran que renunciar a su personalidad, a una parte tan íntima de su ser, para conseguir que se escuchara su voz y se leyeran sus palabras, para que se prestara atención a su mensaje.

Aquí se presentan las historias de unas cuantas de esas mujeres, historias que han quedado para la posteridad como heroicas hazañas y ejemplos de cómo convertir la adversidad en aliado.

Amantine Lucile Aurore Dupin (1804 – 1876)

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Esta activa mujer descendiente de un aristócrata fue una de las grandes autoras del siglo XIX. Entre sus amistades se puede citar a Balzac, Delacroix, Flaubert, Liszt, Heine, Victor Hugo o Chopin. ¡Casi nada! Su talento estaba a la altura del de sus amistades, pero decidió esquivar todo reparo machista en la Francia de la época utilizando el seudónimo George Sand. Una vida de novela y un legado que la convierte en referente obligatorio para toda persona con interés por la lectura.

Las hermanas Brontë (entre 1816 – 1855)

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Charlotte, Ann y Emily Brontë vivieron en la Inglaterra victoriana, donde la tuberculosis causaba estragos y donde, pese a que la máxima autoridad de la nación, del Imperio Británico y prácticamente del mundo era ostentada por una mujer, una escritora tenía pocas o ninguna posibilidad de ser tenida en cuenta. Conscientes de ello, escogieron los seudónimos de Currer Bell, Ellis Bell y Acton Bell, para continuar siendo hermanas en la ficción.

Mary Ann Evans (1819 – 1880)

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Con un gran talento que le permitió entrar en contacto con lumbreras de su época de la talla de Herbert Spencer y John Stuart Mill, pudo haber publicado bajo su propio nombre, pero decidió hacerlo bajo el seudónimo masculino de George Eliot para asegurarse de que la sociedad la tomaba en serio y no como a una simple escritora romántica, empapada de melancolía, que escribe tórridas novelas románticas.

Caterina Albert (1989 – 1966)

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A raíz de la polémica ocasionada por un monólogo que presentó a un concurso literario a finales del siglo XIX, al conocerse que la autora era una mujer, esta atrevida catalana decretó que nada le volvería a amargar la existencia ni a obstruir el paso, y en adelante firmó como Víctor Catalá, consiguiendo colocar su novela Solitud entre las obras más reconocidas del modernismo.

Karen Blixen (1885 – 1962)

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Oriunda de Dinamarca y considerada como candidata para el Premio Nobel de Literatura en 1962, vivió en Kenia durante muchos años, confraternizando con los nativos y aprendiendo lenguas locales como el suajili, lo que reflejó de manera magistral y muy emotiva en su novela Memorias de África, catapultada al estrellato en los años ochenta por la película del mismo nombre.

Laura Albert (1965)

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Esta escritora neoyorquina pensaba nadie querría leer sus libros de cuarentona, así que en 1999 decidió publicar su primera novela, basada en experiencias propias, donde retrata ambientes sórdidos de drogadicción y prostitución, bajo el seudónimo J. T. Leroy. De la noche a la mañana, Sarah se convirtió en todo un éxito, obligándole a mantener una farsa durante seis años para no revelar su verdadera identidad. Una preciosa historia. Un triste hecho.

Sidonie-Gabrielle Colette (1873 – 1954)

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En la Francia de principios del siglo XX no estaba bien visto que una mujer se dedicara a escribir relatos eróticos, pero eso no le impidió afianzarse como escritora, gracias a la confianza en su potencial que mantuvo siempre. Después de soportar que su infiel marido firmase sus obras en sus primeros años, decidió cortar de raíz con aquella situación, separarse y empezar a firmar sus obras como simplemente Colette.

J. K. Rowling (1965)

JK Rowling at the launch of Harry Potter and the Deathly Hallows at The Natural History Museum in London

¿Cómo? ¿No es la archiconocida autora de Harry Potter? Pues sí, la misma. Cuando Joanne Rowling fue a publicar su primera novela en 1997, su editor la convenció para que enmascarara su nombre bajo las iniciales J.K. porque no tenía mucha confianza en que tuviera éxito si aparecía bajo un nombre femenino. Y vaya si se equivocó. Hoy en día, Joanne es una de las escritoras que más libros ha vendido en la historia de la Literatura.

Louisa May Alcott (1832 – 1888)

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Su obra más famosa, Mujercitas, viene firmada con su propio nombre, al ser un encargo de su editor enfocado a chicas jóvenes. Sin embargo, para sus novelas de corte gótico, oscuras y tortuosas, hubo de utilizar el seudónimo A. M. Barnard, con el fin de que el público no se perdiera en asuntos sexistas y prestase atención al texto.

Katharine Burdeckin (1896 – 1963)

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Esta autora inglesa de ficción especulativa interesada en asuntos espirituales y sociales es todo un referente en el género distópico. En la década de 1930 escribió trece novelas y fue cuando empezó a utilizar el seudónimo Murray Constantine, supuestamente para proteger a su familia de posibles represalias fascistas, un hecho que no se conoció hasta muchos años después de su muerte y que le privó, en vida, del reconocimiento que merecía.

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